Por Kaizar Cantù 

Comenzaré parafraseando a Savater. Parece ser que entre los que se dedican a apreciar (y despreciar) la literatura, hay una especie de movimiento en contra de las obras “demasiado novelescas”, es decir, los libros muy poco realistas, esos que explotan la emoción del lector mediante los artificios de la ficción.

Y tiene razón. La llamada ficción realista, que en el mundo anglosajón a veces va por el nombre de literary fiction, es el niño mimado de la crítica en los altos círculos del mundo literario. Allá arriba se disputan si la mejor novela es la del mecánico inmigrante que se enamora de una burguesa y contempla la posibilidad de haberse licenciado en Historia del Arte o el relato de la mecanógrafa de algún escritor menospreciado por la crítica de su tiempo.

A lo que voy, antes de perderme (y tan rápido), es que, del mismo modo que Hollywood ha inventado, quiero pensar que sin querer, un género de películas que cumplen los requisitos para ameritar una nominación al Óscar, la crítica literaria y las casas editoriales cultivaron un tipo de ficción escrita para los críticos de The New Yorker, los jurados del Booker Prize y otros premios y los aplausos y la atención de los académicos.

Esto ha ocasionado que la llamada literatura de género (por genre, no por gender) quede relegada a los márgenes de la apreciación literaria. Solaris puede ser una buena novela de ciencia ficción, pero no una buena novela y ya. Su existencia dentro del género limita el alcance de sus temáticas y la obliga a ciclar imágenes y tramas típicas de su género. O al menos esa ha sido la lógica utilizada para su desacreditación.

La ironía está, por supuesto, en que al querer mantener a raya a la ficción de género eligiendo historias que cumplen con ciertos requisitos estilísticos, que se adaptan a ciertos tropos más o menos bien dibujados de la ficción, la crítica ha creado otro género, igual de identificable y etiquetable; otro cajón, otra carpeta.

Lo justo sería que, ya que la cualidad literaria se ha convertido también en un nicho editorial, las obras sean evaluadas y apreciadas por su calidad independientemente del género al que pertenezcan. Creo que ya llegamos al punto en el que una buena novela de horror puede competir mano a mano con otra perteneciente a la tradición del realismo social. Es lamentable decirlo, pero no es el caso. Sí, el prejuicio es cada vez menor; hay novelistas respetados (Atwood, Ishiguro, Mitchell, Lessing, los dos Amis) que han experimentado con la literatura de género. Sin embargo, nos hemos podido sacudirnos la idea de que ésta es formal y temáticamente inferior a la “literatura literaria”.

 

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Savater dedicó todo un volumen enorme y precioso a la defensa de ese tipo de obras. Lo tituló Misterio, emoción y riesgo: sobre libros y películas de aventuras y lo llenó de ensayos bibliográficos, críticos y contemplativos sobre obras que corresponden a distintos géneros de la ficción; desde las novela policiaca y de aventuras hasta las películas de horror y ciencia ficción.

El libro abre con un ensayo que se lee como una apología extrañamente necesaria a la imaginación. Savater identifica una dicotomía en la ficción: por un lado están las obras realistas o serias y por el otro las que prefieren la emoción de lo inverosímil y lo maravilloso.

De las primeras dice que su afán es representar al ser humano como un ser intrínsecamente individual que debe combatir los designios del universo (que pueden manifestarse a través del Estado, la sociedad, cultura, natura, etc.) y que está condenado, al menos la mayoría de las veces, a perder la batalla. Pensemos en la obra de Camus o en algún filme existencial francés. Los personajes corretean por el mundo como cucarachas, perdidos, atrapados entre sus impulsos y las fuerzas que los restringen.

De las segundas dice que a pesar de que es uno (o unos pocos) el que supera la gran adversidad, la victoria es de todos. Las historias de aventuras están llenas de campeones que superan las adversidades de la Naturaleza; en la novela policiaca, la racionalidad e agudeza del detective puede más que los impulsos salvajes y la inteligencia maligna del criminal; mucha ciencia ficción propone la posibilidad de una humanidad que supera sus límites gracias a su ingenio y bravura; el horror, cuando no termina en tragedia, demuestra que la especie puede superar su miedo y aprender de él.

Al menos para Savater, la diferencia más esencial entre la ficción realista y la “imaginaria” radica en que la primera aplasta el espíritu humano, encerrándolo en la mundanidad de la vida, y la segunda lo enaltece poniéndolo a prueba en situaciones espectaculares. Esa es su breve defensa de la imaginación.

Borges, mucho más restringido con las palabras, dejó en un aún más prólogo su apología a lo que llama “novela de peripecias”, esas que le sacan mucho provecho al tramado de una historia. Comienza citando a Stevenson, quien dice que los británicos de su tiempo sentían algo de asquito por las novelas muy tramadas, cosa que le parecía un poco ridícula, pues al menos él disfrutaba mucho de una trama emocionante y bien construida. Además, decía, no se puede negar que tramar una novela tiene su chiste, por no decir su arte.

Borges concuerda, y cree que mientras los novelistas decimonónicos (sobre todos los rusos y los franceses) supieron explorar las posibilidades psicológicas del ser humano hasta el acabamiento, los narradores del siglo xx (y añadiría yo que del xxi) superaron a sus predecesores en el tramado de historias, cosa que siguen haciendo y que, al parecer, no acabarán de hacer pronto.

En Los tres impostores, Arthur Machen aprovecha el final de su primer capítulo para colocar a dos de sus personajes, Dyson y Phillips, en una discusión sobre los méritos de la escritura realista y la fantasiosa. Dyson cree que la vocación del hombre de letras es “crear una historia maravillosa y contarla de forma maravillosa”, es decir, el literato cultiva la imaginación y la palabra para cautivar con ambas. Phillips, por otra parte, propone una literatura que refleje lo real, que sea una “crítica de la vida”, y no ve la necesidad de preocuparse por los artilugios de una buena trama, ya que en manos de cualquier escritor, toda historia, por mundana que sea, puede ser transformada en un drama digno de leerse.

Con Borges y Savater estoy de acuerdo por lo menos en algo: es una pena que muchos lectores menosprecien la habilidad con la que el narrador trama una historia. Quien haya recogido varias novelas de aeropuerto (Michael Crichton, Dan Brown, Tom Clancy y Stephen King son buenos exponentes) se dará cuenta de que incluso si las obras llegan a ser formuláicas, su ejecución es efectiva. ¿Y cuál es su efecto? Seducir la imaginación y comprimir el tiempo, metas que, me temo, no se logran en la obra de autores más respetados, como Proust, Joyce y Faulkner.

A Savater le diría que su dicotomía es interesante, pero muy generalizada, o más bien atrapada en una época muy particular de la ficción más imaginativa. Sus ejemplos predilectos son Wells, Verne y Stevenson, quienes aun en sus momentos más oscuros parecen resplandecer en comparación con los grandes autores imaginativos del siglo pasado, como Kafka, Calvino, Bradbury y el mismo Borges. Dudo que la aventura enaltezca y redima siempre, pero por lo menos nos da la oportunidad de desvanecernos en la lucha, no aplastados por los designios de un universo en el que somos menos que una lágrima que se filtra en el diluvio.

Con Borges concuerdo en la superación del tramado, pero me parece que sentenciar la novela psicológica al acabamiento es demasiado. Creo que este siglo que pasó y el que apenas comienza tienen mucho más que ofrecernos en cuanto a la mente humana se refiere. Las tensiones y euforias que le tocan enfrentar son por lo menos un poco distintas a las exploradas a mediados y finales de 1800 y principios de 1900, y eso basta para ponernos imaginativos.

En cuanto a Machen, Phillips tiene un muy buen punto respecto a las habilidades de un escritor para transformar cualquier situación en literatura, pero creo que simpatizo más con la postura de Dyson. Los buenos escritores son admirables, pero los buenos narradores, los que cultivan la imaginación y siembran fantasías en las mentes de varias generaciones, son los que sobreviven las malas jugadas del tiempo. Recordemos que una de las bases de la tradición de Occidente son las mitologías del pueblo griego, que incluyen dioses, súper-hombres y monstruosidades dignas de una tira cómica.

 

 

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Alcanzo a medio comprender el aprecio que le tiene la crítica a obras que se concentran más en el experimento formal o en el trabajo de la palabra que en el tramado de una historia y los méritos de la imaginación. La literatura es, entre muchas otras cosas, un ensayo milenario de la palabra, un intento por ver y comprender lo lejos que se puede llegar con ella.

Sin embargo, no entiendo por qué se menosprecian los ejercicios de la imaginación, el estímulo del sueño y la fantasía. Son esas las obras que evidencian las maravillas que puede alcanzar la mente humana, muchas de las cuales brincan de la fantasía directo a la realidad.

Lo que he intentado decir, con lamentable torpeza, es que la imaginación no es cosa de niños ni de chiflados. Es una característica plenamente humana que han compartido varias de las mentes más maravillosas de la especie. Vale la pena admirarla, fomentarla y legar sus criaturas al tiempo que nos sigue. 

 

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