Por Samuel Mexi Santiago Olmos

Foto por Victor Hugo Valdivia de la serie: ‘Grandes Constructores de Obras’

 

Por qué no me dices nada, ándale, acúsame, no te quedes así namás. Al animal había que sacrificarlo, pero no dejó que nadie lo hiciera, para ello se atrincheró en el establo, y se pasó los días en el cubil del Azabache, sentado, viendo sufrir a la pobre bestia y también sufriendo él; quizá quería robarle hasta lo último, para que lo acompañara en su dolor de hombre, de padre. ¡Dime algo! Nadie en el pueblo quiso ayudarnos a sacarlo, pues ya se decía que a balazos habíase vuelto contra su propio suegro, quien trato de persuadirlo de salir de su bestial purgatorio. Es un dolor como una culpa, dijo Salcido a la mujer de Eufracio, para excusarse así, sin más entendimiento, de no ser él quien le ayudara a sacar por la fuerza al doliente. Tú eres tan culpable como yo ¡Criatura inmunda! ¡No me mires con esos ojos, que miran casi como mirando desde el otro lado! A tragos de tequila se curaba el hambre, y tal vez haya tragado sorgo, o embuchadose el maíz de las gallinas. Su mujer, Eusebita, se preocupaba por él, pero no concebía siquiera en ir a verlo ella misma, pues lo odiaba de alguna forma, con un odio que le venía desde la entraña; en su luto ella sufría por las noches, y podía oírsele ahogar el llanto bajo la almohada. La encontramos el martes dormida dentro del cunero. ¡Quédate cobarde! ¡Quédate! ¡Quédate desgraciado! Descargó los seis tiros de la colt, y salió de su prisión como desbocado. Recorrió todas y cada una de las habitaciones de la finca, revolviendo todo a su paso, en busca de algo. ¡Euse! ¡Euse! Eusebita, tras haber escuchado las detonaciones, corrió a la cocina, asustada, pero cuando escuchó la voz de Eufracio recorriendo la casa, se alteró aun más; tal vez pensaría que su marido después de haberse disparado, después de muerto, no satisfecho vendría por ella. Mi primo, al entrar a la cocina, nos sorprendió encima de Eusebita, quien había caído al suelo desvanecida; nosotras no acabábamos por remedios para devolverla en sí. Ignorando lo que allí mismo sucedía, comenzó a hablarle a su mujer. Eusebita, dime dónde me dejaste mi cartuchera. Dime dónde dejaste mi cartuchera mujer. ¡Dime! ¡Dimelo! ¡Por un chingada! ¡Dónde dejaste mi cartuchera! Tomó una silla y se dispuso a la mesa, ahí comenzó a llorar. Yo maté a Angelito, yo mate a mi hijo. Hijito. Y ahora no tengo una sola bala para mí. Y ese pinche caballo. Pinche caballo negro. Le metí toda la carga ¿Y para qué, si ya estaba más muerto? Salió de la cocina, y regresó al establo. Para cuando Eusebita se dispuso, Eufracio había logrado subir el cadáver del caballo a la caja de la camioneta, no puedo ni imaginar cómo o de qué forma él sólo lo hizo. Lo escuche encender el motor y entonces corrí a la puerta, vi pasar la troca roja y tomar camino arriba, con el Azabache que no cabía así acomodado en el cubo. Corrí detrás, lo hice sin miramiento, como si temiera más por el alma de éste hombre como de su vida, corría agarrada del corazón que se me salía, pues pensaba que a esas alturas, él, estaba resuelto a dar por terminado tanto suplicio. Enderezó camino hacia el camposanto. Paró al llegar al atrio, en dónde aborregadas las nubes ennegrecían. Bajó de la cabina, subió a la caja y tiró de ahí los restos del animal. Lo hacía con una fuerza desmedida, imposible de creerse; de no atestiguarlo dudaría mil veces antes de creerlo. Incluso ahora dudo mil veces antes de contarlo. Arrastró el cadáver del Azabache por entre las tumbas, atravesando el panteón hasta llegar a dónde una semana atrás se le dio santa sepultura al Angelito. Y ahí, encima del sepulcro, entre las coronas de flores que se extinguían dejó al animal. Más antes, de chamaco me caí del cuaco Angelito. M’ijo. Pero pa’ pronto fui el mejor en las suertes y en las carreras. Al primo siempre lo había visto como arrogante, pero ahí se volvió un escuincle. En aquél entonces habíame escapado con el caballo de mi apá, lo corretee hasta el monte. A lo mejor de cansancio se le doblaron las zancas y caímos por la barranca chica, trenzados el uno al otro. El cuaco estaba muerto y me había caído encima, se me hacía difícil respirar y no podía zafármele. Ya oscurecía, y pensaba en que seguro ahí nadie me iba a encontrar y que los animales de uña pa’ luego vendrían a comerse al caballo y de pasada me tragaría a mí. Se oían ya por ahí los aullidos de los coyotes, cada vez más cerquita, cada vez más adentro de mi cabeza, como ahorita. Y entonces, como si de tanto quererlo oí los gritos de mi apá Seferino. Gritando ¡Mi niño! Pero no podía hacer yo por gritar también, y llamarlo a mí, quería incluso llorar pero tampoco lograba. Pasaron ratos de no oírle los gritos, y entonces lo vi parado en la loma, y él también me vio. Corrió colina abajo a puro tropiezo. Cuando llegó hasta mí, ya estaba él llorando, y me decía, chille usted también m’ijo, para que la de coyotes no vengan. En cambió yo con usted, que le puedo decir. Que los padres están para cuidarle la vida a uno, y no para provocarnos la muerte. Eso debía de ser. Me acerqué lo más que pude a mi primo, y después de escucharle su sentimiento comencé ¡Auuuuuuuuuuuuuu!, ¡Au!, ¡Auuuuuuuuuuuu! Aullar. Y los cantaros en cielo se rompieron como en el día de San Juan.

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