Por Kyzza Terrazas

En el territorio que llamamos México continúan a diario los asesinatos crueles, las desapariciones y los genitales carbonizados, las cabezas desprendidas sangrando en bolsas negras de basura. Ante eso y a la distancia nos quedamos, en el mejor de los casos, muy solos, turbados por la presencia de barbarie y horror. Ateridos por un llanto enquistado, es decir: con la certeza de que no estamos a salvo, de que los genocidios existieron y sus fantasmas aún recorren nuestras calles sucias y las montañas enfermas y el mundo interior de los bebés —que, en efecto, la vida no nos protege de nada. ¿Qué fertiliza la sangre derramada? ¿Cómo hacemos propios todos los momentos en que personas sufrieron la tortura del hierro y el cable, conscientes de que aquello sería su fin? ¿Acaso hemos inventado las fotografías de toda esa gente cuyo último derrotero parece ser la transparencia del aire?

Más aún: ¿qué hacemos con los victimarios y su rumor presente?

Porque lo cierto es que matar es rápido. Lo dice Adi Zulkadry, un hombre que calcula haber matado directamente por lo menos a mil personas entre 1965 y 1968, durante la autodenominada “purga comunista” en los primeros años de la dictadura militar en Indonesia, período en que fueron asesinadas más de un millón de personas. “Matar es rápido. Lo haces y luego te vas a tu casa”, dice Adi, uno de los varios personajes que aparecen en la película The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, co-dirección de Anónimo y Christine Cynn, 2012), documental que investiga a los victimarios —o “gángsters”— de aquel genocidio perpetrado por un gobierno ampliamente apoyado y solapado por las “democracias” occidentales. Se trata de una película formalmente compleja, con diversas capas de posible interpretación, donde los propios asesinos “recrean” sus crímenes. Maquillados con terribles heridas en la cara, a veces caracterizados como víctimas y otras como victimarios, los hombres retratados en este documental actúan y relatan las distintas formas en que asesinaban, lo que piensan al respecto de haberlo hecho, cómo lidiaban con la culpa, cómo se enfrentan con ella hoy, etcétera. Quizá uno de los aspectos más escalofriantes es que estos hombres no se esconden, no viven en buhardillas huyendo de la justicia. No. Algunos de ellos tienen altos cargos en el gobierno de Indonesia y se pasean por las calles tranquilamente. Bailan, fuman, se emborrachan, van al centro comercial con sus familias. Las atrocidades que cometieron permanecen, por supuesto, impunes. “Los crímenes de guerra son decididos por los ganadores”, dice uno de ellos al ser cuestionado sobre cómo la Convención de Ginebra claramente castigaría los actos que cometió. Remata con algo así como: “Aquí vamos a inventar la Convención de Yakarta.”

The Act of Killing es multívoca y da mucho para pensar. Habrá que meditar sobre el valor de muchos de quienes la hicieron y decidieron permanecer anónimos en los créditos. Tal vez debiéramos ver una y otra vez el final de la película, a ese hombre arrepentido intentando vomitar ante el recuerdo de sus actos tantos años después. Arcadas estruendosas que no terminan en la expulsión de bilis, sino en el mero temblor de unas entrañas secas. También es verdad que hay una distancia muy grande entre ese genocidio y lo que ocurre hoy en México. Pero vaya que retumban ecos de balazos y llantos ahogados. Los responsables de que la sangre corra, de que los alaridos nos despierten por las noches, casi siempre se parecen. El “tejido social” no se resquebraja solo. Hay fuerzas que se llaman injusticia, mentira, poder excesivo y poder negligente. Matar es rápido, pero también morir.

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