Por Carmen Libertad Vera

Tres veladoras flamearon encendidas justo en el sitio donde, la noche anterior, el cadáver de El Amiguito quedó tirado. Fueron colocadas ahí por distintas manos vecinales del arrabal. Allí permanecieron toda la noche. Bajo las mugrosas arcadas centenarias. Frente a la cerrada cortina metálica donde, no pocas veces, el ahora difunto se tendió a dormir ante la carencia de un techo propio.

Después de muerto, a todos los que lo conocieron no les quedaba otra sino recordarlo como fue en vida. Reclinado sobre indistintas mesas de uso público, lugar de donde nunca nadie le pidió un desalojo, y donde él, siempre con una pluma en ristre y una bobalicona sonrisa en el rostro, leía silabeando en voz alta, afanado en encontrar, lentamente, las respuestas a los crucigramas y acertijos con que él se entretenía.

Algunos llegaron a afirmar que El Amiguito estaba loco. Otros sólo consideraron que estaba un poco idiota. Sea cual fuera un diagnóstico verdaderamente clínico, en lo que todos coincidían es en que “él no estaba bien de la cabeza”, pero que era totalmente inofensivo. De allí que toleraron que viviera en el callejón y conviviera con las distintas rondas humanas que ahí a diario se juntan.

Casi nadie llegó a conocer su nombre verdadero. Al parecer se llamaba José Guadalupe. Aunque todos simplemente lo conocieron como El Amiguito. Intentar conocer el origen de su apodo hubiera sido tarea poco menos que imposible. Fue algo que nunca a nadie le importó, además de que a él no le disgustaba ese sobrenombre con el cual, como una dócil mascota, entendía perfectamente.

Escuchar ese apodo sin haberlo conocido llevaría a pensar en la tierna referencia a algún niño u otro ser pequeño. Ni lo uno, ni lo otro. El Amiguito fue un cincuentón de canas despeinadas y holgada altura, con la que bien igualaba cualquier estatura promedio.

Como un figurín de quinta, El Amiguito siempre anduvo vestido de saco y corbata, prendas un tanto incongruentes a su ostensible condición vagabunda. De no ser porque esa ropa de colorido impreciso, nunca logró hacer combinación entre sí; aunque en ella nunca faltó, hiciera frío o calor, un grisáceo chaleco de acrilán tejido.

A simple vista, todo el vestuario de El Amiguito indicaba haber pasado ya por un buen tiempo desde cuando pudo considerarse nuevo. Eran ruinosas mudas de ropa que aposentaban la lustrosa pátina de los trapos viejos muy usados y que además cargaron, a lo largo y ancho de sus hechuras, apelmazados y dilatados lamparones de grasa y suciedad.

Cuando El Amiguito  estaba a solas, frecuentemente se le miraba obsesionado con esa su única actividad conocida: resolver crucigramas, acertijos y juegos de palabras, todos impresos en las dos o tres revistas de pasatiempos que invariablemente cargaba consigo.

En el piso, junto a sus recosidos zapatos deslustrados, generalmente hacía descansar una mediana bolsa de plástico, lugar donde portátilmente ocultaba sus escasas pertenencias.

Pocas veces platicaba con alguien. Cuando de casualidad alguien le dirigía un saludo, en automático él señalaba la página de la revista en la que estaba “trabajando” mientras, al mismo tiempo y con sonrisa estúpida, se limitaba a decir: “Mira, mira, ya casi lo acabo”.

Algunos afirman que El Amiguito pasó toda su vida en esos rumbos. Caminando en ratos por la misma cuadra. Alimentándose de lo que alcanzaba a comprar o le regalaban. Utilizando el servicio de unos baños públicos cuando sus necesidades fisiológicas así lo requerían. Por las noches, El Amiguito iba hasta algún rincón techado para, sobre el piso vil o encima de unos cartones, tenderse a dormir.

Así sobrevivía los días, cuando menos de miércoles a lunes. Porque los martes marcaban una excepción en su conocida rutina. Esos días, según se rumoraba, alguien de su familia iba a buscarlo y lo llevaba consigo. Hasta una colonia de la periferia donde, si otras fueran las circunstancias, se ubicaría lo que para él pudo haber sido su hogar.

Porque en el callejón todos dicen que El Amiguito tenía familia. Que llegaron a ver al menos a alguno de sus hermanos ir por él.

También dan fe de que al siguiente miércoles, El Amiguito muy temprano estaba de regreso. Llegando de nuevo al callejón, muy bañado, peinado y rasurado. Con un poco de dinero en sus bolsillos, vistiendo otros especímenes distintos de esa su misma vieja y desarmonizada ropa. Trapos que a diferencia de los usados la semana anterior se alcanzaban a percibir un tanto más limpios y medio alisados. También traía consigo nuevas revistas de crucigramas y pasatiempos.

Aunque aparentemente sano, El Amiguito era epiléptico. No fueron pocas las ocasiones en que a medio callejón sufrió un ataque. Entonces, como un pesado bulto, caía derribado. Más de una vez, su rostro se impactó contra las duras baldosas del piso, provocándole sangrados raspones. Nunca faltó alguien que después de agotado el convulsionado calambre lo ayudara a incorporarse mientras alguien más le extendía un papel humedecido para que limpiara los sangrados chorretes.

En la epiléptica mente de El Amiguito, sus caídas y lesiones de inmediato eran relegadas. Quizás hasta fueron imperceptibles. Por lo que él, medio atarantado pero imperturbable, de inmediato buscaba regresar a una de las mesa donde, como abonado eterno, lápiz en mano, se sentaba a resolver los acertijos impresos con que llena su existencia.

El último de sus ataques tuvo consecuencias mortales. Quienes afirman haberlo visto en sus últimos momentos narran que él se desplomó hacia adelante, desde lo alto de una silla periquera. Que cayó de frente, provocando un fuerte y seco ruido al golpear su rostro sobre las duras baldosas. Y allí quedó. Inmóvil para siempre. Hasta que alguien advirtió que había fallecido. Inútilmente se presentó luego una ambulancia. Después los del servicio forense y los del Ministerio Público. Algunos reporteros de la nota roja, alrededor de la media noche subieron a Twitter algunas fotos, capturadas bajo una luz mortecina, del tendido y difunto cuerpo de quien en vida conocieron como El Amiguito.

Todos alguna vez llegaron a preguntarse por qué la familia de El Amiguito no lo retuvo a su lado. Para esa interrogante, durante años vagó por el callejón una respuesta no muy controvertida.

Se decía que a El Amiguito no quería estar encerrado en una casa, y que él prefería vivir en la calle porque “le gustaban las cosquillitas”. También llegaron a contar cómo, algunas madrugadas, hasta el sitio donde El Amiguito se tendía a dormir, otros vagabundos se acercaban a él “para hacerle sentir las cosquillitas que tanto le gustaban”.

Esa situación provocaba que algunos se entretuvieran haciendo público bullying en contra de El Amiguito. “¡Ya te vi!”, le gritaban haciéndolo enojar, a lo que él contestaba lleno de furia “¡Yo también ya te vi”!. En otras ocasiones lo llegaron a corretear por todo el arrabal. Pero nunca pasó de ahí; burlas estúpidas sin mayores consecuencias que algunos enojos momentáneos. Hasta esa noche en que murió, y en la que dicen alguien lo empezó a corretear y molestar por todo el callejón de manera despiadada.

Cuentan que antes de que El Amiguito se desplomara muerto, él ya estaba lívido. Tan pálido como la cera. Con el rostro congestionado de ira. Temblando de rabia. Mudo del coraje. Farfullando entre dientes maldiciones ininteligibles a cualquier oído humano. Lo que pasó en realidad quedó como un gran acertijo. Como la irresoluta charada final de aquel hombre que pasó la vida resolviendo crucigramas.

Al día siguiente, la vida en el arrabal continuo como si nada. Algunos de los que conocieron a El Amiguito, en su memoria colocaron por la noche aquellas tres veladoras encendidas. Seguramente acompañadas de un “Descanse en paz”.

 

 

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