¿Qué está pasando en algunos barrios de la capital de Sinaloa?

Por Enrique Medina

Con respeto y cariño a toda la plebada de Recuper-Arte y Culiacán

En mayo del 2013, un colectivo artístico de Culiacán con compromiso social volvía a un espacio abandonado de la colonia Buenos Aires; hacía cuatro meses que empezaron a intervenir con el fin de recuperarlo. Al llegar se encontraron con que las pinturas que realizaron habían sido tachadas con pintura negra por personas desconocidas. Al instante, más de uno de los integrantes pensó en abandonar el espacio. Habían llegado sin ser vecinos de la zona o al menos tener conocidos ahí, por lo cual no sabían cómo tomar ese mensaje.

Después de unos minutos, algunos de ellos retomaron la limpieza y, sin hablarlo, decidieron quedarse a continuar su trabajo para dejar en claro que ahí estaban y que no se irían. Fondearon con pintura blanca para plasmar de nuevo el logo del colectivo: un árbol con raíz de rodillo que lleva el lema “La acción es la única semilla”.

El trabajo era parte de las acciones de Recuper-Arte, proyecto autónomo que rescata espacios abandonados con la ayuda de los vecinos para después convertirlos en pequeños centros culturales donde se llevan a cabo talleres relacionados con el arte, oficios, música y educación para la comunidad. Esto sin recibir ningún apoyo económico de alguna institución gubernamental o empresarial.

Curiosamente, la gran mayoría de los espacios intervenidos han sido casetas de policía abandonadas desde hace varios años. Originalmente éstas servían como puntos de atención policiaca, pero por decisión de la Secretaría de Seguridad Pública dejaron de funcionar porque se les consideraba pequeñas y por ende poco funcionales. En la actualidad, de las 48 casetas sólo siguen en actividad 7, y la mayoría de las otras que permanecen en abandono sirven, según nos contaron vecinos de éstas y miembros del colectivo, como “picaderos” (lugares que se utilizan para consumir drogas) o escondites para delincuentes y unos cuantos dealers.

¿Qué fue lo que motivó a estos chicos acercarse a trabajar en colonias desconocidas por ellos? Tiempo atrás, la mayoría habían realizado actividades en la zona céntrica de la ciudad por medio de otros colectivos (Yosoy132, Sinaloa por la Paz e Indignados), pero se dieron cuenta de que en esta parte de la ciudad el mensaje no trascendía como lo esperaban, por lo cual buscaron tener un acercamiento con las personas que vivían en colonias alejadas de la zona céntrica, esas sin acceso a internet o que vivían únicamente con la información ofrecida por la TV. Fue así que se acercaron a estos barrios con lo que la mayoría del colectivo sabía hacer: arte.

Al principio se enfocaban en atender problemas relacionados a la falta de información, pero después, con las experiencias que fueron teniendo al llegar a las colonias y en toda la ciudad, el proyecto se transformó progresivamente en una alternativa para la narco-cultura. “Ya que aunque no lo busquemos, el Narco nos encuentra a nosotros”, nos dice Diana Fajardo, psicóloga social, refiriéndose no sólo al Narco como organización, sino también como parte del tejido social sinaloense, estado en donde se tiene información de tráfico de drogas desde los años 40 y donde 40 años después nacería uno de los carteles más poderosos de México: El Cartel de Sinaloa, que con el paso de los años se convertiría en una parte muy notable dentro de su cultura.

Alex López, director y actor de teatro, nos dijo que lo que ellos buscan con su trabajo es ofrecer a los niños y la comunidad “posibilidades de vida más allá de la que tienen a la mano, otra forma de ver su realidad”.

Primer día

Son las 2:30PM de un sábado de marzo y estamos en la Buenos Aires, a poco más de media hora de la zona céntrica de la ciudad. La colonia, desafortunadamente, como otras en Culiacán, ha sentido muy de cerca la guerra del narco (balaceras, enfrentamientos, levantamientos, atentados, ejecuciones). Es en este espacio donde se encuentra una de las casetas con la que se han tenido un poco más de complicaciones. Los vecinos no han terminado de involucrarse como lo esperaba el colectivo, y la falta de puerta permite que muchas personas sigan haciendo mal uso de la caseta.

Llegamos aquí gracias a Juan Pablo, conocido como “Gato Vago”, quien pasó por Alex, por Karen (la integrante que permitió los acompañara) y por mí al centro de la ciudad. Todos venían de sus respectivos trabajos, Gato traía todavía el uniforme del suyo. Cuando pasamos por la Manuel Clouthier, una avenida inmediata a la Buenos Aires abarrotada de comercios y tráfico, me di cuenta que apenas entrando a la calle que nos llevaría a nuestro destino el contraste ya era evidente: un espacio árido, sin pavimentación y con casi nadie afuera de sus casas debido al fuerte calor.

Entramos a la caseta y noté que el techo estaba tiznado por el humo de la gente que incendia cosas ahí. Las paredes tenían pintas hechas por los niños que participaron en la intervención. Había basura y escombro por la falta de puerta. Alex me dijo mientras barría que cada que van casi tienen que empezar de nuevo.

El intenso calor nos acorraló en la parte trasera de la casa. Ahí se llevaría a cabo un taller de títeres hechos con botellas de plástico, papel, engrudo y pintura. En unos minutos llegó América, otra integrante del proyecto. Ella se dedica a la docencia, y por ser una de las integrantes que más ha visitado este espacio, se ha convertido en una especie de vocera cada que hay actividad. Mientras caminábamos para invitar a los niños, me dijo que casi siempre va a la casa de los más inquietos y ellos son los que se encargan de pasar la voz. América se coloca afuera de una casa y comienza a hacer la invitación a grandes voces, como si fuese una vendedora que va casa por casa o una trabajadora del sistema de vacunación. Una niña la escucha con atención desde la ventana. Por las calles del lado contrario a nosotros, Karen y Gato también invitan.

Caminábamos de regreso a la casa y América me señaló el camino que llevaba a un baldío que es utilizado para drogarse en el día. Ella me dice que en una ocasión platicó con los niños acerca de ese tema porque ellos lo hablan con bastante naturalidad.

Cuando llegamos a la caseta, seguía sola. Alex invitaba a los vecinos con un micrófono que instaló en un pequeño amplificador de baterías. Me senté a un lado del espacio a observar la calle aún desierta y me pregunté cuántas personas responderían a la invitación. Poco después miré a unos niños que se acercaban corriendo hacia la caseta, como jugando carreras. Hasta atrás venía un niño vestido con camiseta, shorts y crocs; traía cargando una pequeña silla anaranjada. A lo lejos alcancé a ver a Gato y Karen, que seguían invitando a más personas.

Minutos después llegaron más niños, otros que ya estaban ahí salían por más de sus amigos. Lo entrañable era que cada que volvían lo hacían corriendo. El mismo niño de los crocs ahora regresaba con un montón de periódicos que accedió a llevar para la actividad. Pasé a la parte de atrás y observé que también habían señoras que platicaban con los miembros del colectivo. Les preguntaban si querían retomar la caseta. Quizá no se habían enterado de que América la había estado visitando casi todos los domingos desde enero, realizando actividades relacionadas con la elaboración de objetos usando materiales reciclados. Alex explicó la actividad y todo mundo puso atención, hasta las señoras, quienes también tenían lista su botella.

Gato puso música en el estéreo de su carro como siempre lo hace cuando hay actividad. Sonaba un grupo local de rock infantil llamado Pistache, también voluntarios del proyecto. Han participado en la gran mayoría de las intervenciones con su mano de obra o tocando en vivo.

Acompañé a unos niños al cerro que rodea el espacio por más botellas de plástico. Por ahí se llegaba a la escuela. La reja estaba derribada, así que se podía entrar sin problema. En ese lugar la vista era increíble, gran parte de Culiacán se miraba frente a nosotros. Mientras recogíamos las botellas tuvimos una pequeña charla acerca de la música que les gustaba. Les pregunté si les gustaba la música que estaba sonando durante la actividad. Los tres me dijeron que no, que preferían los corridos, en especial los de Calibre 50. Nadie me dio una razón en especial, sólo uno de ellos dijo que “porque los había visto en el carnaval”.

| Íbamos a bajar y uno de los niños no me dejó cargar la bolsa con las botellas; quería que todos vieran que también él podía colaborar. Abajo, el taller seguía. De repente, dos helicópteros de la marina sobrevolaron encima de nosotros; a nadie le llamó la atención. Debido al cerco policial que se mantiene desde el operativo donde se llevó a cabo la captura del Chapo, la presencia de helicópteros se ha convertido en algo habitual para los habitantes de la ciudad.

Por momentos los niños se distraían y corrían a la cancha de piso que está ahí mismo, cruzada por marcas de llantas hechas con derrape. Los niños pateaban un balón de futbol que habían llevado, los integrantes los invitaban a volver. Tres niños que tenían la misma edad de los que tomaban el taller llegaron a la cancha. Uno de ellos cargaba una mariconera (bolsos de moda en el narco). Observaron lo que pasaba, no les interesó y se fueron.

Platiqué con mi amigo que cargó las botellas después de que terminó su títere. Él estaba encima de la portería de la cancha descansando un rato. Era algo tímido, pero me dijo que tenía ocho años y que su abuela era quien lo había llevado a la actividad. Me contó que ella hacía pan, luego dio un brinco en la conversación y empezó a hablarme de la vez en que había visto a unos encapuchados golpear a un “señor”. “Traían pistolas y lanzagranadas. Lo dejaron lleno de sangre, pero no lo mataron”. Terminó su historia, luego guardo silencio mientras miraba al horizonte. Yo no sabía si lo que me había contado era verdad o si sólo quería impresionarme con una historia que escuchó en boca de un adulto o en la letra de un narco-corrido. Aun así me preocupó que hubiera imágenes semejantes en su mente a tan corta edad. De eso había estado hablando horas antes con Karen. Me dijo que los niños de esa caseta tenían la violencia muy arraigada.

Alex preparó como actividad final un espectáculo de títeres utilizando únicamente sus dos manos y dos tapaderas de botella. Al término de ésta, los niños tomaron sus títeres con la promesa de volver al día siguiente para aprender a pintarlos.

Karen platicaba con una señora que asistía por primera vez. Se acababa de enterar de que el colectivo realizaba esas actividades y los estaba felicitando. La mamá del niño inquieto apoyaba el comentario. Los integrantes se veían emocionados; nunca habían recibido esa respuesta por parte de los mayores en ese sector. Mientras, Gato me platicaba lo mucho que le motiva el hecho de que con una actividad tan sencilla se pueda mantener la atención de los niños por toda una tarde, alejándolos de actividades que podrían ser nocivas para ellos. A lo lejos se metía el sol.

Segundo día

Como a las 12:00PM, Chino (fotógrafo), María José (su amiga) y yo nos fuimos en camión con Diana Fajardo a la casa de la colonia Cinco de mayo, ubicada a media hora del centro. Desde que entramos se notaba que en ésta la restauración iba más avanzada. Afuera tenía un árbol que la hacía ver como cualquier casa del barrio, era muy limpia tanto por fuera como por dentro y tenía puerta y candado que la resguardaran.

Cuando llegamos, Rezza estaba sentado en las escaleras esperando a los niños mientras María, quien daría un taller de inglés, visitaba la casa de algunos para recordarles del evento.

Rezza es empresario de bienes raíces, pero su aspecto es el de una persona muy relajada: llevaba una camisa de manta y su cabello y barba eran largos. Cuando comenzó a platicar con nosotros nos encontramos, al igual que los demás integrantes del colectivo, con una persona preocupada por el contexto de su ciudad. “El otro día dije en una entrevista para la televisión que vivimos en una narco-ciudad, aunque a muchas personas no les parece o no ven la magnitud del problema. Ven ciertas cosas normales cuando no lo son”, nos dijo cuando le preguntamos los motivos por los que se involucró en el proyecto.

Entramos a la casa y el techo estaba igual que el de la Buenos Aires, ahumado. Algunas paredes también lo estaban, pero las cubría una pintura blanca que se usó en la intervención. (Una vecina nos dijo que antes de que la caseta dejara de funcionar había ocurrido ahí un atentado). En el fondo había un cuarto que alguna vez sirvió como celda, del cual sólo quedaban las dos camas que los niños ahora utilizan para sentarse y convivir; éstas llevaban escrito el slogan del grupo. En el muro de ese cuarto aparecen el dibujo de unos niños sonriendo, el grafiti de alguien ajeno al proyecto y pintas hechas por los voluntarios.

En donde se llevaría a cabo el taller había cartulinas que María colocó para apoyarse. A un lado permanecían pegadas las hojas de una actividad pasada, impartida por una socióloga, la cual consistió en pedir a los niños que compartieran qué es lo que quieren y qué no. La coincidencia entre ellos era muy evidente: “No quiero violencia, groserías, mentiras”. Otros eran aún más precisos: “No quiero golpes, balazos, morir”.

Rezza nos contó un poco de cómo había sido el proceso de recuperación en esa caseta. Lo lograron gracias a la ayuda de voluntarios y vecinos de la casa. Todos ellos, niños y adultos, se armaron con palas, rastrillos, tijeras, carretillas y brochas. Nos dijo que durante el tiempo en el que ha estado visitando ese espacio ha notado cómo han ido cambiando la convivencia y el intercambio de ideas entre los vecinos del lugar. Ha notado lo mismo en otras de las casas, como en la de la colonia 10 de mayo, la cual ya se ha tornado un fenómeno social de interés: tiempo atrás la gente evitaba pasar por esas calles porque eran un foco de delincuencia y violencia, pero ahora pasan por la caseta o hasta se reúnen alrededor de ella. Al parecer los vecinos tienen la impresión de que el índice de delincuencia ha bajado considerablemente.

Diana comentó que esa es la casa que se puede decir está casi completamente recuperada. Ahí los niños son quienes exigen las actividades al colectivo, y los padres se han involucrado mucho en el proyecto. Esa caseta ha recobrado, además, gran valor para la comunidad, ya que en una de sus paredes aparece un stencil grande (realizado por el artista local Dr. Feis) con el rostro de Genoveva Rogers, una joven socorrista de la Cruz Roja que perdió la vida en el 2010 mientras trabajaba debido a la agresión de un grupo criminal. Cuando Feis terminó la obra, los familiares de Genoveva le agradecieron en medio de lágrimas. Diana nos contó que esa fue una de las experiencias más emocionales que han vivido como grupo y agregó que en muchas ocasiones los familiares colocan velas debajo del dibujo.

Conocimos a la señora Sandra Luz, vecina de la casa de la 5 de mayo. Ella se ha involucrado en el proyecto como puede: avisando cuando hay talleres, explicando el proyecto a los vecinos o prestando la luz eléctrica de su casa. Se incorporó al proyecto porque, al ser vecina, era una de las principales afectadas por el mal uso del espacio abandonado. Lo que más le preocupaba era que quienes se metían a la casa eran cada vez más jóvenes.

Volvimos a la Buenos Aires para estar presentes durante el final del taller. María y Rezza nos hicieron el favor de llevarnos en su carro. Adentro traían varios libros de literatura que parecieran ser parte de una biblioteca móvil que comparten con los niños de las casetas. Durante el camino nos hablaron de que cómo el colectivo ha coincidido en no tener miedo de acercarse a colonias desconocidas. “Se sabe que hay riesgo, pero ese también está si vas a la tienda, a la escuela o a pasear. Más miedo me da callarme y que esto siga creciendo”, nos dijo María mientras manejaba.

Al taller llegaron la mitad de los niños que habían estado el día anterior. La encargada de explicarlo fue Elisa Serrano, vocalista de Pistache. Como acto final de la actividad, los voluntarios tenían preparado un espectáculo para los asistentes. Pidieron a los niños que se sentaran. Unos lo hicieron, otros se subieron a la portería de la cancha (como noté que era costumbre) y desde ahí miraron a Leonardo Yañez (también parte del colectivo) interpretar la danza del venado, baile tradicional del pueblo Yoreme de Sinaloa y Sonora. Fue una gran experiencia haber sido espectador de un baile tan sensible, que busca imitar al venado en su naturaleza, en ese lugar, con esos morrillos tan inquietos pero de buen corazón.

Aunque lenta, la transformación en la Buenos Aires se ha ido consiguiendo como en las otras cinco zonas. Nos dijeron que el cambio se nota en cosas pequeñas: ya no se han encontrado con gestos negativos como las pinturas tachadas, tampoco hay botellas de caguamas alrededor de la caseta, como antes; la gente empieza a ubicarlos como “los plebes de la caseta” o ya se integran al proyecto, cosa difícil conseguir los primeros meses.

Por lo que han visto durante el año que llevan trabajando, los miembros de Recuper-Arte tienen la impresión de que mucha gente estaba esperando a que alguien fuera a hacer ese tipo de labor, ya que han recibido muchas muestras de agradecimiento. Pero ellos no quieren que la gente agradezca y después permanezcan indiferentes de nuevo, sino que aprendan que pueden organizar ese tipo de actividades, hacerse cargo de los espacios y ser parte de la solución.

Ese es uno de los objetivos que se han propuesto como colectivo y que sale a relucir en sus argumentos. Gato opina que el impacto del narco vivido en la región se deba a la pasividad con la que se vive. “También ha sido por miedo”, nos dice, “pero que de alguna forma es rendirte a todo lo que está pasando. La verdad es complicado enfrentarte con un arma, es obvio, y más tú solo. Pero a veces no es necesario enfrentarse al problema de esa manera, sino ofreciendo otras opciones”.

Diana dice que para ellos conseguir la participación ciudadana es lo realmente importante y nos cuenta que les han dicho que pareciera que están haciendo la “chamba” del gobierno, porque esos espacios de algún modo son propiedad de éste. Pero, en su opinión, cada espacio abandonado es también un mensaje de parte del gobierno. Con ello dicen que no pueden hacerse cargo de esto. “Es como si se tratara de un problema que rebasó al gobierno, pero que no por eso tiene que rebasar a la gente, por lo cual nosotros tenemos que hacernos cargo de esos espacios, así como los autodefensas se están haciendo cargo de la seguridad en otros estados, o como nos podemos hacer cargo de la educación en algún momento. Así, hasta a llegar al punto en el que nos preguntemos, ¿dónde quedó el gobierno? Quién sabe”, nos dice Diana, notablemente emocionada.

En una ciudad tan golpeada por el Narco como Culiacán, intenciones como las de estos chicos resultan realmente esperanzadoras. Mientras muchos habitantes de la zona se quejan de su contexto y del impacto del Narco en la región, este grupo ha decidido no hacerlo, sino trabajar con la voluntad de poder transformar su realidad. “Hay una frase que me gusta mucho”, nos dice Dante Aguilera, “para la cultura de las armas, las armas de la cultura. Si algo no te gusta, propón. No nos gusta esa cultura, pues vamos proponiendo alternativas”.

Han acabado las actividades. Yo estoy sentado en la banqueta disfrutando de los agradables vientos de la Buenos Aires. Chino, María José y unos niños comen pan que acaban de comprar. Algunos integrantes del colectivo juegan con los niños del taller, otros patean un balón de fut por allá. Pienso lo que dicen las personas de Culiacán sobre las colonias que no conocen, lo que cubren los medios locales, en cómo se vivió el sexenio de Calderón y cómo se vive el actual en esta ciudad y en todo México.

Pero veo a estos niños y jóvenes que juegan y sonríen y no puedo dejar de pensar en las palabras del cronista local Javier Valdez Cárdenas acerca de lo que nos queda hacer a los mexicanos frente al problema del narco: “Aguantar, resistir, pero no de rodillas, ni arrinconados ni con las alas rotas. Recuperar la banqueta, la calle, la plaza, el centro comercial, la parada del autobús, la bohemia y la vida nocturna. Lo peor sería que nos prohíban soñar, tener ilusiones, querer ser mejores, anhelar justicia y paz, mantener la dignidad”, lo cual, sin duda alguna, es lo que están haciendo estos y otros culichis más con su trabajo y su actitud: recuperar la ciudad, nuestra ciudad.

Contacto Recuper-Arte

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