Por Carmen Libertad Vera

 

Como mágica fosforescencia, en su pensamiento súbitamente germinó el deseo de habitar esa casa. La misma que aquella mañana distinguió, por vez primera, entre las edificaciones de una armoniosa y exclusiva zona residencial de la ciudad. El encuentro había sido fortuito, al dar vuelta dos cuadras antes de su habitual recorrido.


Era una pequeña mansión. Añejada y bella. Con la exquisitez de un buen vino. Sobre los forjados barrotes del enrejado frontal colgaba un lacónico letrero: Se Renta. En gesto reflejo, guardó en la memoria de su moderna agenda electrónica el número telefónico que el letrero anunciaba.


Breve fue el tiempo que dejó pasar para intentar la comunicación. Por el auricular, en respuesta a su llamada, escuchó las palabras provenientes de una pausada voz masculina. Al colgar, un regocijado asombro indescriptible inundó su interior, derivado de la escueta información recibida.


¡Apenas podía creer lo que había escuchado! Si había entendido correctamente, aquella casa —contrario a lo que anunciaba— no estaba verdaderamente en renta. Pero era posible que él la habitara. ¡Cómo dueño único y absoluto, por todo el tiempo que estuviera dispuesto!


Al parecer, la casa no requería un inquilino, sino un habitante guardián.

Alguien con voluntad suficiente para asegurar la conservación absoluta del inmueble. Como si éste fuera de su posesión. Los detalles de tan tentadora posibilidad sólo los tendría directamente. Sin dudar aceptó acudir, esa misma tarde, a una entrevista.


Incluso para él, que disponía de amplia solvencia monetaria y crediticia, aunque inexplicable y extraña, aquella posibilidad no dejaba de ser atrayente.

Razón por la cual acudió puntualmente a la concertada cita.


Llegó frente a aquella casa todavía invadido por un nebuloso sentimiento de incredulidad y desconcierto. No necesitó llamar para anunciar su presencia.

Al final del sendero central del circundante y espléndido jardín, aquel hombre aguardaba de pie, sobre el primer escalón que conducía hacía un porche apenas elevado.


—Adelante. Está abierto. Bienvenido a su nuevo hogar.


Fue el saludo que en forma clara escuchó decir de aquel hombre a quien, por la voz, reconoció como el mismo con quien había hablado telefónicamente.


El portón rechinó suavemente cuando, con su propia mano, separó una de las dos hojas metálicas ingresando a aquélla finca, ahora presentida como la casa de sus sueños y sí, ¿por qué no?, su futuro hogar.


Con escasos aunque largos pasos, llegó junto a aquel hombre. En respuesta cordial al saludo antes recibido, dijo:
—Buenas tardes.


Y, en un intento por iniciar su presentación, alcanzó a agregar seguidamente:
—Yo soy…


No pudo continuar la frase. Inesperadamente, aquel hombre lo interrumpió señalando:
—Sí, lo sé. Como también sé que acudiría puntual a esta cita. Acompáñeme.


En silencio, ambos ascendieron por los contados pero sólidos escalones hasta llegar al amplio rectángulo techado del porche. Allí, a manera de recibidor, acertadamente distribuidos se esparcían unos ligeros muebles de mimbre.


Elegidos dos cómodos sillones, tomaron asiento. Uno frente al otro.

Separados por elegante y sencilla mesa de madera en donde reposaban un arreglo floral, un servicio de cristal con cenicero, vasos y jarra sobre una charola; ésta última, conteniendo un líquido con apariencia de limonada que exudaba frialdad.


La tarde era calurosa. Pero ahí, en aquel espacio, circundado en tres de sus lados por arqueadas columnas, entre las cuales descansaban altos tiestos desbordantes de verdores seductores y florescencias matizadas; el clima no sólo resultaba benigno, sino placentero.


Fluida, como aquel líquido en la jarra, el cual efectivamente resultó ser limonada que servida en vasos ambos hombres bebieron; resultó la información que aquel hombre fue proporcionando.


Simplemente se trataba de aceptar mediante un convenio de comodato los derechos para habitar esa casa. Trámite completamente legal y certificado ante un fedatario acreditado. Especie de sucesión testamentaria, similar a una inesperada herencia, sólo renunciable —en cualquier momento— por voluntad propia y expresa del habitante en turno; previendo, eso sí, una indispensable sustitución en el cargo.


Los requisitos, mínimos pero estrictos: hombre no mayor de 35 años, soltero o divorciado, profesión relacionada con las bellas artes o las disciplinas humanísticas, habitar el inmueble, garantizar su conservación en condiciones óptimas e inalteradas y, especialmente, pasar ante los ojos del mundo como un verdadero inquilino. Situación para la cual no tendría un salario, pero que tampoco le generaría gastos. El mantenimiento y las contribuciones de la finca se financiaban con disposiciones automáticas de una cantidad bimestral depositada, suficientemente, en una cuenta bancaria confidencial; lo cual no incluía gastos personales ni pago de servidumbre, aunque ésta podría ser contratada en número y atribuciones de manera abierta, siempre y cuando cumplieran con un horario diario de entrada por salida.


Por lo demás, la vida propia del habitante de aquella casa debería tener el curso normal por él deseado.


Mientras aquel hombre hablaba, él se dedicó a observarlo detenida y escrutadoramente.


Tenía el aspecto de un bon vivant. Por su lenguaje, se podía identificar como hombre culto. Su edad, a decir por el adelgazamiento de su laxa epidermis, colmada de finísimos pliegues y hondas arrugas, especialmente en el rostro, o por el encanecimiento casi total de sus cejas y su aún abundante cabello, inequívocamente era cercana a los setenta años.


Sólo dos detalles discordaban con su aspecto envejecido: la pausada pero firme claridad de su voz y la extraordinaria brillantez juvenil de su mirada.


Supo que la explicación había concluido cuando oyó a su interlocutor decir:
—¿Alguna pregunta?


Por supuesto que infinidad de interrogantes flotaban en su mente. Pero, curiosamente, sólo consideró importante exteriorizar a aquel hombre una sola:
—¿Hace mucho tiempo que usted vive aquí?


La respuesta fue indirecta:
—Yo lucía de la edad de usted cuando llegué a vivir aquí.


No satisfecho con tal evasiva, él insistió:
—¿Quiere decir, aunque soy pésimo para calcular edades, que usted lleva viviendo aquí alrededor de 40 años?


Una sonrisa, entre divertida y enigmática, fue la no-respuesta que él obtuvo, misma que precedió a una pregunta más, pero ahora por parte de aquel hombre:
—¿Desea conocer el interior de su casa?


Mecánicamente, él asintió con la cabeza. Se dirigieron entonces a la amplia puerta principal. Aquel hombre cortésmente le cedió el paso después de abrir de par en par las blancas y labradas hojas de madera.


A pesar de las dimensiones de la finca, el recorrido transcurrió rápidamente.


Primero fue la planta baja. Amplísimo salón-comedor, estudio-biblioteca con chimenea empotrada, sala para visitas formales, cocina con ante-comedor anexo y vista con acceso, al través de un ventanal de cristales corredizos, a un patio interior, mismo que era continuación del jardín que rodeaba toda la casa; un baño completo y, bajo el rellano de las escaleras, un clóset para artículos de aseo y servicio.


En el segundo piso, un pasillo distribuidor conducía a tres amplías recámaras de baños independientes, una majestuosa alcoba con espléndidos ventanales —también corredizos— que separaban esa área del balcón-terraza que delimitaba su contorno con una balaustrada, justo sobre el porche de la entrada, orientado por lo tanto, hacia la fachada principal,. Detrás de una de las puertas del pasillo se ocultaba otra escalera relativamente estrecha. Ésta concluía en el cuarto de servicio de la azotea, donde se ubicaban también los espacios destinados a la limpieza y el secado de la ropa.


De regreso, encontrándose nuevamente al nivel del jardín, él consideró que aquel recorrido había finalizado.


Estaba equivocado. Aquel hombre hizo encaminar sus pasos hacia el lado poniente de la finca, mientras explicaba brevemente:
—Venga usted. Hacia este lado, anexa a la casa, se encuentra la cochera.

Desde el lado de la calle se ingresa a ella por el otro portón, similar al que conduce a la entrada principal.


La cochera resultó ser un espacio cerrado, techado y lo suficientemente espacioso como para guardar ahí, cuando menos, tres automóviles. Además, dentro de ella ocultaba los controles generales del sistema eléctrico, el registro del agua potable y servía como bodega para herramienta diversa.


Según anunció aquel hombre, el recorrido después de la cochera aún proseguiría.


—Rodeando la cochera, en la parte posterior de la finca, a donde también se llega desde el interior de la casa por el lado del jardín que da a la cocina, está el lugar más encantador e interesante de esta casa. ¡Ya lo verá usted!


Acto seguido, no sin antes advertir un notorio cambio en la expresión y la voz de aquel hombre, quien inesperadamente había mostrado un feliz entusiasmo, rodearon la cochera por el sendero adoquinado del jardín. Llegaron hasta una insignificante puertecilla de gruesa y crujiente madera localizada, efectivamente, a espaldas de la cochera, justo antes de llegar al límite izquierdo de aquel muro.


Aquel hombre extrajo de uno de sus bolsillos un atestado manojo de llaves.

Hábilmente seleccionó una de ellas, con la que procedió a abrir la cerradura de aquella puerta. Hasta ese momento, era el único lugar bajo llave con el que habían topado en su recorrido por toda la casa.


La puertecilla abrió hacia su lado interior. En la semipenumbra del ambiente, apenas pudo distinguir el vano de acceso hacia unos burdos escalones, que a manera de un estrecho pasadizo paralelamente alineado al contorno derecho del muro, descendía hacia algo parecido a un sótano, construido indudablemente bajo la superficie de la cochera.


También por primera vez hasta ese momento, aquel hombre no le cedió el paso después de abrir la puerta. Quizá dejando a un lado la cortesía por la sencilla razón de necesitar adelantarse un poco y así poder activar el encendido de la luz eléctrica.


Iluminado ese espacio, entonces sí procedió a extender su brazo hacia delante, en un mudo gesto que indicaba que sería él, no aquel hombre, quien iniciaría el descenso.


Aquella escalera constaba de dos tramos, dispuestos a manera de escuadra desnivelada. El segundo de ellos, lógicamente, era el que concluía en la parte más baja de aquel sitio, desembocando en un amplio salón con dimensiones aproximadas a las de la propia cochera que le servía de techo.


Las paredes de aquel lugar carecían de terminado y pintura. De hecho, parecían cavadas en roca viva. Eran ásperas y con visibles desigualdades.

Junto a ellas se erguían algunos anaqueles de madera añosa. Polvorientos y entelarañados, pero siguiendo un orden apreciable a primera vista. El diseño de su estructura correspondía para funcionar como una cava perfecta. Aunque la mayoría de aquellos redondeados espacios lucía carente de sus respectivas botellas.


Aunque interesante, aquel sitio no resultó para él sino “un simple detalle accesorio o coqueto” —rió internamente al no haber logrado encontrar mejores adjetivos—, y sin mayor trascendencia”. Dando a conocer a aquel hombre esa opinión, por segunda ocasión vio aparecer en su rostro aquella sonrisa, entre divertida y enigmática, semejante a la que ya conocía.


Como un acallado susurro, creyó escuchar decir a aquel hombre una respuesta.


—Ya lo verá por usted mismo.


Salieron a la superficie, pero no se alejaron de ahí sin dejar de cerrar con doble llave aquella puertecilla.


El trayecto hacia el portón del jardín se realizó con un soterrado silencio compartido.


La despedida consistió en una pregunta:
—¿A qué hora acudirá usted mañana a la notaría para firmar el comodato?


No supo exactamente cómo, pero de pronto le pareció verse —a sí mismo— responder convincentemente:
—¿Le parece bien que sea a las diez de la mañana?


—De acuerdo. La notaría se encuentra en la siguiente dirección —agregó aquel hombre mientras extendía un inmaculado papel sobre el cual se advertían escritas unas líneas.


Por primera vez en su vida, esa noche él conoció el significado del insomnio.

Casi al amanecer, llegó a la conclusión de que aquello era una locura. Que él no acudiría a aquella cita y que aquel hombre podría ir buscando a alguien en verdad obsesionado para que le siguiera el juego. Aquel absurdo juego en el que él, estaba completamente decidido, no deseaba involucrarse.


Lo que esa noche, incluyendo la madrugada del día siguiente, se obsesionó en no abandonarlo, fue el insomnio. Él no pudo conseguir el sueño ni siquiera por algunos instantes.


Eran las diez de la mañana en punto cuando llegó a la puerta de aquella notaría. Nada en su apariencia denotaba la ausencia completa de sueño vivida la noche anterior. Se veía impecable. Recién bañado y afeitado. Internamente deseaba explicarse cómo era que él estaba ahí, contradiciendo su propia y anterior decisión. Encontró una justificación perfecta: “Estaba ahí sólo para anunciar su desistimiento a firmar aquel glorioso comodato”.


Al anunciarse con una de las secretarias en la recepción de la notaría, en el acto fue recibido en un despacho elegante y confortable.


Treinta minutos después, que para él parecieron alargarse infinitamente como si fueran una nueva noche de insomnio, salió de ahí llevando el manojo de llaves que aquel hombre traía consigo apenas el día anterior. Y también, habiendo dejado firmado un nuevo comodato, ahora con su propia rúbrica, y que reposaría, indefinidamente, en la caja fuerte de la propia notaría.


No podía explicarse a sí mismo lo ocurrido. Lo recordaba todo. Sí, se recordaba a sí mismo escuchando y aceptando todas y cada una de las cláusulas de aquel documento. El comodato que como por encanto lo convertía en el siguiente habitante, casi dueño, de aquella casa. La casa descubierta apenas un día antes.


“Había sido por mi propia voluntad, era innegable”. Se decía mentalmente a sí mismo, tratando de justificar su decisión final. Además, buscando más justificaciones, también se dijo, como en una especie de tregua para consigo mismo: “En fin, sigamos con este juego. Juego que durará únicamente hasta que yo lo decida”.


Aquel mismo día, al regresar a su departamento, no pudo hacer nada sino dormir. Larga y descansadamente. Con un sueño satisfactorio y continuado dentro del cual, en forma reiterativa, una luminosidad fosforescente brillaba en la oscuridad mientras él caminaba hacia su encuentro.


Despertó dos días después. Aquel manojo de llaves sobre su mesita de noche disipaba cualquier duda sobre la infantil posibilidad de que todo aquello hubiera sido también parte de un prolongado sueño.


Por la tarde, decidió acudir a aquélla casa. Todas las cerraduras se abrieron bajo su correspondiente llave. Recorrió cada sitio. Excepto la cochera y la cava del sótano. Aquel hombre, al igual que todo el mobiliario visto con anterioridad dentro de la casa, se había esfumado. La casa, ahora su casa, estaba completamente vacía y desocupada. Lista para que él pudiera vivir en ella. Algo que finalmente en el transcurso de los siguientes días, se vio a sí mismo hacer.


Pasaron cerca de cuatro meses después de que él aceptó ser el siguiente habitante-guardián de aquella casa. Durante ese tiempo transcurrido, se dedicó a amueblar y decorar aquella casa a su completo gusto. Respetando al pie de la letra las instrucciones al respecto pactadas en el comodato.

“Ninguna modificación sustancial. Simple acondicionamiento y remoción”. En ese tiempo, había aprendido a disfrutarla. De su mente se había borrado cualquier reticencia. Todo era como aquel hombre le había dicho.


De aquel hombre, el anterior habitante de aquella casa y del cual ni siquiera conoció su nombre, no quedaba nada en aquella casa. O quizá sí. Pero seguramente no era algo de él, es decir, de su propiedad; porque de haber sido así, seguramente lo hubiera llevado consigo, al igual que todo lo demás.


Aquel objeto era una pintura. Un óleo de excelente manufactura y regulares dimensiones que se encontraba colgado en la pared principal de la biblioteca. Había mirado esa obra someramente desde su primer recorrido, ahora casi olvidado, por el interior de aquella casa. Nunca pensó que se quedaría ahí, junto a él. Y, dada la belleza de la obra, ahora en ningún momento podría desear el que no estuviera.


Era un retrato de mujer. Un desnudo de estilo contemporáneo impresionista. De hecho, aquel cuadro le hacía recordar en su composición, temática y colorido, a una obra de A. Renoir que alguna vez, durante alguno de sus viajes a Europa, él había especialmente admirado en alguna de las salas de la National Gallery de Londres. El cuadro de Pierre August, creía recordar con mucha precisión, se titulaba “Ninfa en un manantial”.


El cuadro de la biblioteca no era exactamente una copia de aquel, pero ambos tenían una atmósfera y un colorido semejantes. Aunque, para su gusto personal, la mujer del cuadro de Renoir le parecía con un aura de mayor ingenuidad y candor que la del retrato en la biblioteca. Además, la mujer de este retrato parecía más bellamente perversa que aquella.


La vida de él transcurría felizmente dentro de aquella casa. Ya habituado a su falsa condición de inquilino, ni siquiera había tenido que mentir a tal respecto; todo el mundo daba por hecho que él estaba gastando una muy buena suma en el pago del arrendamiento.


Cuando consideró finalizada su instalación, decidió que era tiempo de ofrecer una gran fiesta inaugural. Su nueva y remozada casa bien la merecía. Y también la merecía él mismo. Debido a todo lo que implicaba un cambio de residencia, sobre todo en su muy particular caso, su vida social había estado completamente apagada.


Los preparativos para la ocasión no significaban mayores complicaciones, al menos no para él. Las fiestas en su antiguo departamento eran catalogadas como de antología. Su mundo social era en sí un pequeño mundo. Personajes con nombre y renombre propio. No ajenos a las noticias o reseñas importantes en las páginas periodísticas de la región.


Los días previos a la noche señalada para la celebración inaugural estuvieron pletóricos de arreglos. Un servicio especializado en banquetes fue previsoramente contratado. Por esos días, también había llegado a la conclusión de que estaba desaprovechando la existencia de la cava que existía en el sótano. Para él, quien se consideraba a sí mismo como un gourmet, aquello era imperdonable, pero con solución. Realizada concienzudamente una selección personal de marcas y cosechas, telefónicamente ordenó una insuperable y amplia dotación de vinos, la cual incluyó algunas botellas de champagne importado.


Aquel pedido llegó a la casa en entrega personal del dueño y administrador de una afamada casa de delicatessen, lugar donde él había ordenado tan especial selección. Ellos ofrecieron su colaboración para un correcto manejo y embodegado de las botellas. Por lo que en una sola tarde, el cargamento quedó debidamente instalado en los anaqueles de la subterránea bodega.


Durante el acomodo, una por una de las más de 200 botellas adquiridas, sólo escuchó elogios para aquel sitio por parte de tan voluntarios colaboradores.

Que si la temperatura del ambiente, las condiciones de humedad, la semipenumbra. Según aquellos expertos, el sótano era un espacio óptimo. Por supuesto que no todo el vino adquirido iba a estar destinado para la fiesta de inauguración. Pero, después de esa noche, su vida social iba a proseguir igual que antes. Y… ¡Nunca estaría de más contar con una buena reserva para ocasiones especiales, reuniones informales con buenos amigos, alguna que otra cena íntima! Él también era considerado como un extraordinario anfitrión.


Terminada aquella tarea, él, conjuntamente con los dos comerciantes vinateros, procedieron a abandonar el sótano. Él fue el último en ascender por la escalera. Al ascender completamente y legar al nivel del jardín, antes de cerrar la puerta, nuevamente procedió a adentrar medio cuerpo hacia el inicio del subterráneo para apagar la iluminación eléctrica. En el mismo instante en que la oscuridad natural imperó, sus ojos distinguieron un fuerte chispazo fosforescente, desde la parte más profunda en donde concluía el segundo tramo de la escalera. Fue una luminosidad brillante, como un halo, con la duración de un mínimo pestañeo. Después, de nuevo, una oscuridad total, recalcitrante.


Aunque sorprendido, no le dio importancia a aquel destello. Supuso que era un simple efecto óptico, ocasionado en su visión por el contraste entre la cantidad de luz que sus pupilas recibían al pasar de la iluminación artificial, a una oscuridad completa.


Tras cerrar aquella puerta, él pudo percatarse que en gesto instintivo había sacado la llave correspondiente a esa cerradura y, automáticamente, cerraba aquella puertecilla con un doble giro.


La noche de la inauguración formal, la casa lucía iluminada en forma inusual.

Hachones encendidos bordeaban el sendero principal del jardín. Una infinidad de flamas procedentes de veladoras acuáticas colocadas en recipientes transparentes se alineaban sobre los perímetros resaltados de los muros y espacios exteriores. Un grupo de meseros deambulaba ininterrumpidamente, llevando y trayendo charolas plateadas repletas de copas llenas o vacías. En el salón comedor, una pantagruélica mesa de buffet era constantemente asediada. La música ambiental danzaba con un cadencioso ritmo. Las decenas de invitados, reconociéndose entre sí, charlaban con la comodidad suficiente que otorga un trato antiguo. No era una fiesta de estridencias; al contrario, todo transcurría en una balanceada esfera de letargo. Como si la gravedad terrestre hubiera disminuido su intensidad algunos grados.


La fiesta terminó bastante avanzada la madrugada. Las felicitaciones para el nuevo inquilino de aquella casa fueron constantes. Los brindis ininterrumpidos hasta el último momento. Hasta la última gota de vino y licor disponible en los salones de aquella casa.


Despedido el último invitado y retirado el servicio de ayudantía, él quedó sólo en aquel sitio.


A la mañana siguiente, él despertó lentamente. Permaneciendo en su lecho sin querer moverse. Con los ojos cerrados. Recordando la fiesta de inauguración y aquel sueño.


Todavía sin abrir los ojos, una a una las imágenes se proyectaron en su recuerdo. Nítidas y casi tangibles. Especialmente las de aquel sueño.


Sí, aquel sueño. El sueño donde él, aferrando con fuerza en una de sus manos el último hachón encendido de la otrora lumínica decoración, salía de la casa, a través de la cocina y por la puerta que daba al jardín interior, en medio de la oscurísima nocturnidad, dirigiendo inesperadamente sus pasos hacia la subterránea cava.


Era una necesidad suave, irrefrenable, irresistible, la que lo conducía a aquel sitio en búsqueda de… ¡algo! Probablemente una botella de vino para brindar a solas, consigo mismo. Esta parte de su rememoración aparecía difusa en aquella reconstrucción matinal.


Pero se recordaba a sí mismo, en el sueño, abriendo la puertecilla de la cava y descendiendo por el estrecho corredor, por aquellos escalones, clarificando éstos con la luz resplandeciente de aquella última antorcha.


No tuvo dificultad alguna para llegar a las profundidades de aquel sótano. Localizada la botella, o aquello que hubiera sido el motivo de su búsqueda, se dispuso a iniciar el ascenso de regreso cuando… ¡Sí!… El recuerdo de su sueño no podría estar equivocado: La encendida tea se apagó como por un soplo fantástico. La negritud más plena invadió el derredor de su ser. Pero…

¡Sí!… Lo recordaba plenamente, sólo fueron unos instantes.


Porque lentamente, con una intensidad creciente, sus ojos pudieron ver cómo, desde una especie de hornacina natural cincelada sobre el rugoso muro, la fosforescencia de un destello se engrandeció hasta alcanzar una luminosidad extraña y prodigiosa.


El humo y el fuego estaban ausentes de aquella luz. Porque sólo era una luz. Hipnótica y cautivadora. Avanzó hacia aquella luz. El asombro inhibió cualquier temor. Y entonces… pudo distinguirla. No, ella no pudo ser una aparición. ¡Estaba ahí! De carne y hueso. Lo podría jurar. Como también podría jurar por todo lo demás, por lo acontecido a partir de la belleza del rostro y del cuerpo de aquella mujer.


Con los ojos cerrados recordó haberse dejado conducir por ella hasta el centro mismo de la luminosidad que le rodeaba. Y él comenzó a acariciar su cabellera y su piel. Sintió en silencio el incendio de sus besos. Reconoció en sus grandes ojos una mirada que era la búsqueda de complicidad para ejercer la pasión más extrema jamás conocida. Mirada a la cual él se rindió sin resistencia alguna.


Y se amaron ahí. Con la intensidad y el furor sólo posibles para la primigenia pareja de una especie desconocida. Con híbridas sensaciones que ondulaban entre la animalidad más descarnada y el aturdimiento sublime. Sobrepasando los límites del vértigo y el arrebato.


En una alucinación compartida, aquel lugar pareció convertirse en un bucólico venero recubierto con suavidades de musgo y hiedras, de líquenes y helechos, anémonas y tréboles. Rumores de cascadas diáfanas y música de Debussi se escucharon fusionada y filtrada por entre los resquicios de los muros.


—No preguntes quién soy. Ya alguna vez en la distancia, colgada sobre el muro de una sala de museo, me conociste. Desde hoy seré para ti la juventud que algún día verás extraviarse, en la medida que por mí extiendas los límites de tu deseo.


Recordó haber escuchado decir aquellas palabras en los labios de aquella mujer, como una original melodía interpretada en un dulcísimo tono.

Después, sólo aparecía la continuación inextinguible de una pasión hechizante y arrebatada. Posterior a eso, de nueva cuenta, una oscuridad infinita.


Abrió finalmente los ojos. Descubrió la luz de un avanzado día. Estaba desnudo en el centro del lecho de su alcoba. Sólo tenía la certeza de haber transcurrido un largo momento sin querer mirar la realidad. Paladeando las oníricas imágenes rememoradas. Y el eco de un nombre femenino que se apoderaba de su memoria. Lise. Musitó para sí mismo repetidas veces aquel nombre. Lise. Y, de improviso, la luminosidad de aquel rostro, también como borroso recuerdo llegó a impactar su memoria.


“Pero por supuesto que todo ha sido un sueño”. Pensó para sí mismo. “Lise fue la modelo que Renoir retrató en varios de sus cuadros, entre ellos el de ‘Ninfa en un manantial’. Sí, ese cuadro y el que está aquí en la biblioteca tienen mucho parecido. Incluso podría suponerse que es una misma mujer quien aparece en ambos. Y, por una asociación subconsciente, las he relacionado y sintetizado en ese sueño fantástico. Aunque… De haber sido realidad, hubiera sido una realidad maravillosa. Lise… Lise… ¿Lise? ¡Lise!”.


Las inquietantes aprensiones que aquel sueño inicialmente le habían ocasionado resultaron entonces simples juegos de su mente. Por lo tanto, quedaban exorcizadas.


Ya de pie, dentro del cuarto de baño, abrió el grifo de la regadera. El vapor del agua humedeció aquel ambiente. Sintiendo en todo su cuerpo la tibieza reconfortante del agua, no resistió aquella necesidad de repetir en voz alta un nombre de mujer: “Lise, Lise, Lise”.


Terminado el baño y cerrado el grifo de agua, frotando su cabello, su cuerpo y su rostro con una toalla, se detuvo frente al empañado espejo para dar inicio a su rutina de afeitado. Con la misma toalla que se había estado secando, procedió a retirar la densa película de vapor que enturbiaba completamente al espejo y que evitaba cualquier intento por distinguir algo.


Cuando la reflejante luna del espejo estuvo desempañada, de manera desconcertada él pudo descubrir, sin ninguna posibilidad de duda, un repentino envejecimiento en su rostro.


Su rostro, esa mañana, no era el de la noche anterior. No había cambiado de fisonomía, pero ahora tenía pliegues y arrugas inexistentes hasta entonces.


Comprendió todo cuando, al observarse nuevamente en el espejo, también pudo percatarse de que su mirada ahora brillaba rejuvenecida. Con la intensidad apenas posible en un joven de 20 años. En sus labios apareció entonces complacida una entre divertida y enigmática sonrisa. Como la que alguna vez pudo percibir en otro rostro masculino. El rostro de aquel hombre.

El anterior habitante-guardián de esa casa. Su ahora para siempre deseada casa.

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