Por Kyzza Terrazas

Conocí a Luis Muñoz Oliveira —que ahora firma lo que publica como L.M. Oliveira— hace ya casi 20 años, en el lejano año de 1996, cuando ambos comenzamos a estudiar en la Facultuad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coincidimos en varias materias, Lógica e Historia de la Filosofía 1 (pre socráticos y tal), pero yo a ese tipo ya lo había visto antes: una primera vez cuando los del CIE (una de las escuelas activas e izquierdistas del sur del DF) fuimos a jugar un amistoso contra los fresones del Colegio Madrid, partido que por cierto esos bastardos cancelaron el mismo día, ya con nosotros ahí, aduciendo que su hermosa cancha de pasto no estaba en condiciones. Ahí vi a un Luis adolescente, corriendo con seguridad y sintiéndose parido por los dioses del Olimpo mientras entrenaba con su coleta de caballo meciéndose por los aires. Él no se acordará, pero la segunda vez fue cuando nos tocó hacer el examen de admisión a la UNAM en el mismo salón. Despreocupado, a todas luces un chico popular, Luis fue el primero en terminar la prueba y pienso que salió de ahí sabiendo que entraría sin problemas a la UNAM. Ya en la Facultad nos topamos en las aulas, a las que Luis faltaba mucho y por lo general llegaba tarde (a veces borracho o eso le gusta contar), pero siempre entraba en el debate y parecía saber todas las respuestas. Sin embargo, no cruzamos palabra hasta que un día lo vi jugando ajedrez con otros tipejos como él en la cafetería. Decidí acercarme y retarlo, aunque de antemano sabía que la humillación sería inevitable: no poseo ninguna destreza para los malditos juegos de pensamiento y reprobé Lógica 1 tres veces seguidas. Y así fue: me venció no con mate pastor pero sí rápido y de forma contundente. Desde aquel momento comenzamos a hablar más y muy pronto nos hicimos buenos amigos. Del año 96 a la fecha —además de complicidad con nuestros proyectos— lo que seguramente más hemos compartido son borracheras, resacas y la reflexión alrededor de ambas.

Cuento todo esto porque quiero dedicarle unas líneas a Resaca (Randome House, 2014), la segunda novela que publica y que leí por segunda vez hace unos días. Es preciso dejar claro, pues, que no solo conozco a su autor, sino que es uno de mis amigos más cercanos. Pero eso no necesariamente conduce a un juicio errado o híper subjetivo. A veces conocer al autor de tal o cual obra nos da más elementos para comprenderla, situarla en el contexto adecuado y, en última instancia, juzgarla. Reflexionar sobre las obras de amigos o amigas es un ejercicio importante, aunque puede ser peligroso para la amistad si es que las rechazamos y somos incapaces de dar opiniones honestas con elegancia y delicadeza. Luis fue el primero en saber, por ejemplo, que yo tenía objeciones y críticas con respecto de su primera novela, Bloody Mary (Random House Mondadori, 2010). Y en ese caso, además, leí el manuscrito un par de veces a lo largo de los años, muchos antes de que se publicara, y le compartí mis impresiones. La que recuerdo más —y precisamente estuve pensando en ello durante mi segunda lectura de Resaca— era sobre el uso de narradores diferentes, un recurso abigarrado y que en el caso de Bloody Mary resulta torpe y provoca que la voz más honda de esa novela, cuando narra en primera persona, se pierda entre el ambicioso ruido de las otras.

En Resaca Luis se alejó de esa pretensión novelística y narró en tercera persona, pero desde la subjetividad de su personaje central, el médico Pablo Palacios, quien se entrega al alcohol —a sus extremos dulces y amargos— después de que lo abandonan su hija Constanza, su mujer Gloria y, por último, su gata Romina. En ese orden. Pienso que aún me gustaría que Luis diera un paso más y comenzara a narrar en primera persona. Se lo he dicho en numerosas ocasiones: no es por mero gusto personal, sino realmente creo que es allí, cuando se olvida de esa pequeña distancia que al escribir nos otorga la tercera persona, que su estilo se revela y su literatura fluye con verdad y potencia. Por ello la sección del libro titulada There’s no Room for Perfection —nombre de una obra de arte conceptual que sueña Pablo Palacios en la novela y que consiste en una suerte de performance de un tipo que pinta un cuarto de blanco y termina aplastado por su propio afán de perefección— es quizá la más lograda: allí el dolor del protagonista se desata, provocando un descenso a los infiernos personales y urbanos —por eso mismo el narrador se acerca a su sujeto e incluso llega a convertirse en él.

Resaca es una buena pieza: se puede leer desde ángulos diversos (el ético o metafísico hasta el de la vida cotidiana) y contiene, además, numerosas perlas aforísticas (“La felicidad es una diva: difícil de topártela y buenísima”), una novela que divierte a la vez que dispara el pensamiento y la conversación. Luis logró contar con su particular voz —la del académico ultrarracional pero borracho, la del doctor en filosofía con momentos de supremo sentido del humor casi místico: “Cálmate, Indurain”, le dice su ebrio personaje a un ciclista que pasa a un lado suyo casi arrollándolo— un viaje sencillo y conmovedor de iniciación filosófica, una reflexión alrededor del exceso alcohólico, la amistad, la vía del humanismo y la siempre acecechante barbarie, sobre todo en estos tiempos ya tan nuestros de cabezas cortadas, narcomantas y desaparecidos. Después de entregarse al alcohol durante sus “días desafortunados”, el doctor Palacios decide colgar la bata de médico, ponerse una túnica y emular a Sócrates —el Sócrates de Tenochtitlán, se autonombra. Así, inspirado por los diálogos de Platón, comienza a disertar en un parque de la ciudad de México frente a un pequeño público. Y justo cuando esa vía humanista parece estar rindiendo frutos, dándole a su vida un ritmo pausado, cierto ascetismo sobrio y llevadero, la barbarie irrumpe de nuevo para destruir los pilares de la frágil paz que había logrado construir. Aunque ya no lo vemos, se sugiere que, entregado al impulso de desaparecer — vaya que duelen el mundo y sus males—, comenzará una vez más un franco proceso de demolición.

He sido testigo de que Luis en estado de resaca es, como él mismo afirma en su novela, un hombre lúcido y que ahí encuentra el estadío más elevado de su borrachera, sobre todo si la fiesta tiene posibilidades de continuar. Porque el problema —la inagotable fuente de sufrimiento y angustia— es que se acaba, es que todo se acaba. Pero estoy seguro que la fiesta de mi amigo Luis —con todo y sus resacas espirituales, con sus desplantes y agudas reflexiones, con toda su bendita verdad— continuará por mucho tiempo más. 

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