Por La Rata Mutante

 

La primera plasta de mierda cayó junto a la casa. La segunda en el patio, y hasta ahí nadie le dio importancia, pero, al notar que los perros no dejaban de ladrar a causa de la lluvia que comenzaba a desatarse en el cerro, no tuvieron otra opción más que correr a refugiarse debajo de sus camas.


La cortina de mierda se deslizó lentamente desde la loma hacia la iglesia, embarrándolo todo de ese marrón pestilente que no dejaba lugar a dudas que estaba lloviendo una auténtica y olorosa mierda.


Todos los demás comenzaron a correr buscando un refugio más seguro.
Más que de algún golpe o contacto con la precipitación cacal, todos trataban de esconder sus narices delicadas del fétido olor que despedía el excremento y que les hacía recordar bajas pasiones y pecados inconfesables.


Pero, admitámoslo, cuando la mierda llega es imposible ignorar su presencia.

 

El simple hecho de hacer como que no está presente cuando lo está es una empresa sin frutos, pues ella misma da cuenta de sí.


La mierda no respetó estatus ni territorios. Devastó las casas, las bardas, las cantinas, los salones de belleza, las calles, las cárceles, los prostíbulos de las orillas y hasta la iglesia —especialmente la iglesia—.


Es por eso que nadie pudo evitar asquearse de sí mismo cada vez que, cual betún, la caca los bañó a todos y tuvieron que verse los unos a los otros empapados en pestilentes residuos procesados —unos más que otros, claro está—, y con un olor que al principio provocó náuseas y vómitos, pero que después se convirtió en el aroma habitual del pueblo, ya que a esta lluvia vespertina, bastante repentina, siguieron muchas otras, igual de implacables pero más tolerables en cuanto a olor. Esto nos da una idea de la fuerza de la costumbre.


Entonces desapareció otra vez la vergüenza, el asco. Ya el oler a mierda y estar embarrado de ella era algo habitual, ordinario. Tan ordinario que la gente defecaba en cualquier parte y a la vista de todos, aún en medio de la lluvia —entiéndase: caca—.


Y, por más inverosímil que el hecho se nos antoje, el limpiarse la mierda del cuerpo comenzó a ser visto como una afrenta hacia las condiciones del pópulo, ya que se vivía bajo el supuesto de que nadie estaba por encima de los demás, los que significaba que todos y cada uno de los ciudadanos debía permanecer con la caca encima, aún cuando ésta comenzara a secarse y se cuarteara como costra.


La práctica constante de estas limpias generó un consenso general que determinó que sólo bajo ciertas circunstancias altamente necesarias era permitido retirarse el excremento; una de ellas era la pérdida de la visibilidad a causa de un acumulamiento excesivo de mierda en los ojos.


Y así, poco a poco, se fue gestando nuevamente el microbio de la corrupción.

 

Gente sin necesidad de quitar la mierda de sus caras pagaba por la permisión de ese “delito” al tribunal del pueblo, y de esta forma, una nueva sociedad comenzó a consolidarse.


Hubo también aquellos que, una vez limpios de toda mierda, usaban mezclas de plantas, hojas y demás pastas para simular un recubrimiento de estiércol, mismo que no les provocaba el mismo asco que la evacuación celeste.


Cuando al fin la costumbre de verse cada día recetados de una nueva dosis de mierda del cielo se asentaba en sus vidas… dejó de llover.


Ya no se veían las gruesas y pesadas nubes cafés deslizándose por el firmamento, ya no llegó ese olor nauseabundo por los campos, ya no hubo moscas verdes volando sobre todos. Sólo el sol tomó su lugar de “Astro Rey” y brilló y brilló tanto que secó la mierda, y todos inconscientemente se regocijaron al ver que sus días de copro habían llegado a su fin. Sin embargo, nadie imaginaba lo que sucedería.


Si bien es cierto que el sol le ganó el terreno a las nubes marrón en el cielo, también secó la mierda en la tierra y con ello, los habitantes del pueblo vieron cómo cada uno de sus miembros se fue secando, solidificándose como excremento seco.


Desesperados, trataron de correr al río y al mar, pero éstos también estaban secándose a causa del sol y la secreción celeste que había en ellos los hacía impenetrables.


Algunos trataron de darse calor, de hacerse sudar, de provocar un estado maleable a la mierda de sus cuerpos a fin de no morir solidificados. Pero era demasiado tarde. Uno a uno fueron quedando como estatuas de estiércol sobre los montes, las calles, los árboles, etc.


Después de esto, llovió fuego del cielo y la mierda se consumió de una vez y para siempre.

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