Por Samantha Villarreal

La conversación es el sitio en donde existimos. En ese intercambio de palabras y significados construimos el entramado que da forma a lo que somos. Nuestra historia, el presente y lo que podríamos visualizar como un plan. La conversación es el sitio en donde el ser humano puede crecer y ampliar sus horizontes, la tierra en donde crece.


Cuando hablamos, generamos puentes que nos unen con otros, hacemos un intercambio con el otro, que nos acerca a él. Entonces ya no estamos solos, e incluso el proyecto social tiene sentido. Porque el otro tiene caminos que nos hacen creer en proyectos o imaginar mundos posibles.


Y por conversación no hago referencia al hecho de enunciar cientos de palabras por minuto. Hago referencia al hecho de compartir significados que nos acerquen. Nada puede causar mayor escozor en mí que una persona que habla por reflejo, como si acumular palabras enunciadas fuera síntoma de salud. Ya tenemos suficientes merolicos y opinadores vacuos.

Pero no aprendemos.


En cambio, el silencio (entendido como la soledad prolongada) es la ansiedad que generan las preguntas cuyo eco se queda en medio de nuestras ideas, vagando solitarias, como si el mundo fuera más bien una isla en la que habríamos de hacer frente en solitario al conjunto de días que conforma la vida. Un detonante para la histeria colectiva que sólo es capaz de pensar en sí misma y para sí misma, incapaz de entablar un intercambio de ideas.


Es cierto que esta cualidad nos ayuda a indagar de una manera más profunda en nuestras orillas y en lo que contenemos, pero también es cierto que este ejercicio, siempre es más profundo si cuenta con un interlocutor, porque ahí el universo se desdobla. ¿De qué sirve imaginar un mundo posible si no tenemos con quién compartirlo?


En una sociedad con un éxtasis de comunicación vacía y sin sentido profundo, es importante favorecer espacios, ideas, momentos y vínculos. Habrá que defender la conversación de aquellos que nos hacen crecer y comprender que acompañar al otro debiera estar mucho más allá de nuestra natural torpeza.


El silencio jamás habrá de ser la respuesta, porque lleva con mayor facilidad hacia la idea del abandono y el desarraigo. ¿Quién no se siente en casa cuando tiene una conversación cuyos significados comunes son tantos que incluso se preside de las palabras para entenderse? De eso se trata la magia de la conversación, de crear nuevas formas de acercarnos al otro y de mantenernos ahí, cerquita.


Una transferencia de calor a través de los símbolos para mantener el ánimo encendido y hacer frente a la cotidianidad y a las rutinas que, queramos o no, tenemos que cumplir. A nadie le ha hecho daño la conversación con el otro. Al contrario, nos convierte en seres tolerantes y acompañados que pueden comenzar a construir. A nadie le ha hecho daño visitar el oasis de una conversación larga, tranquila, que nutra y reconforte el alma de quienes participan.


Cada vez es más difícil encontrar personas sensatas que sin exigencias acepten nuestra humanidad con ventajas y abismos. Hay que saber aprovecharlo. A nadie le ha hecho mal sentirse acompañado. El silencio no es la respuesta.


Y este es un mensaje en una botella; desde el exilio absurdo y autoimpuesto.

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