Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Nicolás Défossé, director del documental Viva México (2010), toma una gran decisión al abrir el filme en Los Ángeles, retratando diminutos lapsos de la rutina de diversos emigrantes mexicanos, los cuales tienen que luchar constantemente por mantener su cultura, más aparte sobrevivir al día a día.

De ahí en adelante nos situamos en el sur de México. Es el año 2006, y recién inicia la ruta por los 31 estados de la república por parte de La Otra Campaña, comandada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Subcomandante Marcos. Así, el director nos muestra que lo que sucede más allá de la frontera con los chicanos y mexicanos es lo mismo que sucede con los indígenas y campesinos residentes del país.

Aquellos ignorados, odiados y repudiados por la misma gente que los gobierna. Aquellos rechazados por dar preferencia a empresas y negocios extranjeros que tratan con sus tierras y propiedades, despojándolos de lo único que, supuestamente, les pertenece. ¿Y cómo se supone que compitan contra la aberración más grande del ser humano? ¿Cómo puede competir un humilde campesino contra un insensible corrupto avaricioso?

La Otra Campaña pretende reunir y apoyar, precisamente, a los de abajo, a los olvidados, los que no son tomados en cuenta, como si no existieran. Viaja para escuchar al pueblo y sus constantes problemas, al individuo y sus preocupaciones. ¿El propósito? Lograr un cambio en el país, el cambio que tanto necesitamos desde hace varias décadas.

La fotografía es un elemento muy interesante a lo largo del documental, puesto que forma parte del recorrido de La Otra Campaña y se posiciona desde la audiencia, en conjunto con los habitantes de cada estado, mientras unos exponen sus pensamientos o escuchan las palabras del Subcomandante, figura icónica y de gran respeto.

La música, por otro lado, resulta elemental, ya que encaja perfectamente con las imágenes que vamos viendo y dice mucho sin ser tan escandalosa. En los últimos minutos se toca el tema de la opresión de San Salvador Atenco, el cual ocurre durante el recorrido de nuestros protagonistas, que no tenían ni una semana de haber llegado al lugar.

La desgracia de Atenco resulta la vil prueba de que el país necesita un cambio. Se reviven las imágenes que sepa cuántas veces he visto y que, en lugar de llenarme de coraje, me llenan de impotencia y lágrimas.

Un niño grita y se lamenta, llora porque no puede hacer nada más, y, tratando de recordar, una señora se empequeñece al describir cómo las fuerzas policiacas agredieron a sus hijos.

“Con los palos…” dice. Ellos no tenían armas…

El público aplaude porque la operación triunfa y los revoltosos son retenidos. El entonces gobernador del estado, nuestro actual presidente Enrique Peña Nieto, afirma que es el primero en lamentar los hechos, sin embargo, se justifica diciendo que lo que pasó fue para “protegerme a mí y a nuestras familias”.

Me sorprende cómo ese güey no tiene vergüenza.

En cambio, sí es vergonzoso ver cómo los habitantes de Atenco dejan “en ridículo” a las autoridades, las cuales acababan de asesinar a Francisco Javier, de 14 años.

Para este punto, no debe sorprenderles saber que el final es agridulce. No puede haber otra manera de terminar un relato que nace en México.

Que viva Zapata. Que viva el EZLN. Que vivan Atenco, Tlatelolco y Ayotzinapa. Que vivan ellos, porque por ellos se sigue luchando contra la impunidad y continúa la eterna búsqueda de justicia.

Por los que pelean, que viva México.

La lucha sigue y sigue.

 

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