Ilustración de la serie ‘La calle no está sola’ por Los Tlacolulokos

Afuera, una mujer caminaba sobre la luz de los faroles, rebotada hacia la noche por la humedad de la banqueta, entre la nieve y hielo apenas derretido.
Dentro del Instituto de Bellas Artes, en el sexto piso del edificio de la YMCA (#1020 de la Calle McGee), un grupo bastante alegre de soldados venidos del Campo Funston y del Fuerte Leavenworth bailaba el one-step y el foxtrot con las chicas de la Escuela de Artes mientras un jovencito, todavía sobrio, azotaba el aire con lo último del jazz en tanto miraba el movimiento de todas aquellas figuras. En una esquina, un soldado del Cuerpo de Comunicaciones conversaba sobre James Whistler con una chica de cabello oscuro; ella sólo asentía, emocionada. El soldado había residido en una de las colonias bohemias de Chicago, antes de que se declarara la Guerra.
Tres de los hombres de Funston estaban vagando de un lado al otro, pegaditos y muy cerca de la pared, apreciando la exhibición de pinturas hechas por artistas de Kansas City. El hombre del piano se detuvo. Los bailarines en la pista comenzaron a vitorear y a aplaudir, y el músico dejó fluir las notas de “The Long, Long Trail Awinding”. Un cabo de infantería, bailando con una muchacha ágil y vestida de rojo, acercó su cabeza a la de la muchacha y le confesó algo acerca de una chica en Chautauqua, Kansas. En el corredor, un grupo de chicas rodeaban a un joven miembro del cuerpo artillero y aplaudían la imitación que estaba haciendo de su amigo Bill aquella vez que enfrentó a su coronel, quien había olvidado la contraseña. La música se detuvo otra vez y el pianista se levantó solemne de su banquillo, en busca de un trago.
Toda una multitud se congregó alrededor de la chica del vestido rojo, cada uno de ellos ansiosos por ser su próximo compañero de baile. Afuera, la mujer seguía caminando sobre el reflejo de las luces.
Aquel fue el primer baile organizado para los soldados bajo el auspicio de la WCCS. 40 chicas de la Escuela de Artes, supervisadas por Miss Winifred Sexton, secretaria de la Escuela, y Mrs. J.F. Binnie, la anfitriona del lugar. La idea fue formulada por J.P. Roberston, de la WCCS, y el comunicado fue enviado a los comandantes del Campo Funston y del Fuerte Leavenworth, invitando a sus soldados a una noche libre. Las estudiantes de la Escuela diseñaron pósters que fueron pegados en los trenes y autobuses que llevan a Leavenworth.
Aquel primer baile será seguido por otros más en varios clubes y escuelas de la ciudad, ha dicho Mr. Robertson.
El pianista volvió al banquillo y los soldados buscaron a sus parejas. Durante el intermedio, los soldados brindaron por las estudiantes con un ponche. La chica de rojo, rodeada aún por una multitud de hombres cubiertos de verde olivo, se sentó en el piano, atrayendo una multitud aún mayor, esta vez tanto de hombres como de mujeres, y cantó hasta la medianoche.
El elevador estaba descompuesto, así que el grupo de jóvenes alegres tuvo que bajar por las escaleras, seis pisos hasta el estacionamiento, donde los esperaban varios coches motorizados. Ya que había partido el último de los coches, la mujer llegó caminando entre charcos de hielo derretido y elevó la mirada, buscando la ventana oscura del sexto piso.

Por Ernest Hemingway

*Texto publicado en el Kansas City Star (1918).

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