Hasta que un día no pude resistirme más. Si no lo hacía yo, sospechaba que nunca lo haría. Los dos éramos demasiado dóciles. Estaba a punto de dejar de ser yo para convertirme en ese tipo de mujer que temen los hombres pero a la vez adoran.

Pero antes del hallazgo, tengo que contarles mi rutina amorosa. Lo primero que hacía era inventarme una lista ridícula de la compra, racionada hasta el cansancio para que cada día de la semana tuviera que comprar algo. Un día el garrafón de agua, otro día el kilo de plátanos, el aceite, la leche… Las toallas sanitarias no pasaban por la lista; me daría mucha vergüenza que se enterara de la fecha de mi periodo.

La mejor hora para encontrarme con él era justo antes del cierre del supermercado. Eso significaba que como había muchos compradores a la espera de que alguien les cobrara, se verían forzados a abrir más cajas y, por supuesto, eso requería más personal, así que irremediablemente tenían que dejar lo que estaban haciendo para socorrer a los compañeros que tenían una cola interminable de gente malhumorada que, con el carrito lleno, esperaban el fin del mundo.

Lo segundo era ver —disimuladamente— si estaba en el área de cajas, y si no estaba, experimentaba una desilusión terrible; el escenario era abrumador.

El pretexto para hacer la compra no tenía sentido. El camino a través de los pasillos era pesado y aburrido; siempre las mismas estanterías con las mismas marcas: las señoras preguntando a la pescadera la mejor forma de hacer el salmón, los sibaritas buscando hacer un plato gourmet con una lata de atún, los alérgicos simulando entender lo que ponen las etiquetas, el torpe que ha roto un frasco de legumbres cocidas, el soltero que no se entera que la lista de la compra se tiene que hacer antes de ir al supermercado no mientras se camina por el pasillo de los embutidos… Mientras eso pasaba, me maldecía por no haber calculado bien el horario. Algo había hecho mal para que él no estuviera atendiendo. Si por el contrario estaba ahí, mi cuerpo automáticamente se ponía caliente, experimentaba un bienestar sexual, las pupilas se dilataban, me arreglaba el pelo y, sobre todo, disimulaba, representaba el papel de mujer perdona vidas y él respondía con un yo tampoco te veo, pero lo más sabroso era saber que los dos nos habíamos visto.

Recuerdo especialmente un día. Accidentalmente fui a dar a su caja. Estaba a punto de colocar la compra, pero al verle, me quedé sin habla, salí corriendo, fingí que me había olvidado de algo, pensé en el pan, así que me fui al pasillo del pan de molde y me puse a leer todas las etiquetas. Me maldije porque estaba segura de que me había puesto colorada; es una condición que no he podido cambiar cuando me siento nerviosa. Pasado el episodio, me coloqué en la cola de otra caja y lo miré en la distancia. Seguro que él se había dado cuenta y se estaría riendo de mis niñadas. Me sentía la mujer más estúpida del mundo. Cuando se los conté a mis amigos, pensaron lo mismo. Era un estúpida.

Otro día cualquiera me formé en su caja, con la firme convicción de que intercambiaríamos miradas. Yo le diría hola, él me respondería, le daría el efectivo, él me regresaría el cambio, yo le diría gracias y adiós. La fila empezaba a ser bastante grande, así que otro compañero fue a socorrerle. Yo, que soy muy dada a esconder racionalmente mis emociones, quise pasar por “normal”; me fui a la otra caja. ¿Por qué diablos se me ocurrió que era políticamente correcto irme justo a la otra fila? Dios.

Varias veces no pude ni siquiera acercarme. Así que sufría en silencio, yendo a que me pasaran la compra en otra caja. No me entendía ni a mí misma. Iba al supermercado por él, y estando ahí, huía. Tal vez sólo iba por el placer de verle.

Llegó un momento en el que yo ya no era la única en ese amor platónico. Una vez, bajando de las escaleras eléctricas, me di cuenta de que por el día se encargaba de la sección de bebidas porque justo se le rompió una botella de vino al momento de colocarla. Pensé en lo torpe que era. Sabía que estaba en el pasillo contiguo porque vi su desastre, así que me instalé en la sección de cervezas. Él me vio y, sin motivo aparente, pasó por detrás, simulando colocar algo. Otro día lo vi que me observaba en la distancia mientras yo revisaba unos frascos de frijoles cocidos. Así estuvimos varios días: yo le veía, él también; yo lo buscaba entre los pasillos, él pasaba por mi lado. Todo esto sin decir ni una palabra. Una danza hermosa.

Pero un día todo se fue al carajo. Era uno de esos días en los que todos los habitantes deciden que es momento de ir a comprar al supermercado. Al verle en las cajas, me formé rápidamente. Cuando estaba por pagar, a mi novio se le ocurrió darme un beso y decirme al oído que me amaba. Yo estaba ahí, intentando quitármelo de encima a base de empujones, rojísima de la cara, huyendo como si estuvieran a punto de darme una paliza en un patio cualquiera de alguna escuela primaria.

Después de eso, supuse que el chico no querría verme más. De hecho me costó mucho volverle a coincidir. Racionaba al máximo la lista de la compra. Un día sólo compré una caja de cotonetes y me fui llorando por dentro por no verle.

Hundida en mi amargura de no verle más, hice la rutina de siempre: compré un garrafón de agua, un jugo de naranja y leche de avena, me dirigí a la primera caja. Resignada, contemplaba la compra sin mucho entusiasmo. Había una clienta delante de mí, que con disciplina militar colocaba la bolsa de chícharos congelados entre el aceite y la leche (no vaya a ser que se mezclen). De repente, alcé la mirada y ahí estaba él, que corría hasta llegar a la caja para suplir a su compañera que con delicadeza le decía que esperara a que terminara con ésta clienta y que después podía suplirla. Yo me puse de mil colores: era incapaz de verle, estaba de perfil mirando la puerta de entrada. Pasado el trago me reía por dentro, porque parecía que el hecho de que estuviera ahí no era obra de la casualidad. Creí que él me veía a través de los espejo que hay en cada columna de los supermercados. Finalmente pude verle de frente. Nos dijimos un hola sincronizado, no despegué mi mirada de sus ojos arriesgadamente adornados con la montura de unos lentes redondos. Se había cortado el pelo, y eso lo hacía ver como un príncipe azul moderno. Verifiqué que aún se seguía llamando como yo creía que se llamaba. Pagué la compra y me despedí con un adiós/gracias. De camino a casa —está a dos cuadras— decía con tono de villancico: “Me encanta. Me encanta. Me encanta…”. Después monté en cólera por no haber sido más arriesgada.

Pero como dije antes, un día ya no pude más. Sabía que, aunque el supermercado cerraba a las nueve y cuarto de la noche, los trabajadores salen más o menos a las diez, así que empecé a hacer caminatas nocturnas. Pasaba justo por delante del súper, esperando verle. Lo intenté varias veces, pero nada. Ya estaba rendida, hasta que un día lo logré.

Él estaba yendo a la parada del metro y yo hacia la dirección contraria. Pensé en quedarme mirándolo, pero, como siempre, me sonrojé, di tres pasos y me di la vuelta. Él hizo lo mismo. Nos quedamos viendo cuatro segundos, y yo me dije hoy es el día, así que caminé hacia él. Me llamo Mari ¿y tú?. Héctor. Mucho gusto. Le di la mano, no me atreví a darle un beso en la mejilla. Nos quedamos sin decir nada. No pude resistirme más y le di un beso. Tenía que hacerlo. Lo siento. Después, como es de suponer, salí corriendo.

Por Malinalli García

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