Por Antonio Hernández 

En los últimos años se han implementado proyectos en los que se han remodelado plazas de los municipios de Monterrey y Guadalupe. Los ejemplos son La Alameda Mariano Escobedo y la plaza Hidalgo, de Monterrey; y hace unos días, la de Guadalupe, Nuevo León. Un elemento común en esos tres casos, es la eliminación de árboles de todo tipo. Bajo argumentaciones válidas -y algunas cuestionables-, es que se han desarrollado estas acciones.

Quiero dejar anotadas algunas cuestiones que considero necesarias. En el contexto de un escenario ideal, el arbolado urbano ha de cumplir con ciertas condiciones, como son el que se trate de individuos nativos, y adaptados al contexto particular en el que se buscan plantar. Por ejemplo, tenemos árboles monumentales, como es el caso de los ahuehuetes o sabinos, que a pesar de su innegable atractivo, por su alta demanda de consumo de agua, no son elegibles para un esquema general de arborización. Estas condiciones son aplicables también a los álamos de río, que recientemente han sido plantados en varios espacios de la zona metropolitana de Monterrey.

Un aspecto relevante corresponde al de las especies exóticas. El origen del concepto está vinculado con ecosistemas naturales, en los cuales la introducción de individuos con esa connotación no es deseable. Un ejemplo grave de ello es la plantación, a través de las décadas, de árboles de trueno en el Parque Ecológico Chipinque. Con origen en la flora asiática, han invadido las comunidades vegetales de encino-pino, a un nivel en el que hay espacios en los que prevalecen los árboles de trueno sobre los individuos nativos. La biodiversidad originaria está siendo desplazada por la asiática introducida. Bajo esas valoraciones es innegable que la introducción de árboles exóticos invasores debe ser evitada al máximo en los bosques naturales, y sus áreas de influencia inmediatas.

Con un enfoque reflexivo, haré un matiz de esa regla que anatemiza los individuos exóticos. Los riesgos de la existencia un árbol con ese cariz –un trueno- dentro de una zona urbana, alejada de las montañas o de algún área natural protegida, pueden ser aceptados, dado el contexto vigente, representado por un déficit del arbolado urbano, valorado en metros cuadrado por habitante. Hay individuos introducidos, plenamente adaptados a las condiciones ambientales extremas de Monterrey, que a pesar de no cumplir con el criterio de lo nativo, no tendría por qué impulsarse su eliminación o sustitución en esta etapa de crecimiento en la ciudad (por ejemplo, los fresnos y truenos). Hacerlo aumenta el déficit de área verde en la metrópoli.

Mantener aquellos que se encuentran propiciamente establecidos, y que no representan una afectación a banquetas o calles, u otra infraestructura urbana, favorece al menos dos servicios a la población –la provisión de áreas sombreadas y mitigación de las temperaturas extremas-. Esto lo considero necesario, dadas las acciones insuficientes que en el tema de áreas verdes se tienen en la metrópoli. El mayor indicador de ello es el déficit aún vigente. No deberíamos impulsar la eliminación de esos ejemplares, si no se tienen mecanismos técnicos que respalden políticas que sustenten de manera innegable una decisión de ese tipo.

La reflexión quiero seguirla con el caso reciente de la plaza de Guadalupe, Nuevo León. Ahí fueron eliminados árboles de fresno, que en conjunto brindaban una sombra estimada en 500 metros cuadrados (el 7 % del estimado total del área en la plaza). Ese conjunto, aunque brindaba una sombra envidiable, tenía condiciones en su anatomía alejadas de lo ideal. En su origen fueron plantados muy cerca, causando que en su etapa adulta las copas estuvieran juntas, compitiendo por el espacio, resultando en individuos desarrollados de manera deficiente. Ante esa circunstancia, todos los árboles fueron eliminados, para ser sustituidos por álamos de río.

Este manejo quiero valorarlo con los matices descritos. La eliminación de al menos 12 árboles no se trata de la decisión más acertada, si consideramos eventuales alternativas posibles. Junto a otra línea paralela de árboles a la excluida, formaban en unión un perfecto túnel de vegetación que mitigaba sol intenso, y proveía de sitios sombreados a visitantes de la plaza. Esas dos condiciones –ambas servicios indispensables en la ciudad- justificaban evitar su total remoción, y buscar alternativas para su mejor desarrollo. Manejos como el aclareo de las copas o follaje, en combinación con la eliminación de individuos totalmente contiguos, era una posibilidad viable. Dada la suposición de la existencia de numerosos álamos de río, los cuales sustituyeron a los fresnos removidos, y considerando su plantación reciente en otros espacios de la ciudad, era factible ubicarlos a estos en otros espacios pertinentes. El resultado de una acción de ese tipo, tendría resultados positivos. Por un lado mantener, vía manejo adecuado, una zona arbolada establecida, y en el otro, plantar álamos disponibles en zonas adecuadas a sus requerimientos. El resultado es totalmente inverso, con la pérdida ya señalada, y la sustitución de lo talado con árboles de requerimientos altos de agua, en una zona que no cubre esas características. Como señala el dicho, “estábamos mejor cuando estábamos peor”.

Un aspecto importante en este tema es la participación de la organización Reforestación Extrema. Es necesario señalar el aporte indispensable que tienen en la arborización de la ciudad, cubriendo en muchos casos el papel que los ayuntamientos deben realizar. Sin duda, hay muchos espacios de la localidad que presentan condiciones que de no haberse dado la intervención de esa asociación ambiental, seguirían en una condición indeseable con degradación. La plantación de árboles como encinos, mezquites, retamas, entre otras especies nativas, a través de los años, han marcado un rumbo de cómo existen mecanismos posibles para impulsar ese tipo de acciones.

Tomando en cuenta esas observaciones, es que no se entienden plantaciones como las ocurridas en la plaza de Guadalupe, y otros espacios de la ciudad como la avenida Constitución o Loma del Obispado, donde Reforestación Extrema (RE) ha impulsado acciones que han sido cuestionadas públicamente por especialistas.

Frank González, de Osetur, impulsó la colocación de pinos en el Obispado, amparado en la asesoría de RE. Reacciones de especialistas, que fueron del asombro a la burla, se evidenciaron públicas ante esa decisión y posterior defensa de la misma. Justificar la introducción de pinos en una zona que no corresponde a la distribución de pináceas, es un asunto comprometedor. Ello porque el Obispado, además de ser un espacio histórico relevante, se trata de un sitio con categoría de Área Natural Protegida, con su decreto respectivo, en el cual se establecen reglas precisas para su manejo. Entre ellas, lógicamente se tiene, evitar la introducción de especies ajenas a sus ecosistemas.

Actuaciones equivalentes son las de la plaza de Guadalupe. El ayuntamiento de esa ciudad nuevoleonesa ha justificado el derribo de árboles en su zona central amparados en un pre dictamen de Reforestación Extrema. Analizar el documento de esa organización nos permite ver que carece de los elementos mínimos de un instrumento técnico que permita sustentar el derribo de los fresnos. En el mismo no es señalada la existencia puntual de los árboles eliminados, por lo cual no se entiende la decisión del ayuntamiento de amparar el manejo implementado bajo el acompañamiento de RE. Menos se comprende la medida de sustituir los fresnos por árboles con niveles de agua demandantes (álamos), que no corresponden a los de la plaza principal guadalupense. Esto último es aplicable a La Purísima.

Estas observaciones de método y técnica, en un enfoque autocrítico para la organización referida, pueden definir rumbos posibles necesarios para la consolidación integral de ese grupo ciudadano. Los valoro indispensables, tomando el papel que tienen en el tema para nuestra ciudad. Decisiones como las señaladas aquí, que en el mejor de los casos son cuestionadas, deben ser evitadas, viendo que afectan espacios de utilidad pública para nuestra comunidad. Las insuficiencias metodológicas que aún prevalecen, son posibles de cubrir. Los perfiles de egresados en profesiones ambientales atienden perfectamente esas necesidades.

No hay amor como el de madre, eso lo aseguro yo.

Se dice en un bolero norteño, interpretado por los inigualables Cadetes de Linares: “No hay amor como el de madre. Eso lo aseguro yo. Si se te acabó tu madre, para ti todo acabó”.

Los asuntos ambientales, de los cuales depende nuestra vida, son asunto que pierde relevancia ante la desaparición de personas. Hace cinco años, en una reunión con personas interesadas en temas ambientales, escuché por primera ocasión la denuncia de la mamá de un hombre desaparecido. Saber el testimonio de una madre en busca de su familia depredada es algo que no tiene comparación con ningún otro sentimiento humano. Se trata de una manifestación del amor imposible de realizar para nadie más que una madre.

El primer video de la campaña “Yo también soy madre”, permite conocer el deseo inagotable por conocer dónde está el hijo desaparecido. “Ser madre es… es como tener el universo en tus manos”. Así dice la mamá de Juan Javier Martínez Arellano. Esa campaña es otra de las acciones de Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos para que se conozca la situación de las mujeres que buscan y no encuentran a su descendencia. La información de esa actividad, y el primer video de la misma están aquí: http://www.cadhac.org/comunicado/yo-tambien-soy-madre-una-campana-para-visibilizar-a-las-madres-de-personas-desaparecidas/

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