La basura es antropología pura. Es cultura. Y como pasa a veces con la cultura: huele mal, nos causa repulsión y no queremos saber nada de ella, así que jugamos a que no existe una vez que traspasa el umbral de nuestra casa. Existe el comportamiento opuesto, como esa gente que gusta o sufre la compulsión de acumular desperdicios en su habitación o los deja regados por todo el hogar sin importarle si vive con alguien más.

La basura, ya lo sabemos, evidencia nuestros gustos, poder adquisitivo, manías y secretos. Incluso en estos tiempos en que hasta la basura se separa, la postura generalizada ante ella no ha variado gran cosa, salvo para quienes representa un modo de vida, como los empleados de limpia; o un negocio, como las empresas de recolección y reciclaje; o llanamente, una cuestión de supervivencia.

Aquellos que sobreviven parcial o total, pero literalmente de la basura, se nos vuelven ipso facto invisibles, tal como los tubos de cartón del papel higiénico, los condones usados, los empaques de carne o verduras, el polvo recogido tras barrer y los pelos que se acumulan en la coladera. Pepenadores e indigentes, parias urbanos, tienen, paradójicamente, acceso total a una parte de las vidas y miserias de los demás, como un Facebook con texturas y olores incluidos. Solos o en grupos, están en todas partes. Verlos en acción, por ejemplo, en los nueve contenedores de basura distribuidos en el perímetro de los Condominios Constitución -una parte de las tripas de El Barrio Antiguo- es cosa notable.

A cualquier hora del día, antes o después del paso del camión recolector, escrutan cada una de esas minas en potencia. Entre ellos hay hombres y mujeres de todas las edades que a pie o en bicicletas de carga hacen la ruta, se detienen y miran dentro de cada basurero. Rompen bolsas y revisan su contenido. Se hacen de toda clase de objetos, rescatan muebles, colchones, papel, botes de plástico, fierros, partes de televisores, hornos de microondas, ropa, zapatos. Comida también. Si los desperdicios no rebasan la capacidad del contenedor se meten en él y hurgan. Llevan consigo bolsas de plástico, costales de yute o carreolas para cargar lo que hallan, y varas o mangos de escoba para tantear los bultos de desechos para evitar herirse con algún trozo de vidrio o metal.

Vecinos y transeúntes pasan de largo, los ven con extrañeza, o si van a depositar algo lo hacen rápidamente y sin voltearlos a ver. Puede que haya al guien que les ofrezca agua o alimento. Mientras tanto, ellos siguen en lo suyo, salvando de lo que ya no nos sirve, algo para sí. Quién sabe si vienen de muy lejos o del barrio vecino, si han elegido esta actividad o no tuvieron otra alternativa, si les hace felices o no. Pero devuelven el saludo si les das los buenos días, una rara costumbre en una ciudad como ésta de la que muchos huyen, y que a su vez recibe a quienes huyen de otras.

A unos metros de distancia, a lo largo del canal Santa Lucía, otros prosiguen la búsqueda en los botes de basura que concentran residuos de los antojos de cientos de paseantes. Lo mismo por el corredor comercial de Morelos o a ras del suelo en algunos puntos de la Macroplaza. Las moscas acompañan a todos por igual. Jamás se van con las manos vacías.

No se trata de pintar un cuadro sentimentaloide. Para eso está la televisión local. Se trata de la otredad. Los humanos que escombran la basura de otros humanos existen desde que la civilización se gestaba. Lo que provoca extrañeza es que aunque se asuma que la sociedad se encuentra ya muy madurita, avanzada y sofisticada para muchas cosas, conserve y engorde otras, aunque sea en perjuicio de otros. Y aunque se haga fuchi a quienes vivan de ella, la basura nos une.

“Hagamos de cuenta que fuimos basura, pegó el remolino y nos alevantó”, dice un canto cardenche. Al fin de cuentas, real o figuradamente, nos guste o no, todos recogemos la basura de otros. Así, el hombre es el pepenador del hombre.

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