Por Francisco Alejandro Ruiz

Tenaz, fuerte, decidido, mi puño estallando su pómulo, creando un manantial de sangre que se desliza cuidadosamente hacia su boca. Que ensucia sus dientes y que tiñe de rojo las separaciones entre éstos. Sonríe con la boca escarlata. Sigue frente a mí. Me acuerdo de mi hermano, de la vez que se cayó cuando niño y sangró de la frente. Ese día creció mi amor por él. La boca de mi contrincante que acabo de reventar me hace sentir amor por él. Nos pone en igualdad de condiciones. Nos hace más humanos.

Cama blanca, ojos cerrados. Hoy pienso en esa noche de besos esquineros y sueños intermitentes sin voz ni movimiento. El miedo de ordenar un jab a músculos tercos. Se aproximan hacia mí pero me ata la impotencia. Mi soledad. Cama blanca, ojos abiertos. El movimiento me recorre poco a poco y el reloj marca ceros. Obedecen mis brazos cuando la abrazo. Ser oportuno al ocultar el miedo. Hoy es el juicio y recuerdo la cama blanca con sábanas de agujeta. No hay alternativa, me esperan aquí primero y después allá junto al mar.

Olvido las caras de los aficionados y las luces que nos apuntan. Son nada para mí. Los he convertido en cuatro paredes llenas de fotografías. Dos de ellas me recuerdan mi historia. He reservado las otras dos para mi enemigo, donde he pegado fotografías que le inventen un pasado. Repito: igualdad de condiciones. Los flashes y los destellos blancos y brillantes los he transmutado en una serie de luces cálidas que danzan y que iluminan las memorias que he puesto en lugar de las rostros de los espectadores. Luces como las que pone en la cabecera de su cama la muchacha que vive en el mar. Ella dice que le recuerdan la navidad, pero yo sé que en realidad le da miedo la oscuridad. Y como todos sabemos la ausencia de luz siempre viene acompañada de soledad, es por eso que la abrazo.

Estamos los dos en este cuarto inventado, rodeados de alambres donde los gritos se cuelgan en forma de insultos y alabanzas con unas pinzas de madera. Estamos en la entrada de esta tómbola de golpes profundos y certeros. Nos estamos desafiando, estamos siendo hombres. Con nuestros dolores y nuestros miedos y con mi mente en la noche gris. Estamos semidesnudos, llenos de pasión, bailando con los puños, dispuestos a detonar explosiones carnales con ganchos potentes y pesados. A expandir pieles, a dejar rastros de sangre atrapada. A cerrarnos los ojos a golpes, a darnos descanso. Sin quitarle la vista a la ceja cicatrizada que me enfrenta, estiro los brazos para asegurarme que obedecen. Ya no pienso en el movimiento, ahora cuestiono la potencia de la detonación. Puedo imaginar toda mi intención desbocada y su interrupción provocada por mis músculos tiesos. No estoy dormido. Hoy no estoy dormido.

Está frente a mí. No sé su nombre, pero hemos estado danzando. No le conozco, pero siento amor por mi posible verdugo. Deseo que me haga sentir, que me rompa esta capa de arena que día con día se endurece más. Capa espesa que pretende, con los años, convertirme en piedra. Recuerdo aquel sueño rígido y pienso que necesito la golpiza. Si mi gancho no conecta su hígado, no sé si seré buen padre. Me esperan cerca del mar. Si no sangra, no sé si pueda ser el hombre que ella vio en mí. Pienso en ese vientre en desarrollo. En ver esos ojos espejos de nuestros ojos. En las lágrimas de la muchacha que mezclan dolor y felicidad. En mis puños secos por aquel sueño de la noche gris. El miedo de ocultar mi miedo. Que ella no se de cuenta. Poner una almohada entre nuestro abrazo para que no sienta mi corazón agitado y perciba mi temor.

Ella y yo entre corales. Me susurró al oído que viviera con Fe. No lo había entendido. Hoy me espera con la victoria mientras canta y acaricia su panza. Seguro ha preparado un camino de flores y una lista de posibles nombres. A Ella le gusta el mar, la mayoría de los nombres lo reflejarán. No tengo opción. No quiero opciones. Me acerco decidido viendo la cuenca de su ojo con el borde marcado. Retiro los puños regios de mi cara y a propósito bajo la guardia. Lo invito. En esta intimidad lo invito a tocarme. A que dé el banderazo de salida. Que me sacuda la arena y los rastros de piedra que hay en mí y que me libere. Que me tuerza la nariz y que me sangre un poco la boca. Sentir ese sabor a hierro es sentir vida. Es acordarse que esa sangre está ahí porque hay un corazón que la bombea con toda su fuerza. Es un recordatorio de nuestra humanidad y de que ella me espera entre canciones dulces y manos de lavanda. Lo recibo y me gusta. Comienzo. Hago una ligera reverencia al mismo tiempo que subo la guardia nuevamente. Me vuelvo a sentir seguro detrás de mis puños rojos. Me asomo y lo veo con gratitud, sé que él la recibe.

Te predico mi vida con mis golpes, amigo. Te quiero con mis golpes, hombre. Mis puños te tocan y te hacen sentir dolor, te recuerdan tu humanidad, tu fragilidad. Adelante, puedes llorar. Estamos solos, llora. Si lloras voy a fingir que yerro mis golpes y te voy a abrazar por unos segundos. No te preocupes, las lágrimas se van a mezclar con sangre y me vas a ensuciar la espalda. Al final, no sabremos si son lágrimas o sangre; es más, ni siquiera sabremos si son tuyas o mías. Recuérdalo, somos iguales. Así que adelante, llora. Tal vez yo también llore, haz hecho bastante por mí.

Así como te digo que reveles tu hombría y llores, también te digo que si me vas a matar, me mates. Anda, dame descanso, pero no juegues conmigo, no me regales este momento. Quiero sentir que me cuesta volver a lanzar puños y que merezco estar con ellos, allá junto al mar. Cierra mis ojos para siempre, dame tu mejor golpe, un golpe que merezca, que derrumbe mi grandeza. Acuéstame delicadamente en la lona y contempla mi muerte. Recuerda, por favor, que intenté mover los puños. Después contempla las fotografías de mi pasado y respétalas. Ellas te van a respetar a ti por haberme dado una muerte digna. Si me matas, toma un poco de mi sangre y plásmala en la fotografía de la muchacha de la playa. Busca la más reciente, donde está acostada entre luciérnagas con el vientre abultado. Llena con mi sangre las esquinas de la instantánea para que no se le olvide que lleva una parte de mí. Sé que si me matas lo vas a hacer, pues somos hombres, y aunque nos estamos desafiando, nos entendemos.

Cuando te veo a punto de envestirme, sangrado, lleno de ira y de amor, imagino que mis guantes rojos se convierten en un capote y que hacemos la mejor faena de la tarde. A veces tú eres el torero y a veces lo soy yo. Sólo uno se va a convertir en héroe esta noche, no hay lugar para los dos. Eres el tipo de hombre que torea con un traje de luces dorado y eres el tipo de toro que tiene los pitones como espadas cortantes. Afortunadamente sólo uno va a tomar el estoque hoy. Que sea el mejor. Pero te aviso, ya no tengo miedo. Aprendí a tener Fe. Mis brazos me obedecen porque, te lo repito, ellos me esperan.

Estoy disfrutando el momento. Me has enseñado mucho durante este encuentro. Te confieso que tus golpes no me daban miedo. Me daban miedo las ondas expansivas que sentía en mi cerebro y mi impotencia; no a hacer el ridículo, sino a no saber responder. A no saberme suficiente. Me daba miedo el olvido y la oscuridad, dejarlos solos. Me daba temor dejar de sentir y acostumbrarme a tu tortura, a dejar de disfrutar mi saliva con sabor a sangre y a olvidar mi corazón. Me daba miedo empezar a saborear los fragmentos de mis dientes. Me daba miedo acostumbrarme. Agradezco que te tomes el tiempo de recordarme mi humanidad. Que me devuelvas sensaciones y recuerdes mi motivos.

Me pregunto si tienes miedo. Me pregunto si piensas en tu familia con cada gancho que te conecto. Me pregunto si te acuerdas cuando tu mujer dio a luz y estuviste a su lado. Yo te veo a ti y pienso en mi padre. Pienso en su vejez, en su ironía. Pienso en sus pasos violentos, fracasados, en las muchas peleas que supo perder, en su sangre vieja. Yo no soy así. Yo prefiero la muerte. Prefiero morir ante ti, en esta intimidad, a perder. Recuerda lo que tienes que hacer si me matas, por favor, no lo olvides. Te digo que no tengo miedo de tus golpes. Me gusta sentir el dolor que me producen, me gusta cansarme, pensar que me hace falta aire, pensar que mi hígado se comienza a agrietar poco a poco. Pensar que, si salgo de esta, voy a orinar sangre en la noche y que mañana me va a doler la espalda baja cada vez que ella me abrace con sus manos de flor morada. Si salgo de esta, te voy a respetar y te voy a recordar siempre. Te vamos a recordar siempre.

Ha llegado el momento, hombre. Es por ellos que me esperan junto al mar. Todo se silencia, las fotos se dejan de mover, el sudor se suspende y flota en el aire. Bombeo a gran velocidad, la sangre me golpea el pecho. Tenaz, fuerte, decidido, mi puño estallando tu pómulo, creando un manantial puro de sangre que se desliza cuidadosamente hacia tu boca. Que ensucia tus dientes y que tiñe de rojo las separaciones entre éstos. Sonríes con la boca escarlata. Sigues frente a mí. Te comienzas a balancear, tú, toro, salpicando arena. Tu sangre está lo suficientemente lenta como para volverse costra. Ya no lloras. Sólo me observas con esa mirada resignada, dirigiéndote a mis puños: piedras de sacrificio. Veo por tu nostalgia que sí te acuerdas de tu esposa, pero no de cuando dio a luz. Si te acordaras de eso, no estarías por perder. Si pensaras en tu hijo, no hubieras dudado en matarme, en hacerme mirar el piso para levantarme el lomo y poder clavarme el estoque hasta perforar mis pulmones y sustituir su gas con sangre. Claro que no te acuerdas de tu hijo. Pero ahora me pregunto por qué. Yo sí me acuerdo del mío. De su desarrollo, de su próximo nacimiento. Compañero, te estoy matando porque es la última vez que mato. Esta es mi despedida. Que repiquen las campanas y que celebren tu caída y mi victoria. Me estoy despidiendo, te estoy diciendo. Me has salvado. Hoy me salvaste. Durante todo este tiempo te he revelado mi miedo, mi niñez tosca, mi sufrimiento, lo mucho que hizo por mí mi madre, es por eso que siento amor por ti. De ella aprendí a amar sin importar los golpes ¿Lo sentiste? Me despido porque no vuelvo a pelear. No quiero negarle a mi hijo lo que yo no tuve. No quiero que vea medio padre carcomido por puños, con huesos de pus bajo la piel. No quiero que vea un toro echado con la lengua de fuera, vencido, con una espada atravesada, sin rabo ni orejas. Quiero que vea la música que hay en mí. Mi danza, no mi violencia. Es por eso que te respeto. Es por eso que te abrazo con tanto amor, porque es mi despedida. Soy ese perro viejo que regresa de la guerra, que corre con el hocico reventado. Que no se cansa, que llega a la playa. Soy ese perro que no olvida el camino a casa. Nunca.

Me estoy despidiendo de la manera más sutil. Abrázame, que ya no nos vamos a ver. Abrázame que comenzaremos peleas distintas. Te digo que me abraces, que te despidas. Posa tu cabeza en mi hombro y siéntete hombre, no es fácil perder. Quiero que mueras de pie, lo mereces. Adelante, yo te sostengo. Esperaré aquí hasta que cierres los ojos. Después te dejaré caer en la lona. Todo lo que fuiste ya lo llevo en mí, en mi piel y en mi inflamación. Eres el tipo de toro que tiene los pitones como espadas cortantes. Que con su muerte construye leyendas y siembra gloria. Hombre, con tu muerte comienza mi vida.

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