En un autobús de Nuevo Laredo se juntaron, por pura casualidad, esas dos balas perdidas: el argentino y el mexicano.

El primero en entrar fue el argentino, un muchacho de veinte años, bien vestido, bien alimentado, rubio y felíz. Minutos después —ya el autobús estaba casi lleno— se le sentó al lado el mexicano, un muchacho de veinticinco, zarrapastroso, demacrado y tristón.

El argentino torció la nariz hacia la ventanilla para defenderla del hedor a fiebre, a fango, a sobaquina, a trapos sucios que despedía el mexicano. Éste advirtió el desaire.

(“No es para menos. Debo estar apestando a todos. ¡Qué vergüenza! Con razón que los gringos nos desprecian”)

—Mire cómo estoy —dijo, y con un elegante ademán indicó su pobre indumentaria—. Anoche crucé a pie el rio Bravo. Sí, soy un inmigrante clandestino, un “mojado”. Me mojé hasta la cintura pero conseguí que no se mojara el petate con el traje y otras prendas que había comprado en Texas. Y cuando en mi tierra iba a vestirme bien para presentarme decente ante mi casa, unos compadritos, ¡fíjese, compatriotas, no gringos!, me robaron la ropa.

Se pasó un pañuelo por la cara. Después, alzando la mano, mostró el pañuelo como si fuera una flor:

—Lo único que me dejaron —dijo— fue este pañuelo que me bordó mi madre.

El argentino alcanzó a distinguir letras bordadas. Las deletreó en voz alta:

—JR.

—Así es —susurró el mexicano y, después de una vacilación, al fin soltó—: Juan Rueda, para servirlo.

—Mucho gusto. Juan Russell.

—¿Norteamericano?

—No. Argentino. Pero vivo en Nueva York desde hace cinco años. Mi padre, por la maldita política, tuvo que exiliarse de Buenos Aires.

—Y usted viene a México para disfrutar de sus vacaciones…

—Ahá.

—Yo también vengo de los Estados Unidos pero no para disfrutar…

Y le confió que había trabajado año y medio en Texas como peón en un rancho. La hija del patrón, una texana de dieciocho años, se cayó del caballo y el pie se le quedó trabado en el estribo. El caballo la arrastraba. Cuando él quiso pararlo, el caballo se le fue encima y con una pata le aplastó el vientre. El patrón lo hizo atender en el hospital pero apenas lo vio levantado, como ya no podía trabajar, le dio unos dólares y lo despidió.

Rueda había relatado su desgracia con una voz tan educada y con palabras tan finas que Rusell admiró el contraste entre sus maneras de aristócrata y su facha de mendigo.

(“Este argentino me está mirando como si yo le desdibujara la idea de peón mexicano que los yanquis le inculcaron. Mejor”.)

—¿Y usted? —le preguntó a Russell—. Cuénteme algo de usted.

Russell le confesó que era un señorito aburrido que ni trabajaba ni estudiaba, porque no se podía llamar trabajo a la función de espantapájaros que cumplía en la opulenta empresa de su padre ni llamar estudio al interés por el pedigree de caballos de carrera.

Rueda, contento de ser el más interesante de los dos, retornó la autobiografía: que por la muerte del padre se había visto en la necesidad de mantener a la familia; que abandonó sus estudios y se deslizó a Texas para acumular dólares… Hablaba con un cantito adormecedor.

(La noche baja sus párpados sobre las ventanillas. También los párpados de los ojos bajan y todos los pasajeros duermen. A la oscuridad sigue la claridad; al dormir, el despertar. Entre un estado y otro cambia el panorama: llanura en el desierto, selva en el trópico, cerros cubiertos de terciopelos de varios colores. Monterrey, Victoria, Tamazunchale… A cada curva, una vista deslumbrante.)

El autobús ahora subía en espiral hacia un cielo azul. Russell se sintió dentro de un inmenso caracol de luz y lanzó una exclamación de placer cuando, desde lo alto de una montaña, divisó un valle verde recorrido por un río de plata. Rueda se sonrió:

—¿Le gusta? Sí. Hemos llegado “a la región más transparente del aire”. Es un paisaje bello. Pero fíjese también en el hombre que lo habita —y señaló a unos indios que marchaban como animales cargados de bultos. Recitó una poesía:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros de petróleo el diablo.

… y después reflexionó:

—Aquí la realidad es tan fuerte que incita a escribir, ¿no le parece?

—Si usted lo dice… Porque usted sí que es poeta, ¿no?

—Poeta no. Esos versos no son míos. Son de López Velarde. Pero escribo. Cuentos. Escribía, mejor dicho, porque ahora no escribo más. Debo trabajar duro para que mi madre no se muera de hambre. ¡Adiós literatura, pues! Lo que gané en Texas como peón nos servirá para tirar unos meses. En cuanto recobre la salud tendré que cruzar el río Bravo una vez más. Pero me gustaría escribir. Escribir sobre…

Y Rueda empezó a describir la belleza de las regiones de México y el trágico perfil del mexicano de cada región.

En la próxima parada bajaron a comer. Rueda se acercó a un quiosco donde vendían curiosidades para los turistas, revistas, libros, y platicó con la vendedora. Russell, al quedarse por un momento a solas y respirar el aire fresco, reparó en que dentro del autobús se había acostumbrado al tufo de su compañero de asiento hasta el punto de no sentirse molesto y confió en que, durante el resto del viaje, su olfato se acostumbraría de nuevo; y si no, ¡qué importaba!; la bueno conversación valía esa molestia. Eligió mesa en el restorán y le llamó la atención que Rueda tomase un libro del quiosco como si fuera suyo y sin pagar por él se lo trajera.

—Es para usted —le dijo Rueda mientras se sentaba—. Quiero que lo lea. Así comprenderá el dolor del mexicano en esta tierra tan bella.

Russell leyó: Juan Rulfo, El llano en llamas. México: Fondo de Cultura Económica, 1953. Y ya de vuelta al autobús, se puso a hojearlo. Al rato le dijo a Rueda:

—Usted escribe cuentos como éstos, ¿no?

—¿Por qué me lo pregunta?

—Porque he notado que usted mira las cosas y las caras con una rara intensidad, como si no quisiera olvidarlas, como si se preparase para escribir sobre ellas. Además, encuentro aquí unas frases muy parecidas a las que le oí a usted.

Cerró el libro, releyó el nombre del autor en la cubierta y le dirigió a Rueda una sonrisita que pretendía ser sabia y sobradora.

(“¡Mi Dios! Este argentino me toma por Juan Rulfo. ¿Qué le digo? No sabe nada ni de literatura ni de México. Nunca ha oído hablar de Rulfo. Ni siquiera debe saber que es un hombre de casi cuarenta años y no de acá sino de Jalisco. Probablemente nunca en su vida ha conocido a un escritor y ahora quiere convencerse a sí mismo de que en su primera salida a México le sucedió algo extraordinario”.)

Y con otra sonrisita también irónica Rueda le dijo a Russell:

—Usted cree que soy Juan Rulfo, que yo escribí El llano en llamas, ¿no? Lamento decepcionarlo, pero yo no lo escribí. Yo no soy Juan Rulfo.

—¡Hummm! Usted es orgulloso. Usted no se da a conocer a cualquier desconocido. Usted no confía en mí. Usted no quiere que yo ande diciendo por ahí que conocí al autor de este libro en la condición de peón de Texas. Por eso, cuando deletreé las iniciales de su pañuelo usted, en vez de darme su verdadero nombre, rápidamente convirtió la J y la R en un tal Juan Rueda, que no existe.

Rueda, al tiempo que se sentía estudiado por Russell, lo estudiaba a él hasta que con un “¡bueno!” rompió el silencio:

—¡Bueno! Le he mentido. Sí. Yo lo escribí. Yo soy Juan Rulfo —extendió la mano, tomó el libro, pidió prestada la pluma e inscribió una dedicatoria: “A Juan Russell en recuerdo de un feliz encuentro en México, su amigo Juan Rulfo”.

Entonces en Russell obró el mecanismo mental de la contradicción. Había creído que Rueda era Rulfo porque éste le dijo que no; ahora dejaba de creer porque le dijo que sí. ¿Habría Rueda aceptado el papel de impostor para darle el gusto o más bien porque en el fondo le halagó el quid pro quo? Si era así, bueno, que se hiciera la ilusión de que por lo menos para un turista argentino de paso por México él era el autor de un libro.

En Jacala se despidieron con un afectuoso apretón de manos. Dos caras que cambian sonrisas son dos espejos que se enfrentan. Una conciencia reflejaba a la otra: “Sé que sabes que sé que sabes que sé…”. Se engañaban sabiendo que se engañaban. El autobús arrancó. A través de la ventanilla volvieron a saludarse. La figura del mexicano mal entrazado, esquelético, oscuro, enfermo, se fue achicando. Una ola sentimental inundó a Russell. Simpatía. Ternura. Lástima. Y de repente se sintió alzado por una emoción desconocida: la del nacimiento de unas tremendas ganas de escribir. Fue como si el espectáculo ajeno provocara el deseo del éxito propio, como si en la guerra del espíritu un soldado llenase el hueco de un soldado caído, como si el mexicano le hubiera pasado el alma con la facilidad con que un cuerpo le pasa a otro una pulga. Contagio. Emulación. Juan Rueda no podía ser un Juan Rulfo porque la pobreza lo condenaba a trabajar de sol a sol. Pues bien: ¡él, Juan Russell, rico y ocioso, sí sería escritor!

***

En la estación terminal de la Ciudad de México, los limpiadores del autobús encontraron olvidados sobre el asiento un ejemplar de El llano en llamas. ¿En qué sitio Juan Russell se dejó olvidada también la vocación literaria? Porque en veinticinco años nunca hemos oído hablar de él.

Por Enrique Anderson Imbert

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