Por Diego Legrand

En Monterrey hay un rapero que lee a Góngora y a Quevedo. Escribe sus versos en forma de nubes, escalando los cúmulos, estratos y nefelibatas a medida que avanza en su trabajo artístico. Frente a una caguama León, en la tocada de un célebre cantante de cumbia que se fue de copas con García Márquez en alguna ocasión, admite que realizó su trabajo lírico en parte por la obra de Cortázar, y en parte porque es difícil que Conarte financie un proyecto de rap que no tenga aunque sea un pequeño lado intelectual pomposo, en esta región donde el hip-hop es sinónimo de barrio y de pandillas. El hombre usa camisas negras sobrias, pantalones de vestir y una pequeña gorra ladeada, parecida a la que portaban los cantantes del swing parisino ochentero que hizo furor durante numerosos años en los bajos fondos de la Nueva Orleans.

El artista es completo y se desvive por su obra, aunque en su tiempo libre corrija el estilo de un periódico fallido regio. Este homie que vive en la parte baja de la Indepe está acostumbrado a que el taxista lo deje en la entrada del Seven más cercano, para no viajar hasta la puerta de su casa, y entiende que una juventud de barrio duro no se reconozca en la vieja guardia rapera, clasemediera de Monterrey. Llegando a la cuarta botella de León, recuerda que cuando era más morro, sus vecinos sacaban unas bocinas gigantes sobre sus techos y balcones e inundaban la calle de vallenato, que aunque no le gustaba, animaba todo el vecindario y le daba una vida que no es más que un triste recuerdo hoy en día. En medio del rap malandro y romántico que inunda los barrios duros y las camionetas fresas de San Pedro, hay un rapero que lee a Góngora y a Quevedo en Monterrey.

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