Por Josue Salvador Vasquez Arellanes

I
Así de repente, sin ella pensarlo o él esperarlo, la puerta doble se abrió. El vestido strapless expresó toda su belleza florida, al estar sujeto a la figura y contorno de la adicta escultura femenil. Ni vago ni justo le quedaba el vestido. Era como si ella fuera para el vestido y el vestido para ella. Eran perfectos. Ella era perfecta. Esa fue la conclusión que extrajo él después de quince días de no haberla visto en el trabajo.


Caminó ligera, suave, como si la vida fuera así de simple. Él, antes de conocerla, pensaba todo lo contrario: que la vida era monótona, insípida y complicada.


Ella volteó, parecía que lo hubiera calculado todo. Lo miró y sonrió como si recordara algo no tan lejano. Se acomodó el vestido, y con un guiño, dijo adiós. Él, en cambio, sonrió cuando observó cómo se alejaban y contoneaban imperiosamente esas flores.


A partir de ahí la cuenta regresiva fue interminable, y es que el tiempo era ahora lo único que los separaba, lo único que separaba a ella de él.

 

II
Aunque trabajaban en el mismo lugar, los dividía un poco más de cinco metros de oficinas verticales y horizontales, todo un laberinto; ella en el departamento de cobranza y él en el de bodega. Los separaba un mar de gente y el destino, aunque el azar los unía poco a poco desde un tiempo para acá, cuando decidieron un viernes que, al salir de trabajar, probarían pasar el fin de semana juntos.


Ella se había ausentado quince días sin dar ninguna señal, y ahora que volvía, él sentía que no debía de perder el tiempo.


―Te mandaron esto.


―¿Quién? ―respondió ella.


―Alguien de allá ―aunque ambos sabían que él se había robado algo de postre para ella.


Los dos sonrieron con cierta complicidad. Ella cogió algo envuelto con papel metálico y él expresó una sonrisa de alivio de que ella aún lo recordara. Él, en cambio, recordaba tanto de ella: sus zapatos trasparentes con los que la conoció, su cabello desarreglado como pascle, el primer viernes en que se conocieron y el segundo en que se reconocieron; la forma en que ella rompía con toda


p
a
r
s
i
m
o
n
i
a

la caja de los postres cada vez que había un cumpleaños; recordaba su voz pastosa, su risa sincera, su mirada triste y cómo decía a los clientes ‘sencillo’ en vez de vuelto.

 

III
Durante el día él había buscado pretextos, simples pero razonables pretextos para ir allá, a donde ella se encontraba, postrada en su cubículo como una imagen religiosa, como la imagen de la más bendita y milagrosa Vírgen Oficinista. Ella era sin duda la máxima representación de la virginidad concupiscente, la más fervorosa expresión del hedonismo carnalizado en mujer. Era sin duda divina, porque nadie de aquel lugar podría haber creído tan grande milagro en este pedazo de tierra. Era hermosa, lúbrica, capaz de despertar lo más visceral y lo más puramente humano en sus fieles, en la que era imposible no depositar toda esa llama de fe; una deidad irradiante de sensualidad dispuesta a escuchar, consolar y salvaguardar cálidamente a su más súbditos creyentes; una Virgen que sólo pedía la letanía porfiada de ser amada, aunque esto un pecado fuera.


Pero por caprichos de la vida había sido colocada en donde estaba rodeada de sumos traidores, de blandos impenitentes oficinistas, de hipócritas “fieles”, nefastos, ordinarios y hasta vulgares incluso cuando querían alagarla. Era raro, pero si de algo había servido todo eso, era para que él, dentro de toda esa fútil y monótona fe de falsos creyentes, encontrara en ella un destello de esperanza, hallara la verdadera resurrección.


Decidió que se debería a ella en cuerpo y alma, que debía entregarle a ella todas sus plegarias, que sin duda, fanáticamente, se las daría todas. Ella en cambio, con su manto floral, con su manto de Virgen, con ese vestido escotado y perfectamente entallado, parecía ya haber decidido las cosas, decidido la hora de la verdad para su más creyente feligrés.

 

IV
Para él fue un día extraño cuando ella volvió, mientras que para ella quizá fuera uno de esos tantos días más.


Él había oído que lo pensaban despedir, así que la situación en que se encontraba no era tan alentadora, pero si había algo en él, era su necedad de mantenerse firme a pesar de todo; y este día traería algo de bueno, o al menos eso es lo que esperaba tras haberla visto de vuelta. La esperó primero una semana, después quince días en que no vino a trabajar, y ahora nueve horas. La estuvo esperando toda su vida.

 

Ella por su parte había regresado como si nada, como si hubiera borrado todo de tajo e iniciara una nueva página en su vida, una página en blanco que escribía ahora con tinta de vida y quizá algunos recuerdos; como si él siguiera existiendo pero a la vez coexistiendo en una de sus páginas anteriores, pasadas, ya leídas, aunque no del todo comprendidas. Pero esto no lo supo él hasta el final de la jornada cuando la cuenta regresiva se hacía ya más intolerable y a la vez excitante.

 

Había llegado la noche, la hora de las sombras artificiales. Miró por la ventana y se sintió afortunado. Todas las calles se iluminaban y supo que todo y lo único que necesitaba era a ella: su voz, su calor, sus besos y sus caricias; necesitaba que ella dijera algo, algo simple pero difícil.

 

Quería que este fin de semana con ella fuera igual que todos los anteriores, pero él sabía que a partir de éste ya nada sería igual, porque ahora él la amaba. La amaba ya no sólo con la piel, sino con su pensamiento, con su ser, con su entrañable corazón todo. Ya no sólo los fines de semana en que dormían juntos, la amaba ahora y todos los días, incluso cuando la dejó de ver. Amaba sus pies, porque fueron ellos los que recorrieron todo el sendero hasta encontrarlo, y el hecho de que entre ellos no fuera tan necesaria la palabra porque sus cuerpos mismos se habían entendido muy bien desde un principio, como sólo se entienden los amantes, con el lenguaje íntimo de la desnudez, con el lenguaje íntimo del amor.


Por fin dieron las nueve, hora en que la noche comenzaba a llamarlos y buscaban la calma nocturna para dejar hablar a sus cuerpos, cobijados ambos en el claroscuro del manto nocturno. Por fin dieron las nueve, por fin.

 

V
El tiempo parecía ya no avanzar, sino retroceder; todo parecía inverso: las patas de las sillas apuntaban al cielo, las puertas ahora se cerraban, las corbatas se desanudaban y todo mundo decía hasta mañana. Todo mundo menos él. No quería que la noche terminara; el resto de su vida apenas iniciaba.


Se colocó el suéter detenidamente como si este fuera una reliquia, revisó cada uno de sus bolsillos para verificar si aún llevaba casi lo de siempre, lo necesario: monedas, teléfono, cigarrillos, el encendedor metálico, un bolígrafo, su billetera. Y ahora lo más importante, un delicado obsequio.


Con un poco de aliento limpió sus anteojos, se los colocó a ritmo de quien se persigna y decidió que era la hora. Tomó otra vez aliento y atravesó el último umbral que lo separaba de ella. Sabía muy bien que no sería fácil después de quince días de no verse y después de las n – u – e –v – e horas de espera que tuvo que soportar hoy.

Pero al parecer, el destino ya estaba escrito.


Se aproximó al escritorio, ella sintió su presencia y levantó la mirada; operaba un artefacto que tenía grabado números y demás signos matemáticos. Era inquietante ver e imaginar lo que una Virgen podría conjugar con el lenguaje de Dios. Pero después de entrecruzadas sus miradas, inmediatamente ella bajó la suya y manipuló el artefacto calculador con tal destreza que reflejó una admirable seguridad en cada uno de sus movimientos y expresiones, una seguridad como la de quien escribe el destino, tan segura como quien conoce una respuesta.


El asunto era simple, pensó él, una simple pregunta. Ella por su lado, pensaba que aunque no fuera lo más simple, sólo se trataba de una respuesta.


Se disponía a esperarla, no sería la primera vez, ni la última, pensaba él.


Pero así de repente, sin ella pensarlo ni él esperarlo, ella solo dijo: “Ya no, vete. Hoy me espera alguien más”.

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