Por Kyzza Terrazas

Opinamos. Nos enfrentamos aquí en diatribas. Qué mierdas nos creemos. Señalamos a los demás. Yo lo hago. Al día siguiente me arrepiento y sudo una cruda moral que es peor que la que te causan tres gramos de mala cocaína. Enfilo cierta rabia hacia mis amigxs que me han abandonado. Algunxs creemos que existe una emergencia en el territorio, pero parece que muchxs no lo ven de esa manera y nos consideran histéricxs. Voy a ser padre. Muere un maestro tras golpiza de la policía. Claro, señalan a la CETEG. Son violentos. La hermana de un amigo sigue secuestrada. Escucho en el homenaje a Carlos Montemayor en el Palacio de Bellas Artes —mientras muere el maestro en Acapulco— que él siempre defendió la idea de que las insurrecciones violentas enraizadas en los de hasta abajo, en los pueblos indígenas, tenían como objetivo la paz y no la guerra. Mi mujer está embarazada y yo siento esa pulsión de vida. Leo los tuits de Peña Nieto. Quiero matar aquello que los anima. Escucho durante 5 horas análisis sesudos con cifras certeras sobre la crisis sistémica que atraviesa esto que llaman país pero que yo prefiero llamar territorio. Escucho rap. Una práctica sometida a la burla, vista con sorna desde el olimpo de la alta cultura. Hablo con quienes lo practican. Grabamos momentos. Nos reimos y nos hace feliz una puta rima que tal vez nada dice. Pensamos, después de todo, que la palabra cuenta. Que vale la pena defenderla porque es poderosa cuando es bien pinche honesta. Aunque hable de cuánto dinero queremos ganar. Aunque hable de nuestros oscuros deseos y de que la esperanza no existe más que en los cerdos belfos de lxs políticxs. Siento asco. De mí mismo para comenzar, pero también de todos aquellxs que se burlan, que se dejan seducir como yo por el rumor de la diatriba superficial. Por más que digan, que lean, que prueben que saben y argumenten mejor, nada estará por encima de la dignidad. Levantarse temprano y respirar al tiempo que enfilamos hacia la calle o al campo y pensamos que nada somos. Que moriremos pero que, a pesar de anticipar siempre el fracaso inevitable, lo hemos intentado. Ser menos grosero. Aniquilar este ánimo asqueroso de trascender. Dignidad de arrugas y de fusil y de teclado de computadora.

Deseo a todxs las víctimas de violencia —que incluye a sus familiares— que encuentren solaz, que puedan volver a probar, con gozo, el pan y el vino y la sal.

 

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