Por Kyzza Terrazas

Quisiera poder escribir locamente. Con furia de habano y cultura libresca. Un pinche Hemingway: así, grande y violento. Beber güisquis a lo largo del día y teclearles a ustedes lo destacable y horroroso de la vida. Escribir, como luego dicen que hacen, en los lugares más inusitados porque la literatura les fluye por los dedos. Construir con cada letra una idea del mundo, una fuerza opuesta al poder; amasar un ejército de palabras que, cual pájaros, saquen los ojos de quienes humillan al mundo. Un José Revueltas, chingá. Con novelas que sacudan conciencias, que los hagan sentir extraños en este mundo extraño e incómodos con su devenir cotidiano. Publicar libros que echen luz sobre las realidades ocultas, sobre las alcantarillas de injusticia y sobre los deseos lascivos de quienes nos gobiernan. Luego presentarlos en ferias y debatir con mis contemporáneos. Adherirme a cierta corriente, pero crear mi propio estilo. Hacer la crítica feroz de las instituciones que muelen a palos la vida de las personas. Quisiera escribir con la potencia erudita de Alfonso Reyes, moldear el mundo a fuerza de versos y alocuciones latinas y con el uso de la palabra ‘palinodia’. Tener un manejo casi instintivo de lo que viene siendo el pentámetro yámbico. Quisiera poder decirles que milité en el Partido Comunista pero luego me expulsaron por mi oposición al estalinismo y entonces me convertí en un anarquista libertario. Sería deseable afirmar que mi hambre de justicia es incorruptible, que mi moral es de una pieza y que estoy del lado justo de la historia. Casi que me gustaría susurrar que no soy nada pero la nada es demasiado transparente y ligera y de lo que yo estoy hablando es de algo sólido y muy negro. Un cuerpo que ocupa groseramente una parte de este espacio de por sí ya turbio. Quisiera poder escribir y punto.

Todo eso quisiera. Pero no.

Porque más bien soy el cerdo que te mira las piernas y el traficante de mujeres. Soy el que observa el mundo y ahoga sus culpas en causas estéticas que son siempre políticas. El supremo holgazán: quien dilapida todo por mirar esta maldita pantalla y el que secretamente piensa que todo mejorará pero sabe que no es el caso.

Porque también soy una escort que fácilmente puedes encontrar en cierta página de internet. Me vendo a quien sea —e incluso a mí mismo— como aquélla chaparrita que se para en la esquina de Insurgentes y Viaducto y tiene un promedio de tres clientes por noche; a menudo me convierto en una perra de burdel de la contrahecha y herida ciudad de Phnom Penh, Camboya, cuyos padres fueron asesinados por ebrios soldados del Jemer Rojo en 1977, puerco año en el que fui a nacer. He sido y seré la puta africana muerta a golpes dos veces —primero en Barcelona, luego en la nieve manchada de rojo (¿regla o labio?) de Helsinki. Claro, porque resucité y quise ser puta de nuevo. Anduve ofreciéndome en El Hoyo, aquel antro que estaba sobre Insurgentes, casi a la altura de la glorieta; también doy servicio completo en el hoyo negro de Centroamérica —en Tegus, en Guatemala City, pero no en San Salvador. Mis caderas de dominicana en plena flor han sido compradas en East New York y en algunos giros negros del Bronx. Soy hombre pero soy puta que aspira a ser hombre en cuyo centro se disuelvan las distinciones de género. De las calles de Caracas pasé al encierro de un edificio en la colonia Bosques de África, en el Distrito Federal. Estaba en Kiev (¿O Sarajevo?) y de pronto desperté en Albuquerque, Nuevo México, donde me embestía con rencor un indio navajo que medía dos metros y olía a resistol.

Eso: consigo engañarlos cada tanto con inaudibles balbuceos y con mi torpe navegación sobre los minutos-puñaladas.

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