Una crónica de los hombres y mujeres que se reúnen frente a La Purísima para buscar a sus familiares desaparecidos

 Por Leonardo González

La noche del sábado 13 de noviembre de 2010, David Ibarra y su esposa Virginia llegaron a su rancho en el ejido La Esperanza del municipio de Cadereyta Jiménez, Nuevo León. Eran alrededor de las 7:30 de la noche, ya estaba oscuro por el invierno. En el trayecto notaron con extrañeza que los caminos estaban vacíos y no le dieron importancia. Al estacionarse, a la pareja le pareció raro ver dos camionetas dentro del oscuro lugar de descanso. David bajó a hablar con dos hombres y una mujer, Virginia esperaba nerviosa arriba de la camioneta. De pronto se encendieron las luces. Su rancho, al que iban a descansar, había sido tomado por un grupo de más de 15 hombres armados que se identificaron como policías ministeriales. Fueron encañonados por casi todos ellos, puntos laser se posaron sobre sus frentes, danzando, amenazantes. Las camionetas de lujo con placas de Tamaulipas y Coahuila, los uniformes desaliñados y la prepotencia les hicieron pensar lo peor.

A ustedes los estábamos esperando“, les dijo el que parecía ser el líder del grupo, ataviado de uniforme militar y con arma larga. Una mujer les tomó sus datos. David y Virginia fueron registrados y despojados de sus pertenencias: celulares, carteras, todo lo que tenían encima que tuviera un poco de valor. Sin oponer resistencia, encomendándose a Dios, resignados a lo que les deparara el destino, fueron esposados por varios de estos hombres que luego los subieron a una Suburban negra.

Después de dar varias vueltas, desorientados y aturdidos, sin saber a ciencia cierta qué pasaba, la pareja fue llevada de nuevo a la casa donde alguna vez habían descansado. Los condujeron hacia adentro y uno de los tipos encaró a David. “Estoy en tus manos“, contestó él antes de que el sicario lo golpeara.

Les habían tendido un colchón en medio de la cocina sobre el que les ordenaron acostarse. Los esposos comenzaron a platicar de todo y de nada, una confusa charla que los mantenía vivos, lejos del horror de haber sido secuestrados. Ninguno recuerda qué se dijeron en ese momento, la memoria es confusa, pero las palabras les infundieron el ánimo de saber que al menos estaban juntos.

El sábado en la mañana, David y Virginia volvieron a ser encajuelados. Esta vez viajaron por separado: David en la Suburban negra en la que habían sido llevado la noche anterior y Virginia en una color arena con placas de Tamaulipas. Les taparon la cabeza con una toalla y recorrieron interminables caminos de terracería. Se encontraron así haciendo los rondines habituales de estos sicarios, impotentes, rogando a Dios porque su familia no fuera a buscarlos.

Estos hombres se encargaban de repartir despensas a alguna gente de los ejidos para que les ayudaran a halconear“, recuerda Virginia. Uno de ellos, que parecía ser novato, tomó un sobre y preguntó a otro sobre el contenido del mismo: varios miles de pesos para pagar a federales y otras autoridades que cooperaban. Virginia recuerda haber presenciado una transacción de este tipo en un Oxxo por la salida de Cadereyta.

El lunes por la mañana llevaban ya tres días de haber sido secuestrados. En la cajuela de estas camionetas, David y Virginia perdían poco a poco sus esperanzas mientras volaban a máxima velocidad, levantando polvo por los caminos. Les dijeron que los iban a llevar a General Terán para ahí matarlos. Parecía que su suerte estaba echada.

Fue en uno de esos intempestivos cruces de las brechas sinuosas que caracterizan y comunican esta región, donde las camionetas en las que viajaban los Ibarra se toparon de frente con un convoy militar. El vehículo en el que iba Virginia fue el primero en entrar en el fuego cruzado. La pareja sentía el zumbido de las balas sobre sus cabezas mientras el martilleo de las metralletas retumbaba en sus oídos. Ninguno de los dos pensaba en sí mismos, sólo en el otro y su familia. David y Virginia fueron rescatados por el ejército alrededor de la una de la tarde, pero hasta ya entrada la noche les quitaron las esposas. Al principio los militares no creían que los esposos hubieran sido realmente secuestrados. Tuvieron que pasar varias horas para que los liberaran. David les pidió sin éxito durante todo el día que los dejaran hacer una llamada para avisar a su familia que él y su esposa ya se encontraban bien. Justo en ese momento, después de mucho insistir, se comunicó con su hermano y se enteró que su hija Jocelyn y su novio José Ángel estaban desaparecidos.

El calvario parecía haber terminado, mas apenas comenzaba para la familia Ibarra.

II

Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos A.C. (CADHAC) fue fundado en 1993 por la hermana Consuelo Morales. Desde su fundación, CADHAC se ha dedicado durante dos décadas a luchar por los intereses de los desprotegidos, de los muchas veces olvidados, de los estigmatizados por la sociedad.

La hermana Consuelo es una mujer bajita y desbordante de energía. A pesar de su estatura impone desde el momento en que llega a cualquier lugar. Su rostro es bondadoso pero duro a la vez. Nació el 27 de marzo de 1947 en Monterrey, estudió la licenciatura en Trabajo Social y es religiosa por la Congregación de Canónigas de San Agustín. En el año 2007, cuando Felipe Calderón desplegó a los militares en su llamada guerra contra el narcotráfico, las violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad aumentaron considerablemente. Los abusos contra la población civil de mano de las autoridades han incluido asesinatos, desapariciones y tortura. CADHAC, bajo la dirección de Consuelo Morales, ha denunciado estos abusos, documentando las violaciones y coordinando campañas para exigir justicia. Además, la organización ha dado asistencia clave a las víctimas de los desaparecidos, tanto de fuerzas armadas como el crimen organizado, con tratamiento psicológico y grupos de apoyo.

Virginia Buenrostro es la coordinadora de este grupo de apoyo para los familiares desaparecidos en CADHAC.

Fue elegida a votación por el mismo grupo. Con cierta autonomía pero con el auspicio de esta organización, el grupo se reúne todos los miércoles de cuatro a seis de la tarde y planean actividades con el fin de ayudar en las búsquedas y apoyar a los familiares que han quedado desamparados después de perder al sostén de sus familias. Se hacen colectas para ayudar a pagar el camión de los que más necesitan en el grupo, se compran útiles escolares cuyos destinatarios son los niños que han perdido a sus padres, se organizan eventos y actividades que buscan mantener los casos en la atención pública, para encontrar a sus familiares, para saber de sus paraderos. CADHAC ha logrado acuerdos con la Universidad Autónoma de Nuevo León, en los cuales se entregan becas de preparatoria y facultad a los jóvenes familiares de estas personas de paradero desconocido.

Los primeros miembros de este grupo de familiares de desaparecidos fueron cuatro o cinco familias que empezaron a asistir a CADHAC en el año 2008. Entre ellas estaban la señora Laura, la señora Gloria, la señora Maximiliana, la señora July, todas parientes de policías y tránsitos que desaparecidos.

Ellas hablaron con la hermana Consuelo y comenzaron la lucha. Pero más personas siguieron desapareciendo. Fue hasta el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, cuando se acercaron más personas que no sabían de esta organización.

Cuando comenzó el grupo, la hermana Consuelo les dijo: “nosotros somos una organización que los vamos a ayudar a volar, que ustedes sepan defenderse, que ustedes sepan dirigir sus actividades y exigencias al gobierno“. Y justamente es eso lo que han hechos por ellos. Según la percepción generalizada de las personas que han perdido a algún familiar, sólo con el apoyo de CADHAC se puede hacer que las autoridades se interesen en el caso de algún desaparecido. De hecho, cada determinado tiempo, una comitiva conformada por la hermana y personas del grupo se reúnen con la Procuraduría General de la República (PGR) para exigir atención en diversos casos que atañen a este grupo.

La hermana Consuelo es maternalista y en su afán de resolver las cosas rápido, algunas veces tiene arranques impulsivos“, dice un antigua colaboradora de CADHAC. Aunque también matiza: “Consuelo es alguien con buenas intenciones”.

CADHAC es un segundo hogar para la mayoría del grupo que se reúne cada día en la calle de Padre Mier, frente a la plaza de La Purísima, donde encuentran cordialidad y paz. Cuando todos les cierran las puertas por miedo, aquí se les abren y con brazos extendidos auxilian a la mayoría. CADHAC significa encontrar la ayuda que no han encontrado en ningún otro lado. Además, para Virginia y otras tantas, es también una escuela en la que les han enseñado y dotado de elementos para saber cómo exigir a las autoridades que se investiguen sus casos.

Virginia considera a la hermana Consuelo como una verdadera hermana, y no porque su hábito le dé ese nombre, sino por la ayuda que le ha dado en los momentos más difíciles de su vida. Además, la hermana es para ella un consuelo real; está convencida de que sin su ayuda sería imposible que estuviera como hoy está.

III

Casi al mismo tiempo en que David y Virginia fueron rescatados por el ejército, su hija Jocelyn Mabel Ibarra Buenrostro y su novio José Ángel Mejía llegaron al rancho para buscar a sus papás. De lo que pasó después se sabe poco. Un chofer que trabajaba para David Ibarra también desapareció. Jocelyn y José Ángel habían hecho justo lo que Virginia imploraba que no hicieran.

El grupo armado que había secuestrado a los Ibarra se comunicó por teléfono con ellos. En un principio reclamaron a David por haberles “echado” al ejército cuando los tenían secuestrados. “Nos echaste al ejército, te vas a chingar”, “te crees muy chingón porque te rescataron”, repetían por la bocina los intransigentes sicarios, aunque sabían que era imposible, pues los habían tenido incomunicados durante más de tres días.

David, el hijo mayor de la pareja, que en ese momento trabajaba para una compañía de telecomunicaciones en Puebla, regresó a Monterrey al enterarse de lo ocurrido. Fue él quien comenzó a negociar con los secuestradores para liberar a Jocelyn y José Ángel. Los sicarios exigían 80 mil pesos y los títulos de varios tráilers propiedad de David Ibarra.

David juntó el rescate y acordó verlos en la avenida Eloy Cavazos. Se iba comunicando con su familia, mientras los sicarios cambiaban de lugar de encuentro una y otra vez. Así fue llevado hasta Cadereyta donde habló por última vez con su familia. “Voy a apagar el celular porque me dijeron que lo hiciera“. Fue lo último que se supo de él.

IV

Sobre la calle Padre Mier, frente a la plaza de La Purísima y al lado de una agencia automotriz se encuentran las oficinas de CADHAC. Es de esos lugares que se empeñan en pasar desapercibidos. Uno puede pasar cientos de veces y nunca reparar en ellos; parecen estar construidos específicamente para que sólo las encuentre quien busca.

La pequeña entrada de menos de tres metros de ancho sólo tiene espacio para la puerta y una reja que tapa casi todo el frente del lugar. Un escueto anuncio indica que ahí se encuentra Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos A. C. Un poco más allá, la estampa de las alarmas ADT avisa sobre la alarma con la que cuenta el centro. Al tocar el timbre la puerta se abre y con un saludo, una amable recepcionista te invita a anotar tu nombre en el libro de visitas.

El vestíbulo del segundo piso tiene toda la amplitud que le falta a la parte de abajo. Lo que parece una entrada pequeña, en su planta superior esconde un espacio amplio en el que ha conservado su estilo de casa construida hace muchos años y remodelada hace unos pocos. Hay oficinas, salas de juntas, baños y un vestíbulo donde se realiza la reunión de los familiares de los desaparecidos. Más de 30 sillas de Coca-Cola permanecen colocadas en fila. Sobre el aluminio rojo de cada una de las sillas está sentado un familiar afligido por la pena de no saber dónde se encuentran sus seres amados.

El sofocante calor combatido pobremente con un abanico no amedrenta ni un ápice a los presentes. Aquí el calor se aguanta con agua fría, sudor y la esperanza de encontrar una pista que pueda ayudar a encontrar a sus familiares. La pared está tapizada con recortes de periódico en los que se menciona la lucha de CADHAC, los avances que han hecho; también hay pancartas y volantes de “Se busca”. Si se mira con atención, es esperanza lo que tapiza la pared. No son uno ni dos, sino cientos de recortes, con las señas particulares de muchos de los familiares perdidos.

La mayoría de los asistentes son madres de familia que han perdido un hijo o hija. Escuchan con atención, algunas resignadas y cabizbajas, la narración de Pedro, un tipo fortachón de unos 40 años que frente a ellos expone el secuestro de su hija. A Pedro por momentos le falta la voz, las palabras se atoran en sus labios, abatido en muchas ocasiones. Parece que no tendrá la fuerza para terminar su narración.

En la esquina, muy atentas al relato, algunas señoras parecen haber encontrado la fuerza para seguir en la lucha. “Los vamos a encontrar“, repiten como mantra. Se miran y se convencen entre ellas con la mirada, esperanzadas con encontrar a sus hijos y de pronto se convierten en Sherlock Holmes modernas; atan cabos, deducen cosas, se vuelven expertas en comunicaciones, GPS, información telefónica, rumores… El cántico repetido por estas señoras da a Pedro la fuerza para terminar de contar su martirio, un calvario compartido por casi todas las personas a su alrededor. No tiene noticias de ella desde abril. El último mensaje que le mandó a su esposa fue una “p”. Para él, nunca una simple letra tuvo tanto significado.

Claramente soy el agente externo en este grupo de personas unidas por el dolor, ese dolor seco de no saber el paradero de sus familiares y la desesperanza de la prácticamente nula ayuda de las autoridades. Soy blanco de todo tipo de miradas: curiosas, interrogativas, inquisidoras, a veces desafiantes, algunas más sólo me ignoran mientras se enfocan en el caso que está frente a ellas.

Concluyen con un rezo. Todos se toman de las manos, y se explica que aunque el grupo no responde a ninguna religión, se hace con la finalidad de obtener paz e irse más tranquilos. Después se rompe el círculo y se da la convivencia.

El ambiente se vuelve a veces alegre, la gente sonríe, platican entre ellos. Saben que están dando un paso para esclarecer sus casos.

V

No sólo los militares y los carteles del narcotráfico acaparan los secuestros y desapariciones en el estado de Nuevo León. Aunque parezcan lejanos, CADHAC y el grupo tienen casos de tratantes de blancas. En junio de 2009, Ana Lucía González, estudiante de psicología en la Universidad del Norte, aceptó un trabajo en el Texas Golden Casino. La chica de 23 años y ojos café estaba enamorada de su nuevo trabajo como dealer en mesas de póker y de hecho hacía tan bien su trabajo que le fueron ofreciendo cada vez más horas como dealer, conociendo gente y desenvolviéndose cada vez más en ese empleo.

Ana Lucía era guapa y animada, además tenía el corazón roto después de terminado una larga relación amorosa, así que a nadie sorprendió cuando de pronto empezó a salir con un tipo que decía ser vendedor de autos de lujo.

Después de unos pocos meses de conocerse y tener citas, este hombre de treintaitantos, delgado y de pelo negro le propuso matrimonio a Ana Lucía. Su mamá, Guadalupe de la Garza, le advirtió que era muy pronto para un compromiso así, pero no sospechó del hombre que pedía su mano, pues se había ganado su confianza y no veía problema en él.

Se casaron en diciembre del 2009 y rentaron una casa en el municipio de Escobedo. Casi desde el principio, Ana Lucía se dio cuenta que su ahora esposo no era en realidad un vendedor de autos. Salía todas las noches fuertemente armado, usando máscaras y falsos uniformes militares. Ana Lucía hablaba constantemente con Guadalupe. Le mencionó su preocupación y los uniformes que encontró en la casa, pero le escondía mucho de lo que realmente le estaba sucediendo.

En febrero de 2010, Ana Lucía y su esposo desaparecieron.

Los padres pidieron ayuda a militares de la Séptima zona, quienes se interesaron en el caso debido a los uniformes falsos que Guadalupe les dijo que tenían ahí. Con una orden de cateo, los militares registraron la casa. Allí encontraron documentos que relacionaban al esposo de Ana Lucía con una banda de tratantes de blancas ubicados en Cancún. También encontraron armas, chalecos antibalas y joyería.

Guadalupe comenzó a investigar por su cuenta. Entre los documentos encontrados había algunos a nombre de Estela Percival, pareja y mano derecha de Raúl Martins, ex agente espía de la dictadura argentina y dueño de centros nocturnos en Buenos Aires y Cancún, acusado numerosas veces (entre ellas por su hija, Lorena Martins) de poseer una red de trata de blancas internacional.

El general del ejército que en principio ayudó a Guadalupe y su familia para buscar a Ana Lucía fue transferido a otra zona militar, por lo que el caso quedó pendiente. Las autoridades han planteado a Guadalupe la posibilidad de que su hija no siga con vida. Con frecuencia ella suele imaginar lo mismo. El pensamiento no dura mucho tiempo, siempre hay alguien que le dice que la vio en Cancún, otro la vuelve a desanimar, y así continúa con su búsqueda.

Con la ayuda de CADHAC, donde recibe asistencia legal y psicológica, tres años después, Guadalupe de la Garza sigue luchando para encontrar a su hija. Ahora está ahorrando para pagarse un viaje a Cancún y poder buscar a su hija en aquella zona turística.

VI

Cada 15 días este grupo de familiares de desaparecidos se reúnen en la Macroplaza para visibilizar el movimiento. Alrededor de 20 personas claman ser escuchadas, muestran en las coloridas cartulinas fosforescentes los mensajes de exigencia al gobierno, las fotografías de sus seres queridos y platican con todo aquel que se acerque a preguntar del movimiento.

Unos ofrecen palabras de ánimo. Hay quien lleva a su hija para que vea con sus propios ojos que las desapariciones existen, una advertencia impactante para la joven incrédula. Algunos videntes, con un discurso truculento disfrazado en palabras alentadoras, ofrecen discretamente sus servicios, intentando tomar ventaja de la desesperación del familiar que lo busca. Afortunadamente, en CADHAC les han advertido para no caer en esta clase de estafas.

Virginia, con los ojos anegados en lágrimas y una servilleta en la mano, habla de la búsqueda de sus hijos. Fue hasta febrero del 2011 que la PGR le hizo caso y comenzó a investigar. Cuando los secuestradores de sus hijos fueron capturados, estos declararon que habían matado a David, Jocelyn y su novio José Ángel. La señora Virginia cuenta esto mientras la servilleta se retuerce una y otra vez por la fuerza de sus manos.

Es peor vivir esto, que cuando estuve secuestrada. Sólo espero que no sea cierto. Que esas monstruosidades que dijeron que les hicieron sean puras mentiras. No he vuelto a ser la misma, pienso en ellos a cada momento y en las cosas horribles que les pudo haber pasado”, salen de la boca desbordándose sus palabras, las lágrimas se contienen y la servilleta se contorsiona de nuevo, aunque no la usa en ningún momento, más bien es su apoyo, una especie de soporte que la mantiene firme.

Aunque los secuestradores declararon dónde habían enterrado los cuerpos, estos nunca fueron encontrados, por lo que la esperanza de encontrarlos con vida continúa en la familia Ibarra. De hecho, hace varios meses, mientras David y Virginia estaban reunidos aquí mismo en la Macroplaza, una joven se acercó para decirles que había visto a David en el metro de Colón. No les dijo más. El shock de las noticias nubló todas sus preguntas. Virginia y su esposo lo han interpretado como una señal divina para que sigan continuando con la lucha.

Ahora llega una señora y habla con Virginia. Su hija también está desaparecida y no sabe qué más hacer para que las autoridades la tomen en cuenta. Virginia la invita a la reunión del próximo miércoles en CADHAC.

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