Por Indira Kempis

Foto por Victor Hugo Valdivia

Hace un poco más de un año nos visitó David Escobar, un joven treintañero que es político y funcionario en Medellín, Colombia. Fue uno de los miembros más importantes del movimiento que al que se le llamó Compromiso Ciudadano. Este grupo de ciudadanos ha sido referencia latinoamericana en cómo las candidaturas independientes, el involucramiento de académicos en la política, la voluntad de una masa crítica de apenas 50 individuos, puede cambiar una ciudad. Si bien no en todo, al menos en algunos de los problemas sociales que más adolecía a Medellín hace 15 años: sus muertos, sus víctimas y sus guerras.

En el desayuno previo a un recorrido por Chipinque en bicicleta de montaña, David me insistía en que buscara esas alianzas que fortalecen las buenas ideas. Con un dejo de resistencia le contestaba al chico de la gran sonrisa. “David, ¿estás consiente de que Monterrey no es Medellín? Que estamos rodeados de gente sin escrúpulos y de una sociedad civil producto de su propia cúpula empresarial, que no puede “destetarse” de sus líderes y que no sabe tener una relación sana con sus autoridades?”, hasta la fecha no sé si el recuerde si quiera que mis palabras parecían un reclamo. Pero supongo que en cualquier ciudad latinoamericana pasa exactamente la misma cosa sólo que con otros nombres.

¿Cómo hacer un solo ejemplo que se parezca a otros que al menos nos dejan asomarnos a otras alternativas de hacer ciudad, una narrativa y otra forma de organizarnos civilmente? Esa pregunta me taladraba mientras hacía un intento de mantener el aire de la montaña en mis pulmones.

El día de la conferencia todo estaba perfectamente planeado. Yo sólo me dedicaba como en muchos otros eventos a observar detenidamente a David, lejos de su cansancio natural, lo notaba aislado como buscando flores en el desierto. Sabía que compartíamos eso, porque al llegar a esa calle oscura le brillaron los ojos. Como muchos de los funcionarios de la transformación de Medellín, la calle representa más valor público que los encierros fastuosos.

¿No hay luz?” No, le contesté con una voz tímida. Pero le insistí que era maravilloso encontrarnos en un lugar en donde al menos podríamos llegar seguros a la calle Abasolo, donde en la Unidad de la Facultad de Arquitectura de la UANL nos esperaba repleta de estudiantes, activistas y vecinos. Nada que ver con la “crema y nata” del espacio anterior, pero había gente a la expectativa de conocer el planteamiento de una ciudad latinoamericana que si bien no es Monterrey, tampoco es Estocolmo.

Al final de la charla con esos ojos profundos, maravillado por el entorno para el diálogo, me dijo con un tono determinante: “éste es el barrio”. Sí, ya desde un par de años antes existía esa especie de “melatismo” para decidir en dónde poner un espacio creativo, ese museo con el que sueño todavía o cualquier otro lugar que fuera un sinónimo de transformación.

David fue pieza clave y fuerza para entender que el rumbo no lo marcamos solos, sino nos vamos intercambiando en ideas, haciendo esfuerzos colectivos para la creación que es destrucción al mismo tiempo de paradigmas añejos. El día que David conoció las primeras fotos por las redes sociales de lo que estábamos haciendo en la oscuridad de la calle sin luz, compartía esa felicidad que sólo se siente cuando sabes que te has aventado al vacío con la firme intención de volar. Aunque caigas, aunque falles, aunque cometas errores. No importa, lo que importa es tener los dos pies sobre la tierra a la que quieres ver, sentir, oler, distinto.

Antes de caer la noche, Escobar se toma una foto con Deysi, la cantante cubana que ha llegado al final de la conferencia. Ambos sonríen con la misma complicidad con la que el arte enlaza a quien lo sabe valorar.

Al despedirse ese domingo, David me insiste que cuando regrese a México quiere verme con la mejor condición para no separarme del grupo de ciclismo de montaña y ahí en el barrio. Hoy confirmará mi querido amigo colombiano que nuestra intuición tuvo forma, pero que de plano el ciclismo de montaña no es lo mío. No. 

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