Le gustaba ir en el coche con la música a todo volumen. Se vestía con playeras, pantalones de mezclilla, cachuchas y lentes; amante de los colores del grafiti, (arte que él mismo practicaba), y de los shows de luces de los conciertos psy-trance, que junto con el hip-hop y el reggae, eran sus géneros favoritos, inclusive llegó a ir uno de los más grandes festivales de trance en México: Dharma Festival.

Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa era un joven de 22 años. Nació en Saltillo, Coahuila y ahí vivió toda su vida. Trabajaba como fotógrafo de Sociales en el periódico Vanguardia de Saltillo, uno de los diarios más leídos de esa ciudad. Tenía una novia. Tenía un perro pitbull llamado Ronnie, que él mismo adoptó ya que iba a ser vendido. La madrugada del miércoles 24 de abril de 2013, Daniel Alejandro fue encontrado en una colonia del sur de Saltillo. Estaba muerto y mutilado.

“Al muchacho no lo conocimos ya que era fotógrafo de sociales y apenas tenía un mes, sólo venía por las órdenes de trabajo y a dejar fotos, no permanecía más de una hora en el periódico”.

“De hecho yo nunca lo vi”, comentó un trabajador de Vanguardia, cuando se le preguntó sobre la muerte del fotógrafo.

Ese día, muchos de los reflectores de los diarios nacionales e internacionales se enfocaron en el asesinato del muchacho; consignaron su muerte como la de un periodista. Al día siguiente fue nombrado como halcón y chapulín (miembro de una banda delictiva que se pasa a otra); el titular de la PGJE, Homero Ramos Gloria relacionó a Daniel Alejandro con el crimen organizado, con base en la hermenéutica que la PGJE aplicó a dos mensajes encontrados en la escena del crimen. Más tarde el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, protestó por el trato criminalizante que su propio gobierno había dado al fotógrafo. La estrategia criminalizadora tomada por todos los niveles de gobierno para no hacer su trabajo: investigar, hizo acto de presencia.

Y así fue como Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa quedó acomodado en una larga lista de mujeres y hombres llenos de color en su propia vida, invisibles al sistema y marcados en escarlata tras morir violentamente.

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El trabajo de fotógrafo en Vanguardia no fue el primero de Daniel. Antes laboró en la promoción turística. Aparte de eso, la escuela; la UVM, la UANE, la UNID. Después de este peregrinaje vino la recompensa: pronto iba a graduarse como Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Todavía vivía con sus padres e inclusive compartía cuarto con su hermano menor.

La hermana menor cuenta con cuarto propio y estudia ballet: era “La Reina” de la casa,  bromea ligeramente la joven mientras dice que no recuerda cuáles fueron las últimas palabras que le oyó decir a su hermano antes de que muriera. Tampoco recuerda la última vez que lo vio vivo. Él trabaja todo el día en los eventos sociales. Ella ensaya danza todo el día. Así es la vida de una bailarina. Así es la vida de un periodista.

Luego vino la muerte, pero todavía antes, la vida:

La comida preferida de Daniel Alejandro eran los chiles rellenos. Se desplazaba, vivo, sobre esta tierra; su medio favorito era el coche (propio) y la moto.

Cuando estuvo en prepa tuvo beca deportiva por jugar fútbol. No cuesta mucho saber que su deporte consentido era el mismo de miles de saltillenses, aunque ahí no exista un equipo de Primera División. Así es la vida de un periodista. Así es la vida de un periodista mexicano.

Miembros de su familia lo describen como alguien “cariñoso», que «daba muchos besos y abrazos. Cuidaba a su hermana”. De niños, los hermanos compartían una dinámica que se repitió a diario: a las 7:00 pm, en todas las casas de todas las familias mexicanas de los últimos años 90 y parte de los 2000: veían Dragon Ball Z. Él le prestaba a ella sus juguetes: las figuras de GohanFreezer y Gokú, con quienes algunos le encontraban un cierto parecido, sobre todo por su peinado.

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El 19 de abril los colaboradores de Artículo 19, una organización que lucha por los derechos de los periodistas, fueron amenazados por el crimen organizado. En abril asesinaron en Puebla al periodista Alonso de la Colina; desde Veracruz salió una amenaza contra el periodista de Proceso, Jorge Carrasco; y atentaron contra las instalaciones del periódico Mural de Guadalajara. El domingo 28 de abril se cumplió un año del asesinato en Veracruz de la corresponsal de Proceso, Regina Martínez. Ese día, reporteros, académicos y activistas se manifestaron en Xalapa para pedir justicia por la periodista.

La muerte de Daniel Alejandro no llega en un momento fácil para el periodismo. De los miles de muertos que la guerra contra el narcotráfico ha dejado, muchos son periodistas, comunicadores y demás gente del medio. Los asesinatos de periodistas se vuelven comunes, aunque todavía estén resaltados con una leve línea roja de indignación. El gobierno de Enrique Peña Nieto deja de hablar de violencia y señala con el dedo al hambre.

El crimen contra el fotógrafo de Vanguardia se trató de desplazar en el imaginario colectivo, de uno contra un periodista, a uno contra alguien culpable de antemano. En muchas cabezas queda como el culpable de una equivocación y merecedor del castigo. En otras tantas queda la convicción de que ningún ser humano debe morir sin que se expliquen las razones y se castigue a los culpables. Hasta el 1 de mayo no han encontrado a ningún sospechoso.

Daniel murió en un momento en que, a pesar de todo, se hace comprensible el pensamiento que alberga mucha parte de los mexicanos: que las personas muertas en circunstancias violentas son parte del crimen organizado. Él estaba en el segmento de edad que las estadísticas ponen como el más frecuentemente presentado en supuestos narcotraficantes muertos durante la guerra del narco: jóvenes.

El Universal cita un estudio de la Flacso aplicado en ocho estados del país a estudiantes de secundaria, el cual sostiene que “26.3% de [los jóvenes encuestados] piensan que ellos mismos, sus amigos o personas de su edad les gustaría parecerse a narcotraficantes y sicarios. Después de estas figuras viene el empresario, con el 17% de preferencia, 12.4% se inclinó por el profesor, 10.7% por el policía o militar, 4.4% por funcionario de gobierno y 1.4% por un migrante”.

La figura de Daniel quedará sujeta a la sospecha de pertenecer al crimen organizado, en un país que estructuralmente se está acomodando para incorporar más jóvenes al narco.

En casa de Daniel están siguiendo la tradición católica del novenario. También reciben atención psicológica de “un psicólogo del Estado de México” que se queda toda la tarde.

En su bio de Twitter, Daniel puso la siguiente descripción de sí mismo: “Mi ojo es el único lente que necesito para capturar un momento de la historia”. El fotógrafo fue capturado por el momento de la historia.

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La carga semántica asociada a las palabras “muerte” y “suerte”, en el México de 2013 es muy diferente a la que tiene en China o Francia. En México de 2013 “muerte” y “suerte” riman. Y para algunos sectores de la población es cacofonía.

Atribuir una muerte violenta a la suerte se vuelve lugar común en el país del probabilismo jesuita. La muerte de Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa fue vista también bajo esa óptica, sin saberse qué orden seguía su vida. Daniel murió por la mala suerte de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada en el país equivocado. Al menos esa es la respuesta más clemente que se da cuando se pregunta por muertes violentas en el país. La anterior es la criminalización.

Quizá la suerte sí puso su impronta en la vida del fotógrafo. En la vida viva, en la de todos los días. Llevaba apenas un mes en Vanguardia cuando fue asesinado. El trabajo lo consiguió al ganar un concurso que vio anunciado en el panel de su escuela; oportunidad perfecta que brindaba “privilegios” y “seguro de vida”. En su familia comentan que de su computadora no han sacado nada porque tiene contraseña, pero saben que dentro hay un videocomercial que Daniel hizo para competir por un premio. Todavía no anuncian a los ganador.

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