Por Sandra Cisneros

Mamacita es la mujer enorme del hombre que vive al otro lado de la calle , tercer piso al frente. Rachel dice que su nombre debería ser Mamasota, pero yo creo que eso es malo.

El hombre ahorró su dinero para traerla. Ahorró y ahorró porque ella estaba sola con el nene niño en aquel país. Él trabajó en dos trabajos. Llegó noche a casa y salió tempranito. Todos los días.

Y luego un día Mamacita y el nene niño llegaron en un taxi amarillo. La puerta del taxi se abrió como el brazo de un mesero. Y va saliendo un zapatito color de rosa, un pie suavecito como la oreja de un conejo, luego el tobillo grueso, una agitación de caderas, unas rosas fucsia y un perfume verde. El hombre tuvo que jalarla, el chofer del taxi empujarla. Empuja, jala. Empuja, jala. ¡Puf!

Floreció de súbito. Inmensa, enorme, bonita de ver desde la puntita rosa salmón de la pluma de su sombrero hasta los botones de rosa de sus dedos del pie. No podía quitarle los ojos de encima a sus zapatitos.

Arriba, arriba, arriba subió con su nene niño en una cobija azul. El hombre cargándole las maletas, sus sombrereras color lavanda, una docena de cajas de zapatos de satín de tacón alto. Y luego ya no la vimos.

Alguien dijo que porque ella es muy gorda, alguien que por los tres tramos de escaleras, pero yo creo que ella no sale porque tiene miedo de hablar inglés. Sí, eso debe ser, porque sólo conoce ocho palabras: sabe decir He not here cuando llega el propietario, No speak Englis cuando llega cualquier otro y Holy smokes. No sé dónde aprendió eso, pero una vez oí que lo dijo y me sorprendió.

Dice mi padre que cuando él llegó a este país comió jamanegs durante tres meses. Desayuno, almuerzo y cena. Jamanegs. Era la única palabra que se sabía. Ya nunca come jamón con huevos.

Cualesquiera que sean sus razones, si porque es gorda o porque no puede subir las escaleras o tiene miedo al idioma, ella no baja. Todo el día se sienta junto a la ventana y sintoniza el radio en un programa en español y canta todas las canciones nostálgicas de su tierra con voz que suena a gaviota.

Hogar. Hogar. Hogar es una casa en una fotografía, una casa color de rosa, rosa como geranio con un chorro de luz azorada. El hombre pinta de color de rosa las paredes de su departamento, pero no es lo mismo, sabes. Todavía suspira por su casa color de rosa y entonces, creo, se pone a llorar. Yo también lloraría.

Algunas veces el hombre se harta. Comienza a gritar y puede uno oírlo calle abajo.

Ay, dice ella, ella está triste.

Oh, dice él, no, otra vez no.

¿Cuándo, cuándo, cuándo?, pregunta ella.

¡Caray! Estamos en casa. Esta es la casa. Aquí estoy y aquí me quedo. ¡Habla inglés! ¡Speak English, por Dios!

¡Ay!, Mamacita, que no es de aquí, de vez en cuando deja salir un grito, alto, histérico, como si él hubiera roto el delgado hilito que la mantiene viva, el único camino de regreso a aquel país.

Y entonces, para romper su corazón para siempre, el nene niño, que ha comenzado a hablar, empieza a cantar el comercial de la Pepsi que aprendió de la tele.

No speak English, le dice ella al nene niño que canta en un idioma que suena a hoja de lata. No speak English, no speak English. No, no, no. Y rompe a llorar.

*Texto de La casa en Mango Street (1995).

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