No mantiene conversaciones, rechaza a los niños, consume obsesivamente café con leche descafeinado de máquina con leche natural y sacarina. Malamente tiene treinta y cinco años. La maldad le viene de familia, fue herencia de su tío Tito.

Ha mantenido siete coitos con dos mujeres y ciento setenta con vírgenes imaginarias.

Sebastián demuestra a los terrícolas su incapacidad de asombro, su nula aceptación del amor y su obsesión por el Big Mac.

Un jueves caótico demuestra que el tráfico vehicular hace propenso a los autos a la imbecibilidad y a los humanos a la autocompasión. Desfila un coche a tres metros de una abuela, un grito mortal y aplausos cuando emana el llanto de la anciana al verse salvada por su engañoso Mesías. Él, se muestra indiferente ante el título de superhéroe de barrio, se detiene para fantasear con la imagen pero prefiere callar antes de verse envuelto en habladurías.

Pese al incidente, llega como de costumbre a las nueve de la noche, enciende el televisor, brama cuando comprueba que no hay nada saludable para ver. Hora de la ducha. De reojo, nota algo diferente en el rostro, una sonrisa, una maldita sonrisa, sin ningún motivo aparente. ¡No es posible!, ¿Es permanente?, no logra quitarla, se aferra, utiliza sus manos para moldear y darle la naturalidad de antaño, algo sucede, la sonrisa ha encontrado un nuevo hogar: su rostro.

El sueño termina con él. Por la mañana, toma el café acompañado de huevos tibios, permite una digestión de 15 minutos y se lanza al acorazado baño; con horror ve reflejada la insolente sonrisa, busca desesperadamente una solución, se lanza a la cocina, coge el cuchillo, regresa al baño, mira al espejo y con una habilidad de carnicero amordaza el antebrazo, grita de dolor pero sigue la sonrisa, no lo puede creer, está condenado.

Se sienta en el retrete, se tapa el rostro con las manos, salta y con el puño destroza el único espejo que existe en la casa, queda inconsciente en medio de la bañera.

El hambre voraz lo despierta, se encamina al Mc Donal´s, pide dos Big Macs, desconsolado paga, pero al ver que la chica del mostrador le sonríe descaradamente, se asusta y huye.

Necesita motivos para enfadarse, piensa frenéticamente en posibles escenarios: asistir a un grupo de optimistas, siempre le han parecido patéticos pero el simple hecho de entrar con esa sonrisa inmunda, lo condenaría a una recepción dulzona, visitar el geriátrico de sus abuelos, sólo de pensarlo le da dolor de cabeza, hacer de niñero de la pequeña de la vecina; es pequeña, lloriquea demasiado y caga aún más.

Su lista de escenarios crece y su enfado también, congela ese momento y corre hacia el espejo roto, sorprendido encuentra que la sonrisa se ha extendido, la comisura de sus labios es más pronunciada. Desolado, toma una gasa del botiquín médico, envuelve la dolorosa sonrisa y espera que ocurra el milagro de la transformación.

Mañana tiene que trabajar, ¿Qué va a decir?, ¿Cómo se va a presentar?, ¿Con qué cara va contradecir a las secretarias?, ¿Cómo se enfadará al ver los lavabos sucios?, ¿Cómo reprenderá a la dependienta de la cafetería cuando le sirva por enésima vez el café tibio?

Llega puntualmente al trabajo, decide enfrentarse al público puro y duro mostrando lo mejor que sabe hacer: Una sonrisa.

Su plan consiste en seguir comportándose como siempre, pero ahora convertirá a la sonrisa en su arma para conseguir aquello que desea, antes disimulaba, ahora todo mundo verá como goza.

Ha memorizado el recorrido que hará, con quién iniciará una pelea, a quién gritará, humillará y mancillará. Está feliz pero nervioso, intenta actuar con naturalidad.

Ahí está Sofía, tan flaca y embustera como siempre, lleva el traje azul que deja entrever su semi culo. Tiene ganas de fastidiarla, lo piensa, ya tiene la coartada perfecta.

Se acerca precipitadamente, le lanza la sonrisa, ella responde sorprendida, pero antes de que pueda terminar el gesto, se inclina hacia ella y le hace ver que en la reunión de hoy, no es conveniente que asista porque que lleva el espantoso traje de todas las reuniones: el traje de los martes. Se aleja y da un portazo al entrar a su despacho. Se sienta satisfecho, cuenta hasta cinco, aparece la secretaria con un abultado folder con papeles absurdos. Inspecciona, firma, reniega, insulta, grita, pero al final siempre aparece la sonrisa cínica.

Goza, la vida le parece divina. Se lleva las manos a la cabeza, tal vez no sea prudente dar tantos golpes hoy, alguien puede sospechar, hay que hacerlo con cautela. Le hubiera gustado mancillar al empleadillo apasionado por el orden de los ficheros, la secretaria adicta a Cosmopolitan o a la regordeta Anastasia.

Se lo piensa un poco, recurre a la computadora para hacer un plan sistemático basado en fechas y personalidades. Hace un recuento, son siete los convocados; es un caballero, así que empezará por las damitas.

Lucrecia será la primera. Siente fascinación por su dedo meñique de la mano izquierda, es más pequeño de lo normal lo que hace que haya revolucionado la forma de mecanografiar, parece pianista con discapacidad, se lo imagina y emite una carcajada agudísima. Comenzará mañana con Lucrecia.

Llega a casa, se tira sobre el sofá; víctima de manoseos creativos. Corre hacia el baño, no puede parar de verse en lo que queda de espejo, toma la máquina de afeitar, quita la poca barba para no estropear los surcos producidos por la sonrisa eterna.

Es miércoles, es el primero en llegar a la oficina, quiere ser un anfitrión espléndido.

De repente cae en la cuenta que su lista de víctimas, sólo hay mujeres, le desconcierta ese dato, preferiría incluir por lo menos a un varón, hoy se dedicará a escoger el mejor candidato, según ve el empleado adicto al orden de los ficheros tiene una ventaja con respecto a otros. También está Matías, célebre por organizar las mejores fiestas de la oficina, es su mejor cualidad, pero no puede incluirlo en la lista porque es el único que se ha preocupado por administrarle una prostituta de lujo a precio de saldo.

Lucrecia fue su primer amor de oficina. Pasa mucho tiempo contemplándola hasta que se da cuenta que crece un desprecio desproporcionado por aquel meñique que la hace ver tonta, pero a la vez tiene una carga sexual enorme y eso lo convierte en un adicto al sexo congénito.

A la mañana siguiente encima del escritorio de Lucrecia aparece una misteriosa caja blanca con un hermoso moño negro. Nunca había visto un moño negro. La gente de la oficina empieza a murmurar. Ella está desconcertada y presionada por los gritos de sus compañeras abre lentamente la caja y lo que encuentra dentro le provoca pánico: el dedo de una pata de pollo de color negro. Se queda paralizada, los mirones corren hacia a sus asientos simulando que no han visto nada. Lucrecia tira la caja y se marcha.

Sebastián de reojo ve lo sucedido sin intervenir, alguna de las cotillas le contará con lujo de detalles. La jornada transcurre marcada por lo ocurrido.

Mañana tras mañana Lucrecia recibe la misma caja con dedos de gatos, perros, ratas, conejos…..las cajas y su contenido se han convertido en una rutina esperada. La noche anterior la gente apuesta sobre el posible contenido de las cajas. Corren las envidias todos quieren recibir el preciado dedo, pero ninguno parece digno de tal entrega. Él que envía las cajas y el motivo no importa. Sebastián está furioso, la gente se divierte a costa suya. Es indignante.

Termina el envío de cajas. Al principio la gente se muestra molesta por tal suceso pero al final todo mundo se olvida y siguen inmersos en la rutina.

Sebastián decide cambiar de estrategia y busca suerte en el género masculino. Piensa en el chico que organiza los ficheros. Su delgadez y su color pálido lo convierten en una especie de vampiro dócil. ¿De qué manera podría verter todo su odio? Pasa días sin dormir, esta vez no quiere fallar.

Hoy tiene cita con el dentista. Quiere unos dientes perfectos. Un pánico terrible recorre su espina dorsal ¿Si de tanto tener la boca abierta, su sonrisa se pierde?, le suplica al dentista que termine lo más pronto posible. El dentista está molesto, pero a regañadientes acaba, exige su paga y Sebastián dobla la suma.

Ricardo, él chico de los ficheros es inseguro pero amable, además nunca dice No. En la universidad le hizo dos exámenes extraordinarios a un supuesto amigo, y sin cobrar, pura amistad.

Al de los ficheros le manda cada día que ordene los ficheros bajo diferentes parámetros, ya sea por formato, orden alfabético, tamaño de hojas, tipo de letra, contenido, destinatario, ….ninguna de las órdenes es un problema, al contrario, es un reto que Ricardo disfruta, así que Sebastián fastidiado por el resultado le prohíbe ordenarlos. Ricardo al tercer día renuncia y se acaba el cuento de hadas.

Sebastián prueba suerte con la chica del traje de las reuniones del martes y para ello escoge el martes. El plan consiste en mandarle cada día un traje de colores estrambóticos bajo la orden de que si no se los pone algún sicario la matará. Ante la posible muerte, la chica se enjuaga las lágrimas y se pone las ridículas prendas. El atuendo es una chaqueta rosa mexicano, falda amarilla y una blusa de cuadros. Al salir de la casa en dirección al trabajo, un rubio apuesto la detiene y le pide una foto, a lo que ella indignada dice que no, pero ante la insistencia cede. Hoy es directora de una prestigiosa revista de moda.

Ante el fracaso Sebastián llora desconsolado, todo le sale mal, por más desaires que haga la gente lo ama. Su sonrisa ha significado una condena, condena que quiere acabar.

Pide cita con el cirujano plástico. El médico le pregunta lo que quiere hacerse, según él lo ve estupendo y lo que lo hace ver así es la sonrisa. Está a punto de darle un puñetazo, pero se contiene, pide que corrija lo que a él le parece un defecto. Incrédulo le pregunta el médico el por qué de la cirugía y responde que no quiere que la gente piense que está feliz.

Después de hacer muecas le dice que quiere el aspecto de antaño. El médico acepta y concreta el día de la operación. En el quirófano, el cirujano corta, cose aquí y allá. Sebastián espera impacientemente el resultado y respeta el vendaje. Dos semanas después se lo quita y lo que ve, no lo puede creer, el rostro sigue igual, horrorizado corre despavorido, busca angustiosamente un espejo y lo estrella en su rostro hasta deformarlo.

Pocas horas después la enfermera de turno encuentra una masa blanda de carne con una sonrisa guasónica.

 

Por Malinalli García

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