Por Federico Campbell

Enfermos mentales donde había gallinas. La historia de un manicomio de los años setenta 

Un antiguo gallinero con catres humedecidos por el orín, sin excusados, donde se recluye en castigo a los enfermos mentales “que se portan mal”. Eso constituye el Pabellón G de la granja La Salud Tlazolteotl, en el kilómetro 33 de la vieja carretera México-Puebla, uno de los hospitales campestres construidos a principios de los años sesenta como parte de la Operación Castañeda. “Lo terrible, más de 15 años después —dice José Luis Bobadilla, estudiante de medicina—, es que se ha mantenido inalterada la estructura de la Castañeda: entre ésta y los pequeños hospitales existe una continuidad de procedimientos, organización, violencia e ideología”.

El Pabellón G (especie de apando mental no muy distinto al que existía en Lecumberri) es, pues, un indicador del sistema terapéutico represivo que se sigue utilizando en prácticamente todos los hospitales psiquiátricos mexicanos. Es el ejemplo más dramático de un sistema y de una mentalidad médica que pretende curar o aliviar mediante la amenaza del castigo: si el enfermo se exalta, se le da un tranquilizante; si se torna agresivo, se le da un electrochoque.

Granja al fin y al cabo, la de La Salud Tlazolteotl tenía gallinas que ponían cuatro o cinco huevos diarios para una población de 450 enfermos. Del gallinero al comedor desaparecían los huevos. Pronto las gallinas también se esfumaron, aunque paulatinamente. Entonces el gallinero fue convertido en sala de reposo o reclusión. Se sacaron las jaulas y se metieron catres. Se colocó después una puerta de hierro. Todo lo demás quedo igual.

Entre muchos otros, cinco estudiantes de medicina han sido testigos durante cinco semanas y cinco horas diarias, de lunes a viernes —mientras asistían a su curso de psiquiatría—, de las condiciones de abandono, mendicidad y desesperanza en las que sobreviven los enfermos enclaustrados allí. Los testigos presenciales son José Luis Bobadilla, Daniel López Acuña, Mauricio Ortiz, Aurora Orzechowski y Alejandro Alagón.

“Mi objeción básica —dice Alejandro Alagón— es al sistema de represión que existe en la granja: el encierro en el gallinero, la coerción para lavar los excusados y los patios y sobre todo la falta de atención médica personal. No hay comunicación psicoterapéutica entre médicos y pacientes. Cada uno necesita una entrevista en lo particular y no la recibe; acaso una vez al mes, si bien le va. Yo vi que si los enfermos son muy tranquilos se les deja vegetar, pero si son ligeramente violentos entonces se les administran drogas o electrochoques o se les encierra en el gallinero cuando se portan mal. Lo que hay allí, en el Pabellón G, son unas cuantas colchonetas; los enfermos defecan en el patio, las únicas ventanas son unos hoyos como de 10 centímetros a lo largo de las paredes. Recuerdo que uno de los pacientes, el lavador de los coches de los médicos, fue encerrado allí durante cinco días porque le mentó la madre a uno de los psiquiatras que lo había tratado mal”.

 

LA REHABILITACION: UN MITO

Si en un principio se pensó en los hospitales campestres como centros de rehabilitación, su proclamación como tales no es sino una mentira oficial.

“Los enfermos de la granja nunca son rehabilitados —dice Mauricio Ortiz—. El mito de la rehabilitación sólo sirve para justificar la represión terapéutica. Muy pocos, o casi ninguno, salen rehabilitados. Y es que casi todos los internados son proletarios o pertenecen al lumpen. Y a pesar de que su locura se explica como un accidente natural, desligado de determinantes sociales, curiosamente son muy pocos los miembros de la clase rica que la sufren. En estas condiciones mexicanas, ¿qué sentido tiene rehabilitar a un grupo de proletarios en un país donde el 40 por ciento de la población económicamente activa está desempleada o subempleada?”.

Para Daniel López Acuña, el problema esencial es que “son viles basureros de todo un sistema de atención médica, independientemente del rol de exclusión o marginación que puedan tener dentro del propio discurso psiquiátrico. Aunque se supone que tienen un papel de rehabilitación de enfermos mentales no crónicos, las granjas concentran enfermos mentales de toda índole: los epilépticos conviven con los oligofrénicos, los alcohólicos, los esquizofrénicos y con personas (pobres pero no enfermas) que no tenían otra posibilidad de alojamiento. Conocí a un niño de 14 años que cuando no consiguió inscripción en la secundaria lo metieron allí, y se le infundió el miedo de que la epilepsia se contagia y con ello le formaron un cuadro de paranoia. La granja es, pues, el coto donde se encierra el desecho, la escoria de la sociedad, sin pretender una acción rehabilitatoria. Lo que allí está ausente es un criterio democrático, participativo por parte del enfermo que no es respetado como ser humano: el fin implícito es domesticar y tener quieta a la manada de salvajes”.

Existen en la granja La Salud cuatro niveles de represión: la física, la económica, la sexual y la terapéutica.

1. La física está ilustrada en el Pabellón G por los cuartos de aislamiento y la práctica de amarrar a los pacientes en sillas. A uno de los recluidos allí le quitaron los cuatro dientes de enfrente porque mordía a los demás enfermos que, como él, viven junto a sus excretas, se orinan en sus camas, mendigan cigarros y monedas. “Todos ellos están muy ansiosos por salir a otras zonas de la granja —dice Aurora Orzechowski—, pero de granja no tiene nada, pues una granja sin pollos ni huevos no es una granja. Hay unos cuantos sembradíos secos, unas 10 o 15 vacas flacas con disentería que excretan borbotones de sangre. No sé si se les ordeña o no, pero el caso es que los pacientes nunca toman leche”.

2. La represión sexual se manifiesta así: los pacientes tienen prohibido tener relaciones sexuales. Al ser un hospital de puros hombres, no se les da la posibilidad de tener relaciones con el sexo opuesto. No están permitidas las visitas conyugales y una relación homosexual es reprobada y considerada como mala conducta. “Y es que no tienen intimidad —dice José Luis Bobadilla—; viven en cubículos de seis camas y los baños son públicos. Muchos practican la homosexualidad porque están condicionados por la situación. En una época, unas prostitutas merodeaban en la noche cerca de la granja. Los enfermos se brincaban la cerca e iban con ellas, pero pronto las autoridades mandaron construir una barda”.

3. La represión económica se funda básicamente en que se obtienen ciertas ganancias a partir del trabajo de los pacientes que hacen zapatos en los talleres sin recibir remuneración alguna. Los zapatos se venden en el hospital de leprosos que está enfrente. Además, muchos pacientes prestan servicios gratis, como lavar los coches de los médicos o arreglar el jardín del director.

4. La represión terapéutica tal vez sea la más irresponsable. Se siguen utilizando los electrochoques sin la más mínima indicación. Con el pretexto de la mala conducta se justifica la terapia electroconvulsiva, que se da sin hacerle al paciente un electrocardiograma antes ni ofrecerle un relajante muscular. “Algunos han recibido más de 30, número de electrochoques que ya es peligroso y riesgoso, que causa daño neuronal”, comenta Daniel López Acuña.

 

FATIGANTE Y BRUTAL TERAPIA

Por otra parte, la cura de Sakel, aunque poco, se sigue usando. “Consiste en una inyección de insulina que produce un coma hipoglucémico (baja el nivel de azúcar, que es el principal medio para utilizar el oxígeno), y se produce una disociación de la psique, con lo que se logra que los enfermos se conduzcan mejor después de esta fatigante y brutal terapia. Hay un buen margen de mortalidad, aunque yo no supe de nadie que muriera en la granja”, dice José Luis Bobadilla.

Curiosamente, en una granja de puros hombres, el médico residente es ginecólogo.

Por otra parte, no se individualiza el tratamiento. No se buscan salidas que no sean las pastillas, los electrochoques. A todos se les da el mismo fármaco con la misma dosis y “se llega al extremo criminal —dice Mauricio Ortiz— de probar medicamentos aún no aceptados para uso humano de manera experimental, por encargo de algún laboratorio farmacéutico a algunos de los médicos que trabajan en la granja. Toman a los pacientes, sin consultarlos, como conejillos de indias”.

En cuanto a las historias clínicas, parecen “redactadas por un oligofrénico”, afirma Mauricio. Y Aurora añade: “Cada paciente tiene una historia clínica muy mal hecha, una breve reseña biográfica en la que casi siempre se le acusa de haberse escapado de su casa, de haber fumado mariguana, de haber tenido relaciones homosexuales o de haber tomado pastillas, cuando las pastillas que aquí se les ofrecen son mucho más peligrosas. En las historias clínicas se ve una reacción paranoica por parte de los médicos y de la sociedad a través de ellos: reflejan miedo ante el individuo que infringe la normalidad”.

“Los hospitales campestres han fracasado —opina Alejandro Alagón— porque no han cumplido su función de rehabilitar a los enfermos y porque no se mandó a la granja a los pacientes rehabilitables, sino a pacientes crónicos. O tal vez no había dinero ni personal adecuado que creyera en la rehabilitación del enfermo mental”.

“La base del fracaso —dice José Luis Bobadilla— es que hayan pretendido rehabilitar partiendo de una concepción falsa de la rehabilitación. ¿Por qué regla de tres trabajar es realmente la forma de reincorporar al paciente a la sociedad?, ¿por qué sólo el productivo es sano? Yo creo que hay que analizar la individualidad de cada paciente y su productividad en la sociedad, pero según los términos del paciente, no los de los médicos”.

“Las granjas pasaron de ser un lugar donde se pretendía rehabilitar al paciente para convertirse en un reservorio de gente rechazada por la sociedad y su familia —señala Bobadilla—. Y eso se refleja en la falta de atención médica. Una vez un paciente amaneció muerto de frío fuera de su cuarto, desnudo, nos contó una enfermera.”

Aurora Orzechowski intenta una conclusión: “En realidad no hay prevención en México de las enfermedades mentales. Se les ve a los enfermos como casos individuales porque al sistema social no le conviene que se evidencie cómo falla su estructura socioeconómica injusta. Otra causa del fracaso es que nunca las autoridades psiquiátricas se han puesto a estudiar a la sociedad y a la familia de la cual proceden los enfermos. Hay un componente social muy importante, pero los psiquiatras que tienen el poder médico en México todo lo ven desde una perspectiva biologicista, como si el grupo social no fuera una entidad palpable. Por eso, al no ver las causas sociales, no pueden evitar o prevenir las enfermedades mentales. Y aquí la única salida es la medicina preventiva, y hasta ahora no se ha visto ningún esfuerzo de prevención. Lo de las comunidades terapéuticas oficiales en el campo no es sino una mentira imperdonable. Han fracasado las granjas porque los psiquiatras no atacan, no quieren atacar, la génesis del padecimiento mental. Y sobre todo… aquí, en esta granja, hay una carencia absoluta de afecto. Todos viven en la soledad. La mayor parte no son visitados, y en la relación que tienen con los médicos y sus compañeros se siente una poca de agresión”.

Crónica del 25 de julio de 1977.

Comments

comments