¿Cómo se ve la guerra desde los ojos de un muchacho?

Por Svetlana Alexiévich

Como en un sueño… Como si lo hubiera visto… no sé… en una película… Tengo la sensación de que yo no he matado nunca a nadie…

»Fue mi elección. Yo lo solicité… Pregúnteme: ¿lo hizo para defender una idea o para entender quién era? Lo segundo, claro está. Me apetecía probarme, saber dónde estaban mis límites. Mi “yo” es grande.

»Por entonces estaba estudiando en la universidad, allí uno no puede comprobar lo que vale, no puede conocerse a sí mismo. Quería ser un héroe, buscaba la ocasión para serlo. Me fui a mitad de segundo curso. Dicen… he oído… que era una guerra de muchachos… Luchaban los chicos, los que ayer no eran más que unos escolares. Pero una guerra siempre es así. En la Gran Guerra Patria fue lo mismo. Para nosotros era como un juego. Tu amor propio es muy importante, tu orgullo. Soy capaz o no lo soy. Ese ha sido capaz. ¿Y yo? Eso era lo que nos preocupaba, no la política. Ya cuando era niño me encantaba prepararme para pasar por pruebas. Jack London es mi escritor favorito. Un hombre de verdad debe ser fuerte. En la guerra uno se hace fuerte. Mi novia me intentaba disuadir: “¿Te imaginas a Bunin o a Mandelshtam diciendo algo similar?”. Ninguno de mis amigos me comprendió. Algunos se han casado, otros se aficionaron a la filosofía oriental, también los hay que practican yoga… Solo yo elegí la guerra.

»En lo alto estaban las cimas descoloridas bajo el sol… Abajo había una niña pastando cabras, una mujer tendía la colada… Parecía nuestro Cáucaso… Incluso me sentí desilusionado… Pero por la noche: un disparo a nuestra hoguera, levantamos la tetera y ahí debajo había una bala. ¡Era la guerra! Durante las misiones lo peor era la sed, atroz, humillante. La boca se te secaba, no lograbas acumular saliva suficiente para tragarla. Tenías la sensación de que la boca se te había llenado de arena. Lamíamos el rocío, lamíamos nuestro propio sudor… Tengo que vivir. ¡Quiero vivir! Una vez atrapé una tortuga. Le atravesé la garganta con una piedra afilada. Me bebí la sangre de la tortuga. Los demás no fueron capaces. Nadie lo fue. Ellos se bebían su propia orina…

»Comprendí que era capaz de matar. Tenía un arma en las manos… En el primer combate vi como muchos entraban en estado de shock. Se desmayaban. Los había que incluso vomitaban al recordar cómo habían matado. Después del combate podías ver una oreja colgando de un árbol… un ojo humano escurriéndose por un rostro… ¡Yo lo aguantaba! Entre nosotros había un cazador, se jactaba de que antes de la guerra había matado liebres, había tumbado jabalíes. Pues ese siempre vomitaba. Una cosa es matar un animal, y otra muy diferente es matar a un hombre. En un combate te vuelves insensible. La mente fría. El cálculo. Mi metralleta es mi vida. La metralleta se adhiere a tu cuerpo. Como un brazo más…

»Era una guerra de guerrillas, los grandes combates eran escasos. Siempre era un cara a cara, o tú o él. Te vuelves perspicaz como un lince. Disparas una ráfaga: tu adversario se agacha. Esperas. ¿Quién será el siguiente? Todavía no has oído el disparo, pero ya sientes la bala pasando a tu lado. Te arrastras por entre las rocas… te escondes… Le persigues como si fueras un cazador. Tu cuerpo es un resorte tenso. No respiras. Aguardas el momento… En un cara a cara, yo podía llegar a matar con un golpe de la culata. Ya has matado, estalla una aguda sensación: esta vez he salido con vida. ¡Sigo vivo! No hay placer en asesinar a un hombre. Matas para que no te maten a ti. La guerra no es solo la muerte, hay algo más. La guerra tiene su propio olor. Su propio sonido.

»Los muertos son todos distintos… No hay dos iguales. Bañados en agua… el contacto con el agua transforma el rostro muerto, surge como una especie de sonrisa. Después de la lluvia los cuerpos yacen purificados. Sin agua, en los cuerpos semienterrados en el polvo la muerte se muestra más explícita. Un cuerpo sin vida luciendo el uniforme nuevo, en el lugar de la cabeza hay una enorme hoja seca de color rojo… Murió aplastado como una lagartija… ¡Pero yo estoy vivo! Otro muerto está sentado apoyado contra la pared… de su casa. A su alrededor hay esparcidas un montón de nueces cascadas. Está sentado… Con los ojos abiertos… No había nadie para cerrarle los ojos… Tras la muerte, durante unos diez o quince minutos se les puede cerrar los ojos. Después ya no. Los ojos ya no se cierran… ¡Pero yo estoy vivo! Y otro muerto, su cuerpo está inclinado… con la bragueta abierta… aún… Caen las últimas gotas… Esos muertos se habían quedado tal como estaban en aquel momento, como si continuaran con lo que hacían… Todavía en este mundo y a la vez ya en el otro… ¡Pero yo estoy vivo! Cada vez tenía que tocarme para comprobarlo. Los pájaros no temen a la muerte. Siguen tranquilamente posados, observan. Ni los niños. Ellos también siguen sentados, miran, curiosean. Igual que los pájaros. He visto como un águila contemplaba un combate… Parecía una esfinge pequeña… En el comedor comiendo sopa, de repente miraba por el rabillo del ojo al vecino y me lo imaginaba muerto. Durante un tiempo me resultaba imposible mirar fotografías de mi familia. Volvía de la misión y me era insoportable ver a las mujeres, a los niños. Desviaba la mirada. Luego se me pasó. Por la mañana, durante la preparación física, corría, levantaba pesos. Me preocupaba mi forma física, pensaba en el aspecto que tendría al volver. No dormía lo suficiente, eso sí. Me molestaban los piojos, sobre todo en invierno. Esparcían insecticida directamente sobre los colchones.

»El miedo a la muerte lo conocí ya en casa. Regresé y nació mi hijo. Mi gran temor: si yo moría, mi hijo crecería sin mí. Me acuerdo bien de mis siete balas… Todas ellas habrían podido, como decíamos allí, “enviarme con la gente de arriba”… Sin embargo, acabaron pasando de largo… A veces hasta siento que me fui sin acabar la partida. Dejé mi guerra a medias.

»No llevo la culpa a cuestas, las pesadillas no me asustan. Yo siempre elegía un duelo honesto: o él o yo. Una vez vi como golpeaban a un prisionero… entre dos, y además él estaba atado… tirado en el suelo como un trapo… Pues los eché, detuve la tunda. Yo detestaba a la gente así. Empuñaban la metralleta y disparaban contra un águila… A uno de esos le partí la cara… ¿Qué culpa tiene un pájaro?

»Los parientes nos hacían preguntas:

—¿Cómo fue en Afganistán?

—Lo siento, pero ya se lo explicaré algún día.

»Me gradué en la universidad, ahora soy ingeniero. Solo quiero ser un simple ingeniero y no un veterano de la guerra afgana. No me gusta recordar. Aunque no sé lo que pasará con todos nosotros, con la generación que ha sobrevivido. Hemos sobrevivido a una guerra que nadie necesitaba. ¡Nadie! Na-Na… ¡Nadie! Por fin lo he desembuchado… Es como cuando vas en tren… Se juntan unos extraños, hablan un rato y después bajan en estaciones diferentes. Me tiemblan las manos… Por alguna razón estoy nervioso. Yo creía que había salido del juego sin dificultad. Cuando escriba, no mencione mi nombre, por favor…

»No tengo miedo de nada, pero detesto seguir metido en esta historia…».

Comandante de la sección de infantería

*Fragmento de Los muchachos de zinc (1989).

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