Por Caracol Colunga

En el repositorio de la memoria suele haber fantasmas visuales y fantasmas sonoros, fantasmas del sabor, de la caricia y del llanto. La memoria es el primer dispositivo multimedia del ser humano, el que le sirve para no perderse entre la inmediatez de los días que van rápido y desaparecen dejando sólo fosfenos y parpadeos. De entre los fantasmas es quizá el recuerdo de la voz el que permanece fresco más tiempo: las cuerdas del pasado siempre quedan vibrando mucho después de que fueron tañidas. Y entre los fantasmas del sonido, el de la voz se corona como rey.

Existen voces que jamás se marchan, voces que parecen perdidas pero que cuando vuelven embonan perfectamente en algún cubículo de la memoria que siempre estuvo esperando a ser llenado. La voz de la madre latinoamericana que en la oscuridad y entre nubes de incienso barato para espantar mosquitos canta “Duerme, duerme, negrito” mientras piensa que el hambre no está tan lejana. La voz del afilador. La voz del panadero con el pan. Voces conocidas y desconocidas a la vez, como la de Elías Zavaleta, nuestro Pavlov nacional que con su grito “ricos, deliciosos y calientitos tamales oaxaqueños” pone a salivar a todo ser humano que se encuentre cerca. La de Sonia Casillas, personificación sonora del abandono: “Su llamada será transferida al buzón”.

O la voz de la infancia, la implacable voz de la infancia que trae al presente las alegrías sin coto, el terror de la noche, las mañanas de domingo sin adultos (todos están durmiendo la borrachera, pobres inútiles que no son felices con un simple tazón de cereal y la seguridad de que el mundo espera para rendir pleitesía). La voz de la infancia, una bola de estambre que se deshace en líneas, todas ellas con desembocadura en el corazón. Y una, una en específico: “¡Los atraparé, los atraparé, aunque sea lo último que haga, lo último que haga! ¡Los atraparé, suspiritos azules!”. La voz de Esteban Siller.

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actor-esteban-siller-homenaje-trayectoria-2012Él es un hombre maduro, de frente amplia y copete subrayado por enormes entradas. Es canónicamente guapo y decididamente elegante: barbilla cuadrada, cejas puntiagudas y alzadas, ojos claros que miran al horizonte, vello facial abundante pero recortado. Cavernícola en su masculinidad y lord en los movimientos. Es Sean Connery, es James Bond.

Él es un hombre maduro, calvo de la coronilla y con cabello negro en la nuca. No puede saberse si es más desagradable su nariz que sobresale o el único diente que habita su boca. Entre el sayal oscuro y las cejas de bosque alemán, es sólo maldad y fealdad lo que transmite. Es Gargamel, el villano de Los Pitufos.

Él es un hombre maduro, casi anciano. Híbrido de ZZ Top y Santa Claus: todo el cabello que no tiene en la cima se compensa con la barba blanca que le llega hasta el pecho. Ojos bonachones, sonrisa buena. Es Esteban Siller, es Gargamel, es Sean Connery. Es el artista que tradujo la fantasía sonora de esos dos personajes y más, muchos más, aunque no comparte rasgos con ninguno y aunque nadie relacione su imagen con la de ellos.

Esteban Siller Garza nació en Monterrey el 17 de abril de 1931. Fue un actor de doblaje, teatro y radio que empezó su carrera en esa ciudad. Sus amigos lo recuerdan como un hombre carismático, con buen humor y sensibilidad. También era perseverante y eso se nota en su trayectoria profesional. Empezó como actor de radionovelas en 1958, dentro de las estaciones XEFD y XET, pero decidió buscar más caminos. Aunque Monterrey fue de las primeras urbes mexicanas en producir radionovelas con escritores que redactaban hasta cinco obras diarias y actores que trabajaban en vivo, pronto se estancó. Esteban vio que no iba a conseguir proyectarse más allá y se fue a la Ciudad de México.

No sé si fui valiente o muy tonto”, dijo al respecto de su determinación, pues no conocía a casi nadie en ese lugar; no tenía casa para llegar y tampoco prospecto de trabajo. Así que el primer día decidió meterse al cine. Vio Tres monedas en la fuente, película hollywoodense que hace referencia a la Fontana di Trevi, esa que concede deseos. Allí, Esteban lanzó mentalmente sus monedas; quería ser actor de la voz. Sin embargo, desear no bastaba y al día siguiente se dirigió a la XEW, monstruo de amplitud modulada que en sus vísceras resguardó la música de Pedro Infante, Cri-Cri y Los Panchos, y cuyo dueño, Emilio Azcárraga Vidaurreta, fundaría un imperio que con los años tendría el poder de colocar presidentes a su gusto.

En la XEW había filas y filas de aspirantes, pero Estaban los aventajaba con siete años de experiencia. Le dieron trabajo. Después encontró un conocido que le recomendó rentar un cuarto a tres cuadras de la estación, en el famoso Callejón del Sapo. Trabajo, casa, amistad. Sus tres monedas funcionaron.

Así empezó la carrera de Esteban Siller, quien con el tiempo sería Gargamel, Connery, Sam Bigotes, J.R. Ewing de la famosa serie Dallas, Gene Hackman, Hitchcock, Danny DeVito, Robert Duvall, Búho en Winnie Pooh y el Maestro Oogway, la tortuga sabia en Kung Fu Panda.

Esteban murió el 23 de octubre de 2013 debido a un paro cardiorrespiratorio. Tenía 82 años y muchos recuerdos. Su amigo, Mario Castañeda (la famosa voz de Gokú) dio la noticia en las redes sociales.

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El arte al que Esteban se dedicó es considerado como uno de los más ingratos, especialmente en México. Los salarios son bajos, las jornadas casi a destajo y la protección laboral prácticamente nula. Y no es que la industria del doblaje esté en declive; la cercanía con el principal país productor de películas, caricaturas y series hace que el ritmo vertiginoso de llegada de proyectos resulte en mucho trabajo y más dinero… para los dueños. El doblaje mexicano es considerado como uno de los mejores del mundo. Según un artículo de Milenio, la industria presenta un crecimiento del 10 por ciento anual y genera 15 millones de dólares al año. De las series que llegan al país, 60 por ciento se dobla, aunque va a la baja debido al uso de la tecnología SAT y el acceso a contenidos en su lengua original gracias a internet. Influye, igualmente, el hecho de que muchos actores no vocales o cantantes con fama, como Eugenio Derbez, Aleks Syntek o Consuelo Duval, sean elegidos por las productoras para doblar películas de impacto masivo.

Las condiciones de los artistas del doblaje siguen siendo injustas. Es muy recordado el caso del equipo que trabajó en Los Simpson, quienes se dieron cuenta de cuánta importancia tenía su interpretación vocal y de cuánto marcaron al público latinoamericano. Entonces decidieron irse a huelga para pedir una remuneración equivalente a la labor que hacían, pero les fue negada. El hecho de que los actores estuvieran sindicalizados tampoco ayudó. Los despidieron y contrataron a otros actores. Al programa le salió caro el movimiento, a la postre. El cambio de voces en México y el decaimiento de los guiones en Estados Unidos se juntaron para tumbar la popularidad del show en Latinoamérica.

A pesar de eso, Esteban Siller amaba su oficio. Solía decir de él: “Estamos en una carrera donde no se nos puede decir: ‘Está usted muy viejo para trabajar’”. Y por eso ejerció su talento hasta una edad muy avanzada. Ahora ha enmudecido, pero no se le olvida. En los recuerdos de miles de niños y adultos, entre el caracol del equilibrio y el remolino de la nostalgia sobrevive su voz, un dulce tamiz, un lago grave con aristas, un conducto al pasado.

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