En “Elegía Interrumpida”, Octavio Paz postula con brutal claridad que “lo que devoras te devora, tu víctima también es tu verdugo”. No pude evitar recordar dichas líneas al observar por unos cuantos minutos el VI Informe de Gobierno (es un decir) de Gabino Cué. El hombre encerrado en un estudio de televisión con una pantalla verde detrás de él, sobre la cual se elaboró digitalmente una bandera, mientras el susodicho escupió durante hora y media datos e historias de una realidad que sólo existe para él y su séquito, cada vez más reducido.

Imposible no recordar el día de su toma de posesión el miércoles primero de diciembre de 2010 en la explanada del congreso del estado. Gabino pletórico, la cúpula de la izquierda partidista y el panismo calderónico reunidos en torno suyo. Aquél que desde su gobierno al frente de la capital oaxaqueña había dado sobrada muestra de su desprecio por la transparencia, desdén por el patrimonio cultural y añoranza por los negocios, llegaba a la gubernatura arropado por una alianza electoral defendida a capa y espada por personajes como Javier Corral y Denise Dresser (el primero tuvo la decencia de reconocer años después en una carta el ominoso error de impulsar a un sujeto de la calaña de Cué; la segunda, bueno, ha pasado a postular que los millennials queremos que nuestro próximo presidente sea cool).

Del contraste entre la magnanimidad de su inicio de gobierno y la miseria de su conclusión considero necesario hacer hincapié en dos ideas. Una es el hecho de que, con tal de tomar el poder, las élites políticas impulsaron a un personaje de dudosa capacidad pero de ética benevolente. Creación de algunos, responsabilidad de nadie y odiado por todos al final de su gobierno. Parte de ello se debe a que la marca personal de Cué ha sido traicionar a todos aquellos que lo ayudaron a crecer políticamente hasta llegar al palacio donde despachó Juárez.

A excepción de Diódoro Carrasco, con quien sostiene alianzas, en su lista de traiciones se encuentra Jesús Martínez Álvarez, Dante Delgado, Javier Corral, Gustavo Madero, López Obrador, la APPO y la CNTE, el Maestro Toledo, Francisco Martínez Neri, Estefan Garfias y Benjamín Robles; de igual forma dejó morir solos en el ruedo a sus cómplices Marcelo Ebrard y Ángel Aguirre y ni qué decir de su cinismo con el sector indígena y empresarial del estado (pregúntenle a Gutiérrez Candiani y a Adelfo Regino).

El otro punto es que su enriquecimiento personal a costa de los ciudadanos (al igual que Padrés, Borge y los dos Duarte) hace evidente una vez más la necesidad de verbalizar lo que en los hechos se han convertido los gobiernos estatales a raíz de la transición: élites que conciben el ejercicio público como un negocio y que pactan impunidad con el gobierno federal en turno poniendo como moneda de cambio la estabilidad social de sus feudos.

En este punto el caso de Oaxaca cobra cardinal trascendencia. Al ser un estado en el que la normalidad es el conflicto, los dos últimos gobernadores encontraron argumentos para convencer al gobierno federal de que si osaba tocarlos con el martillo de la destitución, después de ellos vendría en diluvio.

En el verano de 2006, con la insurrección social encabezada por la APPO y el conflicto postelectoral entre Calderón y López Obrador en su momento más álgido; Ulises Ruiz planteó que, si lo intentaban destituir, antes él convocaba a la prensa internacional para reconocer el triunfo de AMLO y lo invitaba a despachar en el palacio de gobierno para que desde ahí resistiera su gobierno legítimo.

De forma similar, en 2015, con un gobierno federal en la lona y empecinado en implementar la única reforma bien vista por la mayoría de la población (la educativa), Gabino se encontró con la oportunidad de pactar garantías de inmunidad e impunidad para concluir su mandato con tal de no reventar la reforma en Oaxaca. Por ello no extraña que se le haya otorgado la presidencia de la CONAGO, ni que la comentocracia nacional no señalara su responsabilidad por la masacre de Nochixtlán, incluso teniendo como evidencia videos de la policía estatal disparando contra civiles. Quedan para la historia las entrevistas que hasta hace poco Gabino daba a medios nacionales y las preguntas de sus interlocutores: ¿Cómo estás, Gabino? ¿Cómo te sientes?

Por fortuna, Gabino ya se va. Todos los que amamos a Oaxaca tenemos el deber de reconstruir lo que su incompetencia derrumbó.

¿Qué viene para Gabino? El diluvio.

 

 

 

 

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