Por Rolo Diez-Laurini

No habían pasado ni doce horas desde que cinco de sus compañeros murieron acribillados en Carácuaro —un cerro michoacano conocido por el tamaño bestial de sus ratas de campo, sus tortillas de maíz verde, su sopa tarasca y sus plantíos de amapola— cuando un feroz grupo de soldados irrumpió en la casa de Carmela Gamiño, en el municipio vecino de Nocupétaro, Michoacán, con la orden de apresar a las cinco jovencitas culpables de la desaparición del joven Gutiérrez, hijo del alcalde Gutiérrez, hombre de palabra escasa pero firme, que no permitiría que cinco putas asquerosas secuestraran a su hijo y mucho menos que ocasionaran bajas en las fuerzas del orden. Y es que era sabido que ahí, donde trabajaban ellas, se reunían los sicarios de El Lemón a meterle al chupe y el polvo. El juez Gutiérrez no era pendejo y sabía que esos no eran del Cártel del Gobierno, así que hizo la llamada, anotó en su libreta un nombre y mandó diez soldados que parecían salidos del Teletón para que fueran a buscarlos. Diez soldados muertos era una desgracia.

Mejor que sean cinco, García, así no sonará tan grueso.

Después de la tragedia, Pedro Gutiérrez había pedido la intercesión de las fuerzas armadas especiales, arguyendo luchas intestinas entre cárteles de la droga.

Sonrió ante su inteligencia y dio la orden, pues el mandato ya se la habían dado a él: apresar a las presuntas responsables de los diez muertitos que bajaron de la sierra los burros de don Chema.

El sol se había metido y el frío serrano calaba los huesos. Dos personas caminaban la noche helada rumbo al bar La Estrellita, propiedad de Carmela Garmiño, una matrona de 55 años, gorda, pequeña y malvada, que surtía sus servicios carnales lo mismo a sicarios que judiciales, chiquinarcos y labriegos de sobaco grosero, a veces hasta políticos que iban con don Pedro.

Si andan en el mismo bote, juntos lo van a remar — le decía siempre a Lucinda, la hembra más bonita que anduvo por ahí, hasta que una noche El Lemón se la llevó a empujones y ya nadie volvió a verla.

Carmela volteó a ver a Luis y le preguntó:

Oyes, Luis, ¿trajistes el pomo?

El hombre asintió con un gesto, sonrió como animal enfermo y sacó una botella de Bacardí de su morral.

Espero que esas pinche putas hagan bien su trabajo —exclamó Luis, refiriéndose a las cinco nuevas jovencitas que habían llegado de Cotija para trabajar en La Estrellita.

Seguro, mi Luis, no tengas pendiente. Ya verá que usté será de los primeros en catar la mercancía, ya me dirá si está buena o no. Pos si yo ya las vi antes de contratarlas. ¿A poco me has visto recoger chingaderas?

Luis negó con la cabeza y Carmela hizo un tronido con la boca a modo de constatar su autoridad en la materia.

Eran Diana, Sandra, Roxana, Noemí y Marifer. Tenían entre 15 y 17 años y habían llegado a casa de Carmela Garmiño para trabajar en lo que se ofreciera.

Sí, namás en lo que tu papá vuelve ‘garrar fuerzas. No, pos si ya no está tomando. No se preocupen que aquí tendrán dinero y cosas bonitas, ya verán. Serán los soles de La Estrellita —les dijo Carmela mientras las desnudaba para ver el talle de sus cuerpos, la firmeza de sus bultos, los dientes, sentir el olor de sus axilas y entrepierna, en fin, que la mercancía estaba a punto, pero no de pudrirse; de ahí que les metiera el dedo, namás la puntita, pa’ comprobar que la humedad no supiera a fierro viejo.

Se tenían que aguantar. A fin de cuentas chamba es chamba. Lo que no sabían es que su tío y padre, Joselo Méndez, las había vendido como carne de cañón a cambio de 30 mil pesos, un .R 15 que parecía del museo de la Revolución, una caja de Charanda Imperial, unos tenis Nike y una gorra de los Mets de Nueva York.

Joselo se había puesto sus tenis y su gorra, bebía una de sus botellas y limpiaba el .R-15 en el zaguán de su casa. El ciego sol de la sierra castigaba la aridez de la región. No había viento y los perros parecían morir a la sombra. Joselo estaba contento; era el mejor cambio que había hecho en su vida. Ya no tendría que alimentar a las hijas de su hermano muerto, ni a la suyas tampoco. Además, pos eran sus hijas y sobrinas, y ni modo de hacerles maldades, que ya nomás no podía dejar de pensar en eso cuando las veía con sus pantorrillas suaves, sus pasitos cortos, sus voces aniñadas, todas en edad de merecer, y él, un macho que sentía su miembro a punto de explotar… Si no hubiera sido por diosito, no’mbre. No, mejor que se largaran.

Las vio subir a la Grand Cherokee plateada con vidrios ahumados. Un muchacho que parecía entre mara salvatrucha y cantante de reguetón llegó quemando llanta con el Daddy Yankee a todo volumen y descendió del vehículo mostrando escuadra, lo cual impresionó enormemente a Joselo y las niñas.

Les dijo adiós con la mano, entrecerró los ojos, pues la luz lo cegaba, y metió una bala en la recámara de su nuevo fusil. Esos pinches coyotes ‘ora si sabrían lo que es bueno.

En Lázaro Cárdenas, el presidente Felipe Calderón se alistaba para recordar a los soldados caídos como héroes en la lucha contra el narcotráfico. Mientras estaba parado con los dos brazos extendidos, escuchando a Schubert y aspirando como un Paschá el incienso que le habían traído desde Yakarta, tres libreas le ponían su traje de 10 mil dólares. En el segundo movimiento de la sinfonía, el ejército se llevaba detenida a Gamiño y a otras cuatro mujeres, menores de edad, que laboraban como meseras en el bar La Estrellita. Era una noche fría y podía verse la respiración cristalizada de los soldados que miraban con los ojos inyectados de sangre a las presas que se retorcían en el piso de la Lobo blindada. Un hombre moreno y delgado estaba tirado boca abajo, a un lado de la entrada de la cantina; un tiro de .38 le había perforado limpiamente la nuca. A su lado, una botella rota de Bacardí que nadie se había podido tomar.

El bar La Estrellita solía ser frecuentado por el grupo de sicarios que se enfrentó con los soldados en Carácuaro el 1 de mayo. En ese enfrentamiento murieron 15 soldados y 6 sicarios. Y qué mejor ocasión para celebrar la victoria de las fuerzas armadas que castigar a algunos inocentes, hacer un ejemplo. Sí, Dios prefiere una injusticia antes que un desorden; eso lo sabía bien don Felipe, a quien sus libreas le colocaban en ese preciso instante las mancuernillas de oro puro en la camisa de 12 mil hilos.

Don Felipe había dado la orden de quemar el establecimiento, aconsejado por su buen secretario, un tal Monk algo, “pues aquel grupo de asesinos interfería de manera peligrosa con el otro cártel, el que estaba más organizado, el menos salvaje, el que pagaba primas más altas”. Así lo precisó a su eminencia para tener la venia clerical, el permiso de Dios para matar.

El hombre calvo por fin había sido vestido. Entró a Salón de Gobernadores del palacio municipal de Morelia y se quedó parado. Todos lo miraban y nadie decía una sola palabra. Estiró el brazo con el puño cerrado —algunos se ajustaron las corbatas, otros sudaron, la mayoría hubiera querido ir corriendo al baño— y dejó caer el pulgar ante las miradas expectantes que asintieron al ver el descenso de aquel dedo sin cutícula y con barniz de Dior. Ese mismo día murieron otras diez personas y cinco más fueron secuestradas, en la heroica lucha contra el narcotráfico.

De Marifer nadie sabe nada. Se dice que la vendieron a unos gringos en Cd. Juárez, que la quemaron con llantas, que El Lemón la tiene colgada de una cadena, sin uñas y sin dientes, que está flotando boca abajo cerca de Maruata. Lo cierto es que nadie puede decir que sí ni que no, pues nadie sabe nada.

De acuerdo con las declaraciones de las cuatro menores a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, las vejaciones en su contra empezaron desde su retención, siguieron durante el traslado en helicóptero a una base militar en Apatzingán y dos días después, cuando fueron entregadas por los soldados a la PGR, el 4 de mayo. Los torturadores cambiaron el color de sus uniformes.

«Pinches drogadictas putas» solían decirles los soldados a las menores entre golpes, insultos y ultrajes sexuales, según se asienta en el relato que quedó plasmado en documentos cuya copia está en poder nuestro. Para resguardar su identidad, las menores serán Diana, Marifer, Roxana, Sandra y Nohemí Méndez.

¡Señor Juez, ya pareció suijo!— le gritó el comandante Tereso al alcalde de Carácuaro.

Pedro Gutiérrez volteó sorprendido; era una excelente noticia. ¿Acaso esos miserables secuestradores habían tenido miedo de él y por eso lo soltaron? ¡A huevo! Pues si él era nada más y nada menos que don Pedro Gutiérrez Cruz, alcalde, juez y presidente municipal de Carácuaro, ¡chingao!

Brandon Gutiérrez entró a la oficina de su padre, quien se abalanzó de inmediato hacia su hijo bienamado para abrazarlo.

¡Hijo! ¡Hijo!, ¿cómo estás? ¿Te trataron bien esos pinches secuestradores? Fueron esas putas de mierda, ¿verdad? ¿Verdad que sí?

Brandon lo miró con desprecio. Odiaba que su padre fuera tan naco y provincianote, con esa barrigota y el mostachón de puercoespín y los pelos negros de erizo y el traje estilo Echeverría y los lentes grandes y cuadrados y oscuros, la esclavota de oro, el Rolex. No, pero si parecía de revista de modas Durazo style.

No, papá, te alucinaste. Pos si namás fui a Uruapan a tomar unas frías con los cuates y unas pecorillas. ¿Qué?, ¿a poco me buscastes?

¡Hijo de la chingada! ¿Y por qué chingaos no avisas? ¡Tuve que inventar toda una pendejada para buscarte! ¡Personas murieron, mijo! ¡Carajo!

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