Por Kyzza Terrazas

 Antes que nada y después de la sangre —desgarramiento y el impulso de encontrar culpables.

Que sí los hay pero quiénes son y por qué y, ay, ya no somos personas sino víctimas colaterales.

Primero que los regresen vivos. Aunque con los días, y en el contexto de estos territorios, la frase vaya tornándose retórica.

Me pregunto si en verdad existe eso que llamamos el-la-lo otro. Si no será más bien una proyección hologramática de un solo tormento o deseo (vano) o argumento contundente o necesidad de bondad.

O jugarreta del genio maligno de Descartes.

Escupiría la interrogación —sí, con todo y puercas esferas de baba— sobre cómo puede ligarse el sonido del piano arreglado de LaMonte Young o el canto cardenche con el acto de calcinar cuerpos jóvenes y arrojarlos en fosas clandestinas.

¿Qué relación hay entre la clandestinidad de esos agujeros en tierra fértil y la de nuestros secretos íntimos?

¿Qué son esos secretos sino el rumor del rio negro que nos arrastra?

Hay una línea de Mike Díaz aka Phontenak, rapero hidrocálido, que dice: “Soy más mexicano que las narcofosas”:

Medito lo siguiente: ¿aún en quienes perpetran masacres existe eso otro que llamamos amor?

¿La razón y la barbarie se besan y se tocan y tienen sexo duro entre sí?

Comprendo bien los lamentos —y de sobra hay razones para lamentarse hasta secarnos por dentro—, pero cuestiono en qué medida son un acto desesperado por evidenciar nuestra bondad personal y salvarnos y, por lo tanto, un gesto de vanidad.

¿Qué relación hay entre las acciones que llevaron a la desaparición de cuarenta y tres estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa y las acciones que nos conducen a la soledad y a no comprendernos casi nunca y casi nada?

¿Qué vínculo hay entre mi cuerpo y ese otro que se llamó Alain Resnais o Marguerite Duras y aun ése otro que lleva por nombre José Luis Abarca y es el alcalde de Iguala, Guerrero?

¿Tenemos que ser capaces de comprender lo que sea que lleva a hombres a matar y desaparecer a otros hombres?

¿Será que en el pasado remoto fuimos parte de las hordas y sí estamos, como reza el título de esa conferencia de Peter Sloterdijk, En el mismo barco?

Y si es ése el caso, ¿debiéramos blandir los cuchillos?

Y si es ése el caso, ¿somos todos asesinos y también los desollados?

¿Deberíamos siquiera preguntar qué deberíamos hacer o más bien guardar silencio y abrazar la futilidad?

¡Ay!, ¿qué cosa es el deber y qué misterios resguarda sobre nuestros trapos sucios y ensangrentados?

¿Y por qué casi siempre encuentro razón o consuelo en los versos?

¿De dónde viene, pues, el poder alquímico de las palabras?

Por ejemplo, estas ráfagas de Silvina Ocampo: “Y recuerda a ese niño/ de nueve años apenas/ en las tardes serenas,/ con grave desaliño,/ y la virtud que emana/ con inmóvil premura/ de su mirada oscura/ dulcemente inhumana.”

¿Será porque todo es todo y todo es siempre la misma cosa todo el tiempo?

De cualquier forma es también ahí, en el clamor de justicia y haciendo bien lo que sea que hacemos bien, donde somos semejantes.

Silencio. Un beso en blanco y negro entre dos estudiantes normalistas.

Y la vida que sigue. Nacerán verdugos. También vendrán al mundo quienes desde el vientre materno habrán iniciado un camino de resistencia. 

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