Por Camilo Ruiz

Hasta que los leones inventen sus propias historias, los cazadores serán siempre los héroes de las narrativas de caza”. Con ese proverbio se abre la última novela de Mia Couto, La Confesión de la Leona. Esta se basa en un fait divers real particularmente sanguinario: los sucesivos ataques de un grupo de leones a los campesinos de una aldea en el lejano norte de Mozambique que en unas semanas dejaron muertos a más de treinta de ellos.

El gobierno decide enviar a un cazador para terminar con la amenaza, pero con el tiempo éste se da cuenta de que los leones probablemente no son más que una expresión de ese otro mundo que habitan los campesinos, poblado de fuerzas contra las cuales sus balas no sirven.

Mia Couto es un hombre y es blanco, que son las dos cosas que sorprenden a la gente cuando escuchan por primera vez de este escritor mozambiqueño. El que el principal escritor de un país compuesto en un 99 por ciento por negros sea blanco es un hecho sobre el que la corrección política tal vez nos indicaría no detenernos demasiado tiempo. Pero vale la pena hacerlo (porque sólo rompiendo con lo políticamente correcto mi generación podrá encontrar su propia identidad artística), en tanto uno recuerde que eso no lo hace, de ningún modo, menos africano.

Sus padres, me cuenta una amiga, eran anarquistas portugueses que llegaron a Mozambique a apoyar el naciente proceso de independencia (mi interés por él comienza, supongo, con ese dato), independencia de la que Couto será testigo, todavía muy joven, y donde empezaría su carrera como escritor, trabajando para uno de los principales diarios.

En México se le lee poco (aunque buena parte de sus libros están en Alfaguara). Lo anterior tal vez tenga que ver con que nuestro país sea un páramo desolado que, fuera del idioma castellano, sólo ve hacia el norte; pero también porque los elementos más interesantes de la literatura de Couto ya existían, de uno u otro modo, en la nuestra desde la década del sesenta.

Es inevitable que el lector latinoamericano sienta una cierta similitud entre el realismo mágico y la literatura de Couto. ¿De dónde proviene esa afinidad electiva? He ahí una pregunta para la literatura comparada, que no intentaré responder. Sin embargo, ¿se trata, esencialmente, de una influencia de los realistas mágicos sobre el escritor mozambiqueño? Lo dudo. Probablemente haya que buscar la respuesta en la similitud que guardan las dos realidades: la nuestra y la africana; en que sus literatos tienen un balcón con vista sobre la misma avenida de la historia.

Es, en el fondo, una realidad donde por definición triunfa la irracionalidad la que Couto retrata en sus libros. Una realidad mórbida, producto del encuentro entre el capitalismo ultramoderno administrado por antiguos guerrilleros y la sociedad tradicional en vías de desintegración, con el desencantamiento del mundo que lo anterior conlleva.

La irracionalidad, entonces, no se encuentra tanto en los oasis que quedan de fantasía y de magia como en el choque de los dos mundos. Lo que hace Couto es asumir esa irracionalidad y llevarla hasta el final, erigirla en momento fundador de sus historias. Así, en El Último Vuelo del Flamenco, una misión de cascos azules de la ONU llega a un pueblo perdido en Mozambique al final de la guerra civil, pero conforme pasan los días, los soldados, uno tras otro, empiezan a explotar súbitamente y sin dejar rastro, salvo por sus genitales.

Esta última y Tierra Sonámbula son, me parece, sus mejores novelas. En La Confesión de la Leona ya da la sensación de repetir un esquema, un mismo plan en donde ciertos personajes varían. Quizá esa sea la principal crítica que uno le pueda hacer a Couto, el haberse quedado con un estilo cómodo y eficaz y haber experimentado poco fuera de éste.

Recuerdo que una vez un amigo —tal vez ligeramente racista, pero en el fondo una buena persona, y en todo caso más versado que yo en literatura africana— me dijo que le parecía una lástima que todos los escritores africanos siguieran hablando de animismo, de animales o de cosas ligadas a “lo tradicional“ (o que esos fueran los escritores que tuvieran más éxito en occidente), y que no era casualidad que el único de los grandes que no lo hacía era Coetzee, que es un sudafricano blanco y que además vive en Australia.

En el muy particular caso de Couto esto puede ser cierto. Su principal mérito se volvió, a fuerza de repetirlo, en su principal debilidad. Habrá que inclinarse sobre su obra poética para ver si lo mismo se puede decir de ésta.

Independientemente de lo anterior, Mia Couto tiene un merito histórico literario innegable. Al escribir sobre África, sobre las pequeñas tragedias personales que conforman su historia reciente, de empacar toda esa tristeza y desamor en literatura, Couto logró invertir los papeles y hacer de los leones los propios narradores de las historias de caza. 

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