Por Marlene Sánchez Alvarado

Contra Estados Unidos crónicas desamparadas,

Diego Osorno, Editorial Almadía, 2014.

La simbología mediática que atiborra el planeta con toda su mercadotecnia controla las mentes de miles de trabajadores (la moda zombi también ha llegado a la vida real) que llegan a desembarazarse de su realidad sumiéndose en la ficción de la TV y las caras felices que se presumen en los perfiles de Facebook, adquiriendo su smart TV, smart phone, tablet y otros productos “indispensables”, jugando a matar gente en su Xbox LIVE, rezongando y murmurando groserías y mentadas de madre a los manifestantes que bloquean tiendas y echan a perder su “Buen fin”.

Así de pobres estamos, así han encarcelado nuestras mentes, de a poco, como si no ocurriera nada, y cuando leemos a Diego Osorno se nos apachurra el corazón y no queremos seguir leyendo la descripción sincera, esa prosa que asusta, que hiere, que despierta. Ese periodismo infrarrealista que se escribe entre cartuchos percutidos, cuerpos lastimados, piedras lanzadas con la mano, perros muertos, botellas de vidrio volando, sangre y destrucción” (Osorno, 2013).

Diego Osorno (1 de diciembre de 1980, Monterrey, Nuevo León, México) joven experimentado, reportero y escritor atrae a su lector en un periodismo literario. El libro Contra Estados Unidos. Crónicas desamparadas es una protesta contra la violencia, un recuento breve, inconcluso diría yo, de la desgarradora realidad de México. Son historias cercanas de los “pocos” que se animaron a recorrer en esta caravana por la paz encabezada por el poeta Javier Sicilia a través de Estados Unidos, llevando lo único que queda después de haber sido tocado por la mano de la muerte y la destrucción: dolor sin medida y una remota esperanza de justicia, pero también la convicción de poder construir lazos de hermandad entre los que están dispuestos a escuchar.

Diego Osorno escribe la bitácora de la caravana intentando ser objetivo al narrar los encuentros y desencuentros de la voz de los desamparados en el país del “sueño americano” y de cómo cada uno de los integrantes de esta procesión contaba sus memorias presentes (sucesos atroces contra la vida humana) y clamaba por la paz, por la no violencia, luchaban con golpes certeros de poesía y asestaban pequeños golpes a las pestañas del sistema capitalista, al país con más poder económico y político, al que ha instalado guerras en su territorio y en el de sus aliados contra el terrorismo y el narcotráfico.

Mientras repaso las líneas del libro me encuentro sola, en un país que desconozco, lleno de injusticia y atrocidades: narco, violaciones, muerte, exilio, impunidad, complot. Pero también el poder de la palabra me hace fuerte. No la palabra comercial, sino la subversiva, la rebelde, la revolucionaria.

En este viaje se encontraron muros y también escaleras, oídos sordos y brazos abiertos. Finalmente, Diego no puede y se adhiere al periodismo infrarrealista; se involucra, asume también la condición de desamparado. Las crónicas están impregnadas de sus valoraciones y de esa búsqueda periodística literaria que lo coloca no sólo como informador, sino como camarada. 

 

*Este ensayo fue elaborado como parte del Programa de Lectura y Redacción Crítica de la Sección 22 de la SNTE

 

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