Por Kyzza Terrazas 

A quienes hacen música y están cerca

La baqueta contra la tarola y la plumilla de imitación carey haciendo sonar esa cuerda de guitarra eléctrica —¿o es jarana?— que terminará por sumirnos para siempre en la oscuridad. Yo por ejemplo miro el pasado: el niñato engreído que afirmaba saber que el mundo era negrura y grito de death metal, pero que en el fondo esperaba que las cosas cambiaran de color. Si no aunque sea iba a espetar alaridos, verter saliva con droga dura sobre las conciencias limpias, volcarme contra mí mismo y devenir leyenda. Paso las uñas largas sobre la superficie de formaica a la que llamo escritorio. Ya no prendo el cigarro porque lo he dejado —iré dejando todo hasta diluirme— así que debo buscar algo más. Veo los libros, repaso algunas ideas que me hacen sentir un poco menos majadero y trato de pensar en las personas que me permiten ver luz y asistir al teatro de mi propia vida sin convertirme en Bartleby. Pero ¡ja! Nada de ello logra extirpar la futilidad. Porque entonces recuerdo que cuando aseguraba que el mundo era negrura también veía hacia atrás, al infante crédulo e intranquilo, el que admiraba con devoción a unos padres que vivían en la mentira, y aquello invariablemente me conducía a cierta libertad de la existencia: ésa que solo puede extraerse del axioma fundacional que es la negación de todo y la imposibilidad misma. Una libertad chata que nace del llanto, pasa por la alegría y arriba finalmente a la lágrima. No el tótem de los liberales. No la base de la tolerancia y la democracia sino un cierto hálito que permite reconocer dónde es que no hay tosquedad y en qué baldío podemos hallar chamanes entre la basura. (Como cuando alguna vez en el metro de Londres imitamos a los personajes de una película de Lars Von Trier titulada Los idiotas: íbamos borrachos y babeando como si tuviéramos parálisis cerebral y alguna gente incluso nos cedió su asiento. Parece que lo hicimos con la intención de subvertirlo todo, aunque fueran nuestras vidas insignificantes.) Dorados chamanes entre el mar hediondo —como el timbre de la melódica en un dub de Augustus Pablo o el rasgueo de la jarana que anuncia el origen de la vida que es un son jarocho. Eso. Un solo momento y luego: las luces o los ojos que se apagan y, después de una última rima, el telón que cae para llevarnos al infierno. 

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