¿Dónde se reúnen los texanos de una ciudad asolada por la violencia y la música tribal?

Por Daniel Melchor

A medida que me acerco a conversar con los asistentes del rodeo, todos van coincidiendo en que los vaqueros tradicionales, aquellos que usan sombrero y botas a diario, ya no se ven tan a menudo por las calles. Pero para Luis Nañes, vaquero de nacimiento, esto no pasa de ser la prueba del éxito del Far West Rodeo: “¡Claro que no van a ver ni a uno allá afuera, todos están aquí!”. Luis Alberto Nañes es uno de los pocos trabajadores que vio nacer al Far West Rodeo. Con su sombrero negro, bigote bien recortado y ojos pequeños, habla entusiasmado de su trabajo como si fuera el primer día que está de animador en el lugar. Su labor es interactuar con el público para ambientar la fiesta. A lo largo de la noche se escucha su voz incitando a la gente: “¡Que levanten la mano las solteras!”. Y de repente todas las mujeres se vuelven solteras. No importa, el chiste es gritar y seguir bailando.

Nañes tiene en su voz el timbre entusiasta típico del vaquero. Cuenta que el primer propietario del Far West Rodeo, Fernando Torres, acudió a él y a su hermano en 1994 para que ambientaran el nuevo rodeo de Monterrey. —Las satisfacciones más grandes que se llevan en la memoria es cuando la raza grita… o cuando se hacen parejas que aquí se conocen y regresan en seis años para que le pongas la canción con la que se conocieron. Te piden: “oye ponme la de Pilares de Cristal que con esa canción conocí a mi novia y ahora es mi esposa y tengo tres hijos con ella…”

Historias similares son las que guarda Luis en su memoria. Así como las dos ocasiones en que pudo tomarse fotografías junto a Selena, la reina del tex-mex, quien fue asesinada tres meses después de una presentación en el Far West Rodeo. A Luis lo impactó su manera de “irradiar felicidad en el escenario”. Naturalmente, en aquellas dos presentaciones, el rodeo jamás había estado tan lleno, que es mucho decir en un lugar en donde caben 4 mil personas. Pero lo que más le gusta al animador es “incitar a la raza a bailar”. Luis concede las canciones que el público le pide sin dudarlo.

Siendo pocos quienes trabajan en el Far West desde sus inicios, es complicado encontrar testimonios que relaten lo que sucedió durante la captura del narcotraficante Carlos Partida El Partida el 19 septiembre del 2009. Noto que a Luis le incomoda hablar de aquella noche en donde según la nota publicada por el diario El Norte se incautaron cinco armas, dos kilos de mariguana, 350 dosis de cocaína y 80 dosis de enervante. Según relata, los hechos ocurrieron con tal sigilo que ni se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en ese momento. A pesar de haber sido un operativo militar, el animador dice no recordar quiénes entraron aquel día a aprehender al narcotraficante.

¿Qué pensaste cuando te enteraste?

En ese momento pasaban tantas cosas en todos lados que pues no sabías qué pensar, y como uno ni es policía ni nada de eso, no puede hacer nada.

Cuando me dirijo a conversar con los encargados de la seguridad del lugar, me sorprendo de sus edades. Tienen menos de 26 años y menos de un año de trabajar dentro del rodeo. De hecho, no hay ninguno de seguridad que tenga toda la vida trabajando en el Far West Rodeo. Y es que siempre será difícil estar encargado de la seguridad, pero lo es más en una ciudad en donde la vida nocturna quedó prácticamente destruida, con excepción del idílico y blindado San Pedro Garza García. Por precaución, los dos jóvenes guardias no dan sus nombres. Me cuentan que desde que trabajan ahí, lo único a lo que se han enfrentado es a los típicos borrachos que se pelean. Hay que cuidar de no “calentarse” con los insultos. Cuentan que a veces tienen que soportar amenazas:

Ya sabes, te dicen: “no sabes quién soy… yo soy de aquel cártel o del otro”, y pues uno se queda pensando, qué tal que si es cierto, uno nunca sabe.

En un lugar donde los cárteles de la droga han arrasado con muchas vidas, a los imprudentes les parece buena idea amenazar en nombre de ellos. Sin embargo, hace tiempo que no tienen que separar a nadie afortunadamente. Los jueves en promedio asisten mil 500 personas mientras que el sábado mil o mil 200. Cuando se tomó la decisión de sólo abrir dos días, tuvieron que hacer un estudio de cuándo asistían más personas y descubrieron que los jueves y los sábados tenían más clientela. La decisión se tomó en 2009, cuando Salvador Guajardo se hizo propietario del Far West Rodeo, luego de que los dueños lo vendieran a causa de la aprehensión del narcotraficante dentro del local.

El empresario Salvador Guajardo explica las medidas de seguridad que se tomaron después del incidente. Además de prohibir las minifaldas, “porque nunca falta algún borracho que quiera propasarse”, Guajardo les pide a las bandas que amenizan los jueves y sábados que no toquen narcocorridos. Piensa que la música que habla de violencia genera más violencia. En el Far West se escuchan canciones norteñas y texanas, pero de corte romántico. Sin embargo, ahora son mucho menos estrictos con la vestimenta porque antes del año 2000 ningún hombre podía entrar sin botas ni sombrero vaquero.

Le pregunto a Salvador si supo de aquel jinete, José Hipólito Ibarra, quien cayó del toro y murió en el estacionamiento del Far West Rodeo en diciembre del 2001. Me comenta que antes los jinetes venían con menos seguridad. Bromeo sobre lo loco que debes estar para montar un toro de 800 kilogramos. “N’ombre -me dice- a esos les puede pasar una pelea de perros entre las patas”.

Lo curioso es que el rodeo fue un proyecto nacido de dos personas acostumbradas a vestir siempre de traje y corbata, alejados completamente del mundo vaquero. Uno es Javier González Parás – hermano del ex gobernador Natividad González Parás- quien apoyó al empresario Fernando Torres cuando lo invitó a crear un rodeo como los que él había conocido en el sur de Estados Unidos. No es que no hubiera sitios semejantes, pero ninguno con la calidad de los del país vecino. Así han pasado 19 años y a pesar de que el lugar ha cambiado de dueño tres veces, el Far West Rodeo sigue siendo punto de referencia obligada en Monterrey.

La gente, principalmente mujeres, comienza a aglutinarse media hora antes de las nueve debido a que les cobran 25 pesos. Se ven mujeres de todas las edades, desde universitarias que quizá acaban de salir de clases o incluso señoras junto con amigas que decidieron darle un giro al cafecito de las tardes. Incluso hay mesas reservadas para aquellos que cumplen años y a quienes Luis Nañes, el animador, no olvida felicitar ahí por eso de la media noche, cuando ya todos están con la disposición de felicitar a quien sea.

Mientras más platico con los clientes, me percato de lo ajeno que soy al mundo norteño. La música de Intocable, Bobby Pulido, Emilio Navaira, El Recodo, Pesado, David Olivares y un sin fin de bandas norteñas y texanas, se van intercalando a lo largo de la noche. Parece que soy el único que no puede distinguir la diferencia. Me acerco a una jovencita cuyo nombre es Wendy. Ella y su amiga, quien platica con un vaquero, me explica que asisten al Far West Rodeo desde hace tres años. De hecho, los padres de Wendy solían ir a bailar ahí cuando eran más jóvenes. Parece que el gusto por la música norteña es algo que se transmite genéticamente. Siguen yendo a bailar porque es un lugar tranquilo y espacioso, donde se puede platicar y bailar. La mayoría de los antros, me explica Wendy, siempre suelen estar tan llenos que resultan incómodos. Cuando pregunto por las diferencias técnicas entre la música norteña y la música texana, las amigas se quedan pensando.

Creen que la diferencia es que los norteños utilizan mucho más el acordeón. No obstante, sin ninguna dificultad saben reconocer la canción texana que suena en ese momento.

El rodeo, es decir, el espectáculo donde los vaqueros montan caballos salvajes y lazan novillos, es de origen texano, sin embargo, la música se gestó en las dos partes de la frontera. La parte sur de Texas fue la que originó a músicos como Bruno Villarreal, Narciso Martínez y Valerio Longoria. Alguna vez, el músico Roberto Pulido, mencionó que la gran problemática que enfrentan los músicos texanos como él es el rechazo por parte del público mexicano por el simple hecho de haber nacido del otro lado del río. Y es que para los texanos siempre fue más difícil posicionar su música en el mercado mexicano.

De la frontera mexicana, el músico creador de la cumbia norteña es Beto Villa, oriundo de Nueva Rosita, Coahuila. Para él, la diferencia entre la música norteña y la texana es sencilla. No sin ironía responde con un vocablo inglés que la norteña tiene “feeling”. La mera palabra demuestra que incluso los mismos músicos no explican con precisión las diferencias. El sociólogo y profesor de Universidad Regiomontana, José Juan Olvera, quien ha estudiado ambas expresiones musicales, estableció lo siguiente: “Es imposible hacer un resumen de las diferencias y similitudes (…) en este engañoso juego de espejos cada quien toma los elementos de identidad que puede acomodar mejor en su trama narrativa o la reacomoda para poder incluirlos según la posición en la que esté”.

Sin embargo a David, estudiante de derecho, parece no preocuparle las diferencias técnicas. Lo cierto es que también reconoce sin ningún problema las canciones. Él y sus amigos están ataviados con el típico atuendo vaquero. Botas, cinturón con hebilla ostentosa, camisa con cuadros y sombrero desafiante. Pero no, no siempre son así. El Far West Rodeo les otorga a los hombres la oportunidad de convertirse en su álter ego: un vaquero. Algunos caballeros se desplazan con esa típica pose de perdonavidas esperando ligarse a alguna vaquera que esté sedienta de baile. Aunque David y sus amigos dicen que los verdaderos vaqueros se dedican a criar y a montar caballos, y que nadie se vuelve vaquero por el simple hecho de venir con intenciones de serlo. Ni modo.

Lo mismo me dice Mónica que prefiere no decirme cuántos años lleva visitando el Far West: “Mira, al vaquero, vaquero, lo vas a ver en una camioneta, con jeans, cinto y sombrero”. Ella es originaria de Ciudad Victoria donde solía visitar rodeos. “Ya no voy porque ahí la violencia sí está más cabrona que en Monterrey”. El comentario me retumba con tristeza porque es uno de los muchos que escuchas en el norte con pretensiones barométricas de violencia. La guerra del narcotráfico puso al norte al revés. Aquí, como en todos lados, la gente compite haciendo alarde de sus experiencias, pero en el norte se trata de ver quién cuenta la historia más trágica.

Nayeli, la de los jochos (Afuera del Far West Rodeo)

Tengo 19 años viniendo a vender jochos. Desde que estaba yo niña, como a los ocho años, mis papás me traían a que los ayudara. Vendo 60 jochos cada noche, eso es lo que cada uno de los cinco carritos que estamos aquí traemos. Todos somos de la misma familia. Pásele, pásele, ¿qué va a llevar? Aunque competimos. Los batos salen por ahí de la una de la mañana cuando ya se termina la barra libre. A veces sí llegan bien borrachos. Los sábados he visto más peleas. Una vez atropellaron a uno, se quiso cruzar pero sin fijarse. ¿Y tú estás preguntándoles a todos? Ah, ya. ¿Y sí te gustó allá adentro? No, fíjate que no, jamás he entrado. Yo voy a bailar, pero al que está en Guadalupe, se llama El Corral, pero a este nunca se ha dado la oportunidad. También vendemos en otro lado, pero mañana no voy porque estos días nos terminamos yendo por ahí de las cinco de la mañana.

Pablo, el del toro mecánico

Pues yo sólo tengo unos pocos meses trabajando aquí. Ya me está empezando a gustar más mi trabajo. La máquina tiene varios niveles, este sirve para que el toro repare, este para que gire, este para la velocidad que llega al 6. Este botón es el que apaga de volada el toro cuando la gente se cae. Porque si tú no lo apagas rápido puedes pegarle. Sobre todo se suben más las morras, sí, al rato, más noche, empezarás a ver cómo se forma la gente, pero las niñas sí te dicen que con cuidado y pues tú le das despacio. Hay batos que sí aguantan todo lo que da el toro, también luego se suben los jinetes para empezar a calentar antes del rodeo. Cuando vienen muy borrachos y quieren subirse pues sí tengo prohibido subirlos. Nah, pues luego luego se ve quién está borracho, ni se pueden subir al toro. El chiste del toro mecánico es seguir el movimiento. Si quieres al rato te subes y te tomas la foto con tu cámara. Yo termino de trabajar a las tres de la mañana. Sí, también tengo otro jale, pues aquí nomás son dos días. Así no sale. Mañana o más bien al rato, empiezo a trabajar a las siete. Pero como no tomo, las desveladas no me cuestan trabajo. Pero sí, cada vez me gusta más mi trabajo.

Alberto Torres, el del toro de carne y hueso

Uy no, yo inicié a jinetear… hace ya como unos cuatro años. Pero desde chavito ya tenía la mentalidad, me gustaba mucho ir a los rodeos, andar en el ámbito de los caballos, ranchos, todo ese rollo. De ahí nació la espinita por montar toros, andar arriba echando brincos, hasta que Dios me dio la oportunidad de montar toros. Mi primer toro fue en mi rancho en Coahuila. Unas semanas antes de Semana Santa, hubo un rodeito y me trepé al toro, pos me gustó el rollo. Ahorita me estoy untando pomada pa’ calentar la ingle y el hombro que traigo un poquito dolido. Me lastimé pues en el mismo ámbito. Yo tengo mi trabajo, esto lo hago por diversión, por hobby. Es como si tú te pones a jugar futbol, pues te diviertes. Y fíjate que el peligro está donde quiera, amigo. Cuando te toca, pues te toca, aunque te quites. A mí me gusta mucho este rollo. He jineteado como 200 toros. La técnica es permanecer en el punto dulce del toro. Es arriba, en el lomo, donde menos se mueve y tienes más estabilidad. Vas a escuchar vaqueros que dicen me sacó a un lado, me quitó del centro, y pues se van de lado y tienen problemas. A partir de que el toro sale del cajón empiezan a contar ocho segundos, y tienes que ir con una sola mano, si tocas con tu mano alguna parte del toro, estás descalificado. He visto revolcadas, trapeadas, pero cosas gachas gracias a Dios no. Un amigo perdió en los toros un ojo. Luego hay vaqueros que hacen trampa, haz de cuenta que amarran las espuelas al pretal y pues es como si estuvieras amarrado al toro, y es más difícil que te caigas. O cuando aprietan mucho al toro pues lo sofocan. ¿Cuánto me pagan? No, amigo, esto no es de pago. Si ganas, te ganas la lanita, si no, pues te ganas el camino a tu casa. Si Dios quiere que me vaya bien, y gano un primer, segundo lugar, pues agarro lanita. Pero a mí lo que me importa es echar corva.

Rosy Contreras y Coco Escobedo, maestras de baile en el Far West Rodeo

Desde hace 18 años damos las clases aquí en el Far West. Yo por ejemplo ya tengo unos 25 enseñando a bailar. Es que antes había otros lugares y pues Coco también tiene su historia. Igual yo empecé en otros rodeos también en el Lienzo Charro, y ahí empezamos con la música texana. Y es que el Far West utilizó una logística para atraer a los grandes bailadores de este género. Además, este rodeo nos quedó muy cerca de donde vivimos, había otro rodeo en las afueras del área de Monterrey, estaba lejísimos, ¿verdad Rosy? Tenemos gente que ha venido a las clases durante diez o 12 años, pero forman parte del ballet o a los grupos de ayuda para dar clases a las nuevas generaciones. Más o menos un estimado de alumnado, pues fácilmente pasa a los 70 mil alumnos. Aquí hemos tenido de todo, corazón. Desde doctores muy prestigiados, dueños de negocios, conductores de televisión, ¿verdad, Rosy? Para los que son nuevos como tú, pues le decimos: aquí te enderezamos el guarache. Olvídate de los dos pies izquierdos. Pero tiene que nacer ese gusto, y nosotras te enseñamos a que lo aprecies, ¿o no, Coco? Claro, mira hemos tenido gente que sale depresiones fuertes por divorcios, dicen que les cambia la perspectiva de las cosas y ya están esperando a la clase de la semana siguiente. La gente debe de darse la chanza de venir. Así como yo pongo en Facebook: el baile nos crea una sana adicción y aparte nos alegra el corazón. Ahorita, los lunes, tenemos 110 alumnos. Pero mira, para hacerte un master tienes que seguir practicando. La práctica hace a un buen bailarín, ¿verdad Rosy? Además aquí no tienes que traer pareja, aquí te conseguimos. De hecho, corazón, hemos formado familias. Vienen chavos y chavas solas y se casan y luego nos traen a los hijos. O sea ¿mande? ¿Me entiendes? Luego vienen los hijos llegan y te cuentan la historia de que “tú se la presentaste”. Y sentimos mucho orgullo, la verdad. Mira, corazón, todo esto empezó como hobby, pero ahora ya es un estilo de vida. A pesar de que hubo mucha violencia, es uno de los lugares que ha permanecido, y gracias a Dios, aquí nunca ha pasado nada. Lo padre es que ahora ves al Far West como en sus inicios: con la pista de baile llenísima. Como cuando vino Selena, no podías ir al baño, ni por un refresco, nadie se podía mover. Ese día fue excepcional, ¿no, Rosy? Y el segundo día que vino, porque ella pidió regresar, estuvo mejor. Había un poquito más de espacio. Uy y cuando vino Bobby Pulido, o el Grupo Más, cuando vino La Banda El Recodo, o Ramón Ayala, y hasta otro tipo de artistas como Garibaldi, Proyecto Uno. Muchísimos, hasta de música country. Imagínate, ¡cuántos años!, corazón, así como también Coco lo menciona, para mí el Far West Rodeo es mi segunda casa.

***

El rodeo es un ritual agridulce. Vacila entre las carcajadas que propician los payasos de rodeo y la posibilidad de presenciar un accidente grave. La ejecución de la jineteada es también la contención del aliento de cientos que miran emocionados. Ocho segundos, no más. Uno de los payasos de rodeo se llama Rififi. Su labia es tanta que podría ser también locutor de radio. Además de poseer el histrionismo exacto, claro, de un payaso. Antes de salir a actuar, me dice una frase que se me queda grabada: “La gente no sabe lo que hay tras bambalinas”. La frase ya la había escuchado, pero no en el lugar correcto. El Far West Rodeo es ese lugar. Los clientes que bailan los jueves y los sábados ignoran por ejemplo que la mayoría de los empleados tienen otros trabajos. O que Alberto Martínez es el encargado de mojar la arena del rodeo y el cuidador del estacionamiento desde hace 19 años. O que el compañero de Rififi, Chacharitas, fue campeón nacional de payasos de rodeo en el 2005. Además de que sus payasadas lo han llevado a viajar por Estados Unidos y Centroamérica. Y que los dos payasos llegaron a ser lo que son por mero accidente. Ya le pasó un día a Chacharitas que un tipo le aventó una botella cuando trabajaba porque hay personas que creen que para eso está el payaso. Para ser ofendidos. Rififi me platica, entre la emoción y el coraje, que todos, absolutamente todos vienen aquí con la intención de ganarse unos pesos. Y hacen su mejor esfuerzo.

Poco antes de las tres de la mañana, Luis Nañes, el animador, empezará a despedir a la gente. Me marcho antes de que eso suceda para poder alcanzar un taxi. Al tomarlo parece que todos en Monterrey tienen relación con el Far West Rodeo.

¿Usted también ha venido bailar al Far West?

N’ombre si yo trabajé ahí durante siete años, junto con Alberto, en el estacionamiento.

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