Por Kyzza Terrazas

Muy querido mío:

Te escribo desde un mundo donde todavía no existes y a este paso imagino que nunca irrumpirás en la esfera de lo existente. Pero en el remoto —y no sé si deseable— caso de que sí, rezo para que te pongan un nombre épico como Huitzilopochtli en honor del gran dios hijo de puta que guió a los aztecas en la construcción de su imperio trunco. Supongo que el mundo que dizque habito en algo se parecerá al tuyo, pero no estoy seguro. Espero que aún te toquen las cantinas y caminar por algún templo sin turistas a tu lado, que tengas buenas mujeres u hombres, amigos entrañables y conversaciones edificantes, noches que no acaban nunca y días luminosos de razón límpida. Eso pues: Dionisio y un poco de Apolo.

Aunque a menudo yo celebro la vida, te cuento que este universo de las personas es en definitiva un sitio melancólico. Hay quienes vemos cómo las sociedades que se han ido construyendo a lo largo de la historia son, en última instancia, una acumulación de injusticias y el resultado es un planeta atribulado y enfermo. Claro: como muchos otros yo también me pregunto si todo ello no será expresión cabal de quienes somos. Pero es que por otro lado: no considero que seamos una cosa, sino varias y cambiantes y con posibilidades infinitas. Me gustaría decirte que he intentado contribuir a que ese mundo del que te hablo sea menos injusto, pero te estaría mintiendo. No he tenido ni las agallas ni la fuerza de voluntad. Probablemente no he querido o lo que es lo mismo: quien esto escribe, tu desolado tatarabuelo, es un cobarde egoista que pasa los días huyendo de sus obligaciones, desperdiciando el poco dinero que gana, cavilando sobre la muerte, sobre si está viviendo como debiera hacerlo, apuntando alguna cosa aquí y allá, pero sin hacer nada. En eso quizá me parezca un poco al personaje de esa novela de Knut Hamsun, Hambre, donde un angustiado joven —yo ya no lo soy— pasa los días vagando en la ciudad de Kristiania, pensando y hambreándose, haciendo planes que nunca realiza y posponiendo su escritura. (Hamsun fue un escritor danés de una potencia casi hiriente, aunque apoyó públicamente a los nazis. No sé si en tu mundo vayan a existir los escritores.)

Yo pienso en la muerte porque me aferro a la vida y nunca he logrado hacer mía aquella máxima de Epicuro: “Acuérdate que la muerte nada es para nosotros.” En eso soy más como Miguel de Unamuno, ese pensador vasco de figura delgada y triste, que en su Del sentimiento trágico de la vida, al meditar sobre la muerte y el “inmortal anhelo de inmortalidad”, ese deseo profundo de salvación, escribió: “¡Contradicción! ¡Naturalmente! Como que solo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción.” Como él, a mí me gustaría seguir viviendo no como una estúpida energía cósmica, sino como yo, con esta piel tatuada y estos débiles huesos que a estas alturas ya crujen demasiado.

No sé bien por qué te cuento todo esto, Huitzilopochtli. Quizá lo único que quiero decirte es que comprendas y abraces siempre esa contradicción, que evites ser unívoco, que lleves siempre en las manos el pan de la humildad y en la frente la ternura de nuestras maldiciones.

Te abrazaré siempre.

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