¿Sirvió de algo cambiar la señal?

Por Míkel F. Deltoya

       I

Esa enorme caja negra, convexa, pesadísima, cuando no tenía los dos cables (amarillo y blanco) conectados, y el rojo unplugged (pa’que respirara), permitiéndome jugar algún videojuego, estaba con ese coaxial blanco insertado detrás, dándonos la posibilidad de más de 40 canales del servicio básico de n compañía de cable.
Cuando no estaba, en la mañana, haciendo ruido de noticias irrelevantes mientras mamá secaba su cabello, hacía ruido mientras mi hermano charlaba con la novia en turno. Cuando no estaba acompañándome a hacer mi tarea con dibujitos animados (animé, caricaturas de acción, una que otra serie de nostalgia noventera), trasmitía algún programa de revista.


Los sábados por la mañana pasaban grandes programas, y valía la pena levantarse temprano. Ocasionalmente había buenas películas. Era el primer lustro de la década de los 2000.

     II


Un análisis reciente (Ibope-Nielsen) informó que los habitantes del área metropolitana de Nuevo León destinaron 9.4 horas diarias a ver la televisión entre enero y agosto de este año.

 

III


Cuando mi abuelo nos compró una computadora de escritorio, dicho aparatejo sustituyó al televisor (que terminó en el cuarto de mi hermano). Como aún no teníamos Internet, utilizaba la máquina para jugar con emuladores (NeoGeo, Snes9x) o bien para escribir cuentillos en Word. Posteriormente, mi mamá contrató servicio de Internet, hito histórico que hizo que dejara de gastarme 15 pesos diarios en los cíbers chateando con mis amigos en MSN. Nos turnábamos la compu mi hermano y yo, hasta que a él le regalaron una laptop. Como la compu estaba en mi habitación (pesado monitor gigante, CPU ruidosísimo), me volví un adicto: jugando jueguillos de rol, mirando películas en distintas páginas.

 

IV


El plan del gobierno de Enrique Peña Nieto fue el de entregar televisiones de plasma dentro de una caja de cartón con el logotipo “Mover a México” a más de 10 millones de familias. Fue sonado que muchos de los acreedores a semejante “premio” terminaron empeñándolas, vendiéndolas en páginas de comercio informal, o bien, regalándolas. Algunos se formaron dos veces, otros llegaban en camionetas lujosas a recoger su televisor.


Y es que un país donde gobiernan las Televisoras es también un país donde a caballo regalado no se le mira el diente.

 

V


Cuando llegué a Monterrey, renté en un pequeño cuarto de 6 por 4 con un enorme mueble para poner libros, una cama individual y un pequeño ropero. Enfrente, un mueble para poner la tele. Los mismos renteros me vendieron una a 900 pesos que se fueron pagando en abonos cada que les daba la renta. Pesado aparato de 18 pulgadas. Pésima inversión, pues pronto empezó a fallar; la pantalla se ponía negra aunque el audio sí funcionase, breves parpadeos oscuros que después de un rato se volvieron constantes. Un técnico me cobraba 600 por arreglarla, gasto que vi innecesario. La tele quedó arrumbada, y luego, cuando renté en otro sitio, dejé ese aparato que había pagado.

 

VI


Cifras del CIRT (Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión) indican que en el área metropolitana de Monterrey, 948 mil hogares tienen televisión, versus 252 mil que carecen de la misma. De los que tienen, un 67 por ciento cuenta con servicio de cable satelital.

 

     VII


La telebasura regia ha sido (para mal) un distintivo del entretenimiento, y ha dado a México un formato de programa que gana adeptos: carnavales coloridos en shows cerrados, un conductor (ególatra, patán, carrillero, pusilánime), dos o tres conductoras “autoridad” (chavorrucas), dos conductoras jóvenes (guapísimas, caracterizadas como niñas), una decena de chavos guapos que bailan coreografías juveniles, dos o tres bufones (algún personaje obeso, un payasito, alguna “loquita”) y un batallón de 15 o más mujeres guapísimas que fungen sólo como ornamento. Hay una fórmula básica: por cada 20 minutos al aire, 16 son de coreografías, 3 de patrocinadores y 1 de bromas entre ellos.

 

VIII


El Internet le ha dado un duro golpe a la televisión abierta, coronándose como el medio para ver películas (a través de plataformas como Netflix), recibir las noticias (en los feeds de redes sociales) y encontrar posibilidades infinitas de entretenimiento. Creían que con involucrar a los internautas con programas en vivo o con explotar chismes de famosos le darían al blanco, pero la verdad es que hoy en día, programas como Big Brother (2015) ya no importan.


Ah, pero apenas sale uno a comprar comida durante n juego de los equipos locales, ve cómo las familias que no tienen cable sí cuentan con pantalla plana conectada a una laptop que recibe el streaming del juego de Tigres o Rayados.

 

IX


Internet, los smartphones e incluso las computadoras de escritorio o portátiles son un lujo que no todas las clases sociales pueden darse. Para familias marginadas, es mejor inversión una buena pantalla plana (no importa que para obtenerla te endeudes por 7 años). En el peor de los casos, conviene más comprarle el convertidor a Güelita, para que pueda ver su novela.

 

X


El mismo análisis reciente informa que los habitantes del área metropolitana de Nuevo León destinan 8.4 horas diarias a ver la televisión desde el apagón analógico. ¿Qué le pasó a los otros 60 minutos?

 

XI


Mi televisión está apagada desde que regresé de un viaje a Guanajuato. Echo de menos tenerla prendida para que haga ruido, para que se escuche menos solo mi departamento.

 

XII


La CIRT expone que las personas con más bajos recursos en el estado representan un 10 por ciento del total de hogares, mientras la media en el país es de 30 por ciento.

 

XIII


Los valerosos sobrevivientes, con su televisión digital, contentos cambiándole a los canales; sonrientes al ver a las pléyades bailando; llenos de regocijo al mirar el noticiero de María Julia; frenéticos mirando Venga la Alegría u Hoy.


El canal de repente se pixelea, se traba la imagen, aparece un breve “No hay señal” y luego regresa a la programación habitual. Los sobrevivientes sonríen más; pueden ver el rostro del galán en HD y cómo rebotan los pechos de las actrices. Se conforman, sonríen. La tele ha sido no una segunda escuela, sino La Escuela. Tiembla poquito esa caja de imágenes, está un poco enferma… pero sigue gobernando.

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