Por Kaizar Cantú

Creo que entre las obras de ficción, las que pertenecen al género de la historia alternativa, o alternate history, son de las más fáciles de vender, o al menos lo serían si el acto de ventas se redujera a la construcción de frases-gancho que a su vez sirviesen a la obra como sinopsis. A muchos nos entusiasma la idea de averiguar qué podría haber sucedido si, digamos, el Eje hubiera construido y hecho uso de las primeras bombas atómicas, o si nunca se hubiera desarrollado un sistema de escritura y aún preserváramos la oralidad y el cultivo de la memoria, o si la Tierra tuviera un planeta gemelo, con flora, fauna y civilizaciones propias, que pasara bailando muy cerca de nosotros cada 400 días.

Se trata del famoso What if….?, la proyección de una posibilidad perdida, neutralizada por el flujo de nuestro Tiempo. Tal vez nos sentimos atraídos por la existencia de esos eventos jamás nacidos porque ya traemos la costumbre de imaginar qué hubiera sucedido si en tal o cual ocasión hubiéramos optado por decir o hacer lo que jamás será dicho y lo que jamás será hecho. Habrá quien diga que la ficción abarca lo que la Historia se negó a cumplir. Estoy más que dispuesto a indagar la sentencia, mas el tema no es pertinente a lo que me ocupa hoy.

Ignoro si tiene nombre o si constituye un género, pero existe la práctica, muy en boga en los audiovisuales desde hace un par de años, de aplicar el sistema de la historia alternativa a relatos bien establecidos en la memoria del público. Las reacciones que me ha tocado escuchar son en su mayoría negativas. La historia no va así, tal personaje nunca hizo ni haría eso, etc. Me sorprende un poco tanta indignación, como si los relatos fueran hechos definidos, inamovibles, tallados en piedra.

En lo personal no me molestan esos cambios, siempre y cuando el resultado sea placentero o por lo menos memorable. Es un ejercicio que ya tiene sus años, o sus décadas. El conocimiento me alcanza para nombrar a Angela Carter y John Barth. Si hago un mayor esfuerzo aparecen los nombres de Darío y de Lugones; Borges escribió un monólogo tristísimo (que al final resulta, para doblar la tristeza, ser un soliloquio) pronunciado por el Minotauro. Quizá modificar historias es una práctica tan antigua como el acto de contarlas.

El sudafricano Coetzee publicó en 1986 una novela breve de título Foe. Cuenta en ella de Susan Barton, una mujer inglesa que se embarca rumbo a Brazil en busca de su hija desaparecida. Las aguas dictan que su destino sea el naufragio. Acaba varada en una isla, la misma a la que llegó el náufrago más famoso de todos: Robinson Crusoe. Barton habita la isla junto a Crusoe y su compañero Viernes, escrito en esta versión como un negro sin lengua, literalmente. Al año y medio, me parece, un barco los salva de su aislamiento. Crusoe muere durante el viaje de regreso a Inglaterra, y Barton siente que es su responsabilidad compartir con el mundo la historia de ese hombre, aunque éste sólo le mencionó un par de detalles insípidos y ella tampoco vio mucho que fuera digno de los libros. El capitán del navío le aconseja buscar a un escritor —me huye el detalle de si se usa la palabra “novelista”— que trabaje la historia. Menciona a un tal Mr. Foe.

Hasta ahí una mitad de la novela. La otra mitad cuenta, entre otras cosas, las tensiones entre Susan Barton y Daniel Foe. Barton quiere que la historia sea contada tal cual, es decir, sin las libertades que en ocasiones se toma la Literatura. Pero Foe es novelista, su interés radica en relatar algo digno de la memoria de la especie, no en lo bien que sus palabras cuadran con la realidad de los hechos. Foe después se interesa por la historia de Susan, que él juzga más novelizable que la del náufrago Crusoe. A sus deseos Barton responde con una frase que, confieso, me acompleja desde hace más de un año: “Mr. Foe, my life is not a story”.

Vale la pena detenerse ante la protesta de Barton. A lo que ella se refiere, aventuro, es que su vida no es un una novela, ni tampoco es novelizable. Los sucesos que la componen hasta ese instante de rebelión no siguen las preferencias de ninguna estructura dramática. Susan Barton no es un ser que exista para el sentir de otros; es ajena a sus memorias y así desea permanecer. En otras palabras, Barton no es, ni quiere ser, un texto.

Un texto es una cadena de signos. Los signos refieren objetos e ideas, pero no son los objetos ni las ideas referidos. La palabra “televisor” no substituye al televisor en sí. Puede que su lectura evoque la forma de uno, su textura, peso, olor, los sonidos que emite, las experiencias que uno vincula al televisor, pero la palabra no es el objeto; tampoco lo sería un dibujo, ni una escultura ni una videograbación o la reproducción de su sonido cuando alguien lo enciende.

Puedo escribir la historia —suponiendo que la habilidad me alcanza—de un anciano que perdió un juguete con el que había jugado desde muy chico. No importa si el texto es excelente, si aprovecha al máximo las posibilidades del lenguaje, o incluso si va un poco más allá: las palabras no sustituyen la melancolía de la pérdida. Eso queda en la memoria, que tampoco es perfecta porque también pulsa señales y nada más. El dolor se pierde, como todo, en el Tiempo, y quién sabe a dónde van a parar (o de dónde vienen) esas aguas que nos van acabando.

El mismo Coetzee redactó un artículo que trataba la dificultad de escribir acerca de la tortura. ¿Cómo se escribe un hecho violento? ¿De qué manera puede uno hacerle justicia a las víctimas sin convertir su dolor en una máscara teatral, en otro elemento estético que sirve a las necesidades del texto y a nada más? Es difícil. Se cree que tal vez por eso evitó escribir la violación en Disgrace: por temor a que ese dolor quedara reducido a texto.

Por este semanario ha pasado el sufrimiento de muchos. Desapariciones, asesinatos, marginación, olvido. No alcanzo a imaginar lo difícil que debió ser para sus narradores trasladar todo aquello a la hoja en blanco, a la abstracción de las palabras. Digo trasladar y no reducir porque lo primero implica una falta de fe en la palabra, y aunque creo que la palabra no es el dolor, ni la euforia, no es el tigre que alarga en la pradera una pausada sombra, confío en su poder, en esa capacidad suya de preservar por milenios un fuego perdido en el instante, de elevar un sentimiento por encima de la carne mortal que lo sufre y volverlo pertinente al espíritu de todos los hombres y mujeres.

Hace unos días leía una novela de Samuel Delany. En ella aparece un poeta que deja en el protagonista una sensación un tanto extraña y desagradable. Poco después el protagonista comprende aquello que sintió y lo expresa así: ese muchacho hizo que se diera cuenta qué tanto de su vida es suyo y qué tanto le pertenece a la Historia. Comprendo el temor de Susan Barton. Hay algo de vertiginoso en eso de convertirse en una cadena de abstracciones, en un texto más entre otros miles de millones de textos. Sin embargo, ese me parece el temor de alguien que se aferra a su vida como si fuera eternamente suya.

Yo creo humildemente que uno desaparece y deja lo que se puede, pero eso que queda ya no es de uno. Estas palabras, suponiendo que duren, sobrevivirán a mi existencia, y cuando lo que fue mi carne se confunda con todo el polvo, esto, aunque lleve mi nombre, que para entonces será, a lo mucho, una etiqueta, pasará a formar parte de lo que el protagonista de Delany llama “la Historia”. Al final sólo queda texto. Y creo que, como especie, es lo más maravilloso que podemos dejar. 

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