Por Kyzza Terrazas

El 5 de marzo de este asesino 2014 murieron el filósofo mexicano Luis Villoro y el poeta español Leopoldo María Panero, el primero a los 91 y el segundo a los 65. Podemos decir que nada los une más que el día de su muerte y estaríamos, quizá, en lo correcto. Aunque los dos nacieron en España, sus vidas y carreras no podrían estar más lejos una de la otra. El primero fue un pensador potente y claro, filósofo de la historia y del lenguaje, un hombre de ideas nobles siempre preocupado por las clases explotadas y las culturas indígenas, mientras que el segundo fue un poeta furibundo, autodenominado en algún verso como “el caballero de la nada”, que desde muy joven entró en la locura para jamás salir de ella. Desde sus particulares y alejadas trincheras, eso sí, ambos fueron espíritus disruptivos en tanto que promovieron subversiones del orden, de un sistema de organización vital y social —Villoro con una ética, con un modo de comprender la historia, la ideología y el pensamiento mismo; Panero con una poesía endemoniada, de nubes tóxicas y tabúes, con rechazos frontales y quizá con una forma de vida antisocial.

Al enterarme de la muerte de Luis Villoro, a quien he admirado profundamente desde que lo leí cuando estudiaba filosofía y cuya desaparición va moldeando mi sentimiento anticipado de orfandad, escribí una publicación en twitter donde utilizaba el adjetivo ‘disruptivo’, palabra que suelo usar a menudo. Me puse a hojear un trabajo que escribí en la facultad sobre el concepto de ideología en Villoro, y caí en la cuenta que fue precisamente en su obra donde me familiaricé con ese vocablo-idea. Y desde entonces no me ha abandonado: ‘disruptivo’ es un concepto que resulta, como muchos de los términos empleados por él, elocuente y explicativo para nombrar una actitud, un modo de estar, una ética. Yo ya me he apropiado de la palabra y la utilizo para referir otras sensibilidades que me interesan y me atraen como puede serlo el punk, el impulso revolucionario o la poesía de Panero.

¿Cuál será el origen de un espíritu disruptivo? Es ésta una pregunta muy amplia, quizá imposible de contestar, pero que vale la pena hacer.

En un texto entrañable titulado “La taquería revolucionaria”, Juan Villoro narra cómo su padre, Luis Villoro, al llegar a México experimentó algo que removió su conciencia. Sucedió al poner pie en la hacienda que era propiedad de la familia de su madre, en San Luis Potosí, poco después de abandonar Europa, donde estaba por estallar la Segunda Guerra Mundial: “Los peones de la hacienda se formaron en fila para darle la bienvenida y le besaron la mano. Mi padre vivió el momento más oprobioso de su vida. Ancianos con las manos lastimadas por trabajar la tierra le dijeron ‘patroncito’. ¿Qué demencial organización del mundo permitía que un hombre cargado de años se humillara de ese modo ante un señorito llegado de ultramar? Mi padre sintió una vergüenza casi física. Supo, amargamente, que pertenecía al rango de los explotadores.”i

Algo en él, por así decirlo, se rompió. Sobrevino a ello una epifanía tan poderosa que dio pie a los caminos reflexivos y activistas que transitaría a lo largo de su vida. Basta leer una obra temprana como El proceso ideológico de la Revolución de Independencia —donde da cuenta de los círculos viciosos de la historia mexicana y muestra cómo después de los procesos revolucionarios terminó por imponerse la facción menos disruptiva, la más fiel a la reiteración del status quo—, y alguna de las tardías como El poder y el valor o Estado plural, pluralidad de culturas para observar cómo un hombre, un pensador lúcido y constante que en las últimas décadas estuvo cercano al neozapatismo y sus intentos por transformar la realidad indígena, dedicó su trabajo a esclarecer siempre los mismos embrollos éticos y epistemológicos, y al proyecto de pavimentar cierta senda hacia un mundo más justo.

Hijo, sobrino y hermano de poetas y escritores, Leopoldo María Panero —a quien leí gracias a Lorentxu, un amigo que, como muchos bilbainos, es amante de la pulverización— fue una suerte de radical desde niño y presa de una inestabilidad emocional que lo llevó, por primera vez en aquel rabioso año de 1968, a ingresar en un siquiátrico, aunque antes ya había estado en la cárcel. Su vida adulta estuvo marcada por el uso de drogas, entradas y salidas del manicomio, y durante la última década estuvo internado voluntariamente en un siquiátrico de las Islas Canarias, donde finalmente murió. Pero a lo largo de todo ese tiempo vital, a veces por intervalos, escribió una obra poética infernal que da fe de un espíritu disonante (“mi espíritu como un teatro vacío”), de alguien que se asoma una y otra vez a las verdades y no puede soportarlas. El desencanto (1972)documental de Jaime Chávarri, una crónica existencialista sobre la familia Panero— muestra cómo en el seno de aquel clan intelectual algo estaba quebrado y Leopoldo María lo percibió siempre: “Perfecto es el odio/ imperfecto el aliento/ imperfecta la vida/ y sucia como el hombre/ que a sus pies/ alienta, miserable y caído/ como el viento/ como el árbol del culo.”ii

En mí también se quebró algo. Resulta imposible determinar cuándo fue o si en verdad es factible de localizar en el tiempo y el espacio —y más que nada parece sensata la incertidumbre sobre si ello puede tener una forma mundana, con nombre y apellido, dimensión sonora o epidermis. Pero lo cierto es que hay algo roto. Una disposición —prefiero decir espiritual— que a algunos nos sitúa en disonancia con lo que nos rodea. Y desde mi resquicio todos los actos, las reflexiones y los dolores, caminan quizá hacia la narración de ese quebranto. Aquí —en este ‘yo’ difuminado e insignificante— la disonancia sólo cobra razón de ser cuando se encarna en ímpetu disruptivo.

i “La taquería revolucionaria”, de Juan Villoro, La jornada semanal, diciembre de 2013: http://www.jornada.unam.mx/2013/12/08/sem-juan.html

 

ii “Bataille” en Teoría lautremontiana del plagio, selección incluida en Poesía completa 1970-2000, Colección Visor de Poesía, pag. 557.

 

Comments

comments