Por Kyzza Terrazas

Ilustración por Fernanda Martínez

Soy el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, y el día de hoy me he cercenado el pezón izquierdo. Por la mañana, al abrir los ojos y ver a Francisca mirándome con cara delirante, la melancolía atrapó mi alma y, ¿saben qué?, yo cedí sin miramientos. Y es que estar ahí, en esa cama, con mi teléfono privado sonando sin cesar, un jugo de naranja, esperando en cualquier momento malas noticias —un temblor, más secuestros, más desplomes de la bolsa—. Me sentía sucio permitiendo que en la TV mexicana salieran al aire nalgas casi al desnudo y esos noticiarios donde hablan de niños abandonados, viejos que viven entre basura, mujeres alcohólicas peleándose frente a las cámaras porque una maltrataba a su bebé y la otra denunciaba el hecho. ¿Qué carajos puedo hacer yo por esa gente? ¡Nada! Ni yo ni nadie. Pero qué diría mi madre de que estuviera yo permitiendo que se alimente a la gente con su morbo puerco. Y por eso la melancolía. No lo sé, pero, al despertar, sentía mi cama repleta de microbios; pensé que adentro del colchón se estaba cultivando un arma bacteriológica. Pero, eso sí, anoche Francisca me cumplió, me había besado y me había excitado —sólo lo hace cuando bebe—.

1482898_10151808450470849_699811995_nEs malvada y violenta en la cama. Pero hoy algo se rompió, y por eso la melancolía, y también por mi cara de tonto. El espejo siempre me devuelve a un idiota, y luego salgo a mis giras e intento hacer muecas de persona inteligente. Pretendo ser firme e imponer mi voluntad, pero nada de ello deja de ser una farsa. Y soy incólume por acomplejado, y por eso la melancolía. Por eso al despertar luego luego fui a ver la caja de bolear zapatos con la que había ganado unos centavos de niño —mi sosa infancia en Mexicali—. La olí durante unos momentos y después llamé a Cosío, el buen Tonatiuh. Lo cité en mi despacho a mediodía. Dejé la caja de bolear en su lugar y volví a mi cama. En eso entró mi hijo menor y lo confundí con Carlos Salinas, mi predecesor, y luego pensé que era una prostituta. Les digo y no les miento: algo se nublaba, algo ya se había roto. Mi hijo me dio un beso y dijo que yo era el mejor presidente que había tenido México. Yo le contesté únicamente que no fuera a reprobar el año por tercera vez consecutiva. Decidí no rasurarme ni recibir llamadas hasta que viniera Tonatiuh. Entonces le pedí a Francisca que se bañara conmigo. Al principio se resistió, pero sabía que no le convenía contradecirme aunque ella mandara. Se desnudó y entró a la regadera mirando el suelo y cubriéndose los senos. El agua estaba caliente, rica, y sentí ganas de hincarme sobre el mosaico de la ducha. Francisca, harto desconcertada, salió de la regadera y espetó que estaba yo loco. Permanecí bajo la ducha varios minutos hasta que empecé a notar que el agua caliente olía a cloaca. Cerré la llave, me puse mi bata de seda china y abandoné el baño. A todo el mundo le urgía hablar conmigo, pero di órdenes claras de que no me pasaran llamadas, y lo acataron. Llegó Tonatiuh Cosío y lo recibí en el despacho. Su barbita canosa, sus ojos pispiretos, todo trajeado y con buen olor. “Presidente Constitucional, ¿cómo estás?, ¿qué pasa?, ¿por qué andas en bata?, ¿qué es eso de no tomar llamadas?, ¿qué te ocurre, Presidente Constitucional?”, dijo nervioso. “¿Quieres algo?, ¿un trago?”, pregunté. “No, gracias”, contestó. «OK. Entonces, por favor, es hora de que tientes mi pantorrilla y rasques mis pies”, dije con voz autoritaria. No dijo nada, y por eso la melancolía. “Anda, pues, adelante”, exhorté. Pero supe que no lo haría y que se quedaría callado. Entonces pasé a comentarle que iba a matarlo de un tiro y que eso iba a ser bueno para el país, pues me encerrarían en la cárcel y entraría un presidente interino y bajaría la bolsa, pero la gente estaría feliz, aventurando tesis, divertida por el desconcierto, etc. Saqué la pistola, pum, lo hice. Cayó de espaldas y yo entré al baño. El espejo me devolvió otra vez a un idiota y fue cuando saqué la Gillette. Supongo que afuera se oyó el disparo porque todos entraron y Francisca me dio una cachetada. Yo le entregué mi pezón, y por eso la melancolía.

Cuento aparecido en «Cumbia y desaparecer (Editorial Moho)».

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