Jamás he vivido un barrio. No, no falta la preposición “en”. Me refiero a la dinámica. Puedes habitar en un barrio pero no vivirlo. Sin interactuar con vecinos, sin ir a misa o a culto al mismo templo. Sin comprar en los mismos sitios ni organizar carnes asadas con los de la cuadra. Sin sentarse en el porche ni conversar. Sin coexistir más que por casualidad. Ergo, sin hacer frente común ante situaciones que pudiesen ser beneficio, riesgo o un reto para quienes comparten las buenas y las malas bajo ese esquema.

Tal vez por eso uno de los escasísimos guiños a mi capacidad de asombro haya sido el inicio de esfuerzos colectivos para recuperar barrios o zonas emblemáticas de la ciudad, como el de la Luz, o El Mirador, incluso el mismo Barrio Antiguo, que aunque más sobado por la institucionalidad de gobiernos municipales y estatales que, como es costumbre, quieren salir en la foto y jalar agua para su molino electoral, no demerita el interés genuino de algunos de sus habitantes por rescatarlo. Ahí empiezan las preguntas.

¿Para qué? ¿Nostalgia? ¿Desarrollo urbano? ¿Especulación inmobiliaria? ¿Comercio oportunista? ¿Reclamo de espacios públicos arrebatados por la delincuencia? ¿Turismo? ¿Amor al arte y a la difusión de la cultura? ¿Todas o ninguna de las anteriores? Legítima o no, es imposible establecer una razón absoluta. Mientras tanto, partidarios de cualquiera de ellas se tiran con la cubeta unos a otros, un deporte nacional que seamos honestos, es mortalmente aburrido.

Así pasa el tiempo y cada Corredor del Arte, Mercado de la Luz o Todo Local son la confirmación de que si se quiere, se puede, y al mismo tiempo, que no sólo querer y poder bastan. También hace falta entender que mientras no se tome en serio el fortalecimiento de las redes humanas que den continuidad a estas iniciativas, lo ya hecho será inútil. Me refiero a casos vergonzosos como los oportunistas que, por ejemplo, montan su chiringuito cada viernes o domingo, vendimian cosas y luego desaparecen, desmarcándose de los esfuerzos colectivos hasta que llegue el momento de comerciar otra vez. El problema no es el comercio. Eso es parte de nuestra cultura. El quid es el deslinde, el desafane, el “yo vengo nomás un ratito”. Dejar a unos cuantos la brega diaria por revivir los espacios que, los habitemos o andemos de paso, en parte son nuestros, aunque muchos no quieran entenderlo así.

Los marginales, los que crecimos en las orillas o en los suburbios, los nómadas, los subnormales, los “autistas sociales”, tenemos mucho que aprender al respecto. Sólo entonces podremos colaborar en esos brotes de “violencia ciudadana”, más allá de la declaración y las frases hechas. Pintar fachadas, remozar construcciones, ocupar banquetas con antigüedades -a pesar de tener un local para ello-, emprender alguna aventura empresarial tradicional, osada o atípica, organizar actividades comunitarias, todo es una parte del paquete, otro ladrillo. Otra célula para ese tejido social de un Monterrey que hace muchísimo tiempo sufre de gangrena disimulada con maquillaje barato. Repararlo exige un costo más alto que cualquier fondo metropolitano o presupuesto público alcance a cubrir. Exige pensar, y pensar bien. Eso, en una ciudad que en promedio la única materia gris que valora es la de los machitos -con perdón a tan suculento platillo- es lo caro del asunto.

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