Para esos menesteres Alicia era un gendarme, se arrullaba con los gritos de clemencia de sus hermanos. No aflojó ni un milímetro cuando tuvo que castigar al que por imprudencia devolvió la sopa porque estaba demasiado caliente o cuando alguien derramó una mancha inmunda en su blusa, o peor aún cuando en el baño resbaló por el exceso de agua que otro había dejado como recuerdo de las horas infinitas en la bañera.

A diferencia de la invención de Lewis Carroll, era más bien feíta, de un humor del carajo y unos gustos místicos.

A sus trece adolescentes años, la típica mancha de señorita confundió a la madre con la de una pelea callejera. La madre realizaba un discurso amateur sobre la diferencia entre los hombres y las mujeres; Alicia cortó de un tajo la palabrería. Anunció que deseaba alistarse en el ejército de las mujeres aptas para el embarazo. Nadie se inscribió en la plantilla. Se disgustó por querer ser manoseada. Un año antes no le interesaban esos pensamientos -le parecían sucios-, sentía cólicos de sólo pensar en que alguien pudiese penetrar en sus calzones, pero aún así, su imaginación la bombardeaba con fantasías que superaban en intensidad a las que alguna vez pudo haber tenido su mamá.

Alicia ya no era la que se entretenía jugando a disparar gargajos o la que se bronqueaba con las chicas de barrio, no negaba su hábitat pero actuaba con disimulo, no quería romper con la imagen de niña dura que experimentaba un poder místico cuando se palabreaba con los borrachos.

El 12 de diciembre rompió con el protocolo, si nadie quería manosearla, ella si quería agarrar parejo, sin restricción. Le echó el ojo a Martín: el más tímido, el más matado, el más inocente, el más todo. Se fijó en él porque siempre la observaba, lo hacía con miedo, le tenía respeto. Ella al principio se reía de él, pero conforme pasaban al segundo grado de secundaria, su acné indicaba otra cosa.

Obligó a las circunstancias que jugaran a su favor. Citó a Martín en un clandestino cementerio municipal para hablarle de álgebra inconclusa. Él no entendía, pero le apetecía saber cómo era esa locuaz Alicia.

Sus amigos le habían dicho que era un hombre en un cuerpo de mujer que le agradaba ver los senos de otras mujeres. Él no se lo creía, más bien le parecía una niña con poderes supernaturales.

En el cementerio la luna brillaba tanto que sin mucho esfuerzo se podían ver el epitafio de los difuntos, el desarreglo de las flores y los ancianos caracoles.

Martín saco un libro grueso con un lenguaje accesible solo para los que entienden una «a» a la quinta potencia. Ella le dio la bienvenida abalanzándose sobre él. Le mordió el labio, froto sus dientes con la lengua, lamió su nariz y sacudió el pene hasta ponerlo firme, pero le provocó tanto asco lo que salió, que se apartó. Dejó a Martín en medio de la penumbra, sin saber qué hacer con su miembro en posición horizontal. Nervioso y avergonzado, espero a que su amigo se desvaneciera poco a poco.

Llegó desconsolado a su casa, que había hecho mal, ella fue quién besó, manoseó y sacudió, entonces qué ¿ella lo quería? Él disimulaba su apetito por conocer el sexo, por introducir su sección masculina en cavidades carnosas, pero es que estaba asustado hasta la médula.

Alicia llegó furiosa. Su madre se ahorró las preguntas. Se encerró en su habitación. Indignada por su reacción se quedó pensando, experimentando una especie de tortura mental. Lo que más le sorprendió fue haber sentido asco. Entre las sensaciones que pensó que tendría, jamás se imaginó que el asco encabezaría la lista.

Tardó dos semanas en ver a Martín, lo fulminó con la mirada pero por dentro estaba más frágil que una gelatina. Martín evadió su mirada, agachó la cabeza y fingió buscar un tesoro en el piso resquebrajado de la escuela.

Por Malinalli García

Comments

comments