Por Kaizar Cantú

No estoy seguro de cómo ni de por qué, pero terminé hablando de pornografía con una amiga. Me comentó que un compañero suyo es muy fanático de las playmates de Playboy y que, por un entusiasmo que lo obligaba a compartir su fanatismo, supongo, le mostró un par de videos de las chicas en acción. Atenta a la pantalla, ella no pudo evitar notar que había algo muy fuera de lugar entre los muslos de todas esas mujeres.

—Se ven falsas.

—¿Cómo que se ven falsas? —preguntó el fanático.

—Sí, sus vaginas; parecen operadas. Fíjate.

—…Oye sí, están raras.

—Están bonitas. Demasiado bonitas.

Intrigado, le pregunté qué notó para pensar que esas mujeres se operaron el secretillo. Esperaba que me describiera alguna obscenidad, pues a uno le resultan evidentes irregularidades de ese estilo cuando son exageraciones, groserías, algo que no califica como fantasía siquiera, sino que ha degenerado ya en la caricatura. “No estoy segura”, me dijo. Ni ella ni su compañero pudieron ubicar con certeza lo que hacía de aquellos genitales obras plásticas, construcción del hombre y no fruto de la Naturaleza. “Todas se veían muy perfectas”.

La curiosidad me orilló a ejecutar una muy breve investigación —y, sí, estoy al tanto de la bendita conveniencia de la circunstancia—. Abrí el buscador de imágenes de Google, teclee dos palabrillas (beautiful pussy), di un click y, pluff, floreció en mi monitor un estallido de tonos rosa y durazno.

Anduve observando las imágenes por un rato, y aunque no distinguí una forma única, sí alcancé a notar algunos rasgos predominantes: piel con rubor delicado, casi de muñeca; labios infladitos, palpables; apertura vaginal módicamente amplia, que no aparente uso excesivo; un rosa que se acerca al rojizo, pero nada más poco, hasta alcanzar un parecido leve con la goma de mascar clásica cuando ya pasó por varias magulladas entre las muelas. Y, claro, poco vello.

No sorprende la existencia de un ideal de belleza genital, tanto femenino como masculino. Lo que llama la atención, al menos a mí, es la posibilidad de que la industria pornográfica sea el taller en el que se experimenta con las formas y colores de la carne, donde se concreta un ideal de cuerpo (o porciones de éste) que luego es sacado a la luz, montado sobre un pedestal y reproducido en cientos de millones de papeles y pantallas.

Aunque tiene suficiente sentido. El porno es fotografía o cinematografía; amerita un cuidado de las formas colocadas frente al lente, por vulgares que éstas puedan parecerle a las sensibilidades más puritanas. Fotografiar sexo explícito tiene su ciencia. O su arte. Es muy probable que la práctica esté sujeta a modas, movimientos, variantes y evoluciones de un estilo, experimentos que abren brechas o se van a pique envueltos en llamas. Y por supuesto que la carne, sobre todo la más sensible y secreta, obedece esos caprichos.

Ese cuidado de los contornos y demás cualidades de la vulva, decía mi amiga, es una curiosidad que antoja su estudio desde diversas perspectivas, y estoy de acuerdo. No estarían nada mal unos cuantos vistazos a las implicaciones psicológicas que puedan tener las preferencias del canon actual; morfologías de la vulva en la industria pornográfica, destacando sus particularidades en cada país; una semiótica de las variantes o la estandarización de las vaginas en la pornografía.

Las posibilidades son muy amplias. Tanto que no parece descabellado que, con una poca de suerte, alguien ya se nos haya adelantado a la idea por varios años, o décadas incluso. Quién sabe, tal vez ya exista una extensión más o menos reservada pero bien establecida de la academia cuyos miembros se dediquen de lleno al estudio minucioso de publicaciones y cintas pornográficas. Seguro que sus publicaciones tendrían títulos fenomenales. 

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