La noche es un catalizador de sueños. Cada hora que pasa, la luz y las sombras toman el lugar de los objetos, de las personas, de los hechos… Todo eso empezaba a diluirse cuando el Demiurgo me llevó a su biblioteca. Traía dos vasitos de whisky: uno para él y el otro para el Poeta, quien tomó un trago y empezó a hablar: “Alguna vez fui una promesa de la poesía nacional”, nos dijo mientras otro trago le hacía soltar los recuerdos: “Eliseo Diego me comentó que en lo único que estaba de acuerdo con Octavio Paz era con su poesía”.

Tres luces iluminaban el estante donde el Demiurgo buscaba una biografía de Dylan Thomas y poemas municipales argentinos. El Poeta y yo nos guarecimos de la oscuridad en esa pequeña zona de luz. “Me encanta Chesterton”, me confesó el Poeta, “los importantes son los escritores muertos”. Quería brindar por esa frase pero no pude; había olvidado mi taza de café sobre el escritorio donde había leído algunas historias del Demiurgo. “El Pintor te puede enseñar a ser un guerrero pero yo te puedo enseñar a ser un gran amante”, le dijo el Poeta al Demiurgo, quien sólo sonrió.

El Demiurgo dejó la luz y caminó hacia las sombras. Se oyó el sonido metálico de los picaportes de cobre. Una luz amarillenta llenó las penumbras de la biblioteca. El Demiurgo atravesó el umbral, el Poeta y yo lo seguimos. De repente nos encontramos en un balcón sin barandal. Desde ahí, sólo se podían observar las siluetas del pasto fundiéndose con la de los perros del Demiurgo. La luz de luna llena proyectaba hacia nuestros ojos: un jardín sin árboles ni flores. “Podría brincar y no pasaría nada”, pensé. “No vayas a mojar a los perros”, le dijo el Demiurgo mientras el Poeta orinaba hacia el jardín. Las ganas de saltar y acostarme en el pasto se me quitaron.

A pesar de que el Poeta quería hacer su voluntad, el Demiurgo guiaba esa noche. Él marcó los ritmos de la conversación y transformó los lugares de nuestra noche: de biblioteca a balcón con vista al jardín y de nuevo al cuarto donde había leído las historias del Demiurgo. El Poeta entendió, se resignó y sólo se conformó con bendecir cada transformación: “San Juan de la Cruz decía que la geometría euclidiana era una obra santa”, dijo el Poeta mientras el Demiurgo transfiguraba la copa de whisky del Poeta en un cigarrillo.

Del cigarrillo salió un olor dulzón que entraba a mi nariz en forma de vórtices de humo, trazas de una guerra invisible entre las partículas del aire y del vapor de la hierba. Esto pensaba cuando se deshicieron los vórtices con las frases del Poeta: “Alberto Blanco escribe cosas muy interesantes, que se alejan del mundo literario” o “No puedo entender cómo el universo puede ser finito e ilimitado al mismo tiempo”.

“El universo es infinito pero limitado como nos lo dice Einstein”, corregí, “al igual que el alfabeto, como lo dice Borges, que es limitado pero infinito en sus palabras”.

“No es así. Las palabras también son finitas”, dijo el Poeta.

El Demiurgo hizo un movimiento: el cigarrillo del Poeta se transformó en una copita de whisky.

“Copa Li Po saluda a la Luna: Alzo mi copa, saludo a la Luna: Con mi sombra, somos tres. La Luna sin embargo no sabe beber”, recita el Poeta mientras brinda hacia una luna dentro del cuarto que sólo él veía. “Matsuo Basho es el mejor poeta de haikú”; el Poeta empezó a invocar muertos.

Lunas invisibles que se dejaban adorar, puertas que surgían de las penumbras, un Demiurgo con habilidades alquímicas, muertos resucitados… un aquelarre de tres: el Poeta, el Demiurgo y yo. “La poesía joven nacional es mediocre. A algunos poetas jóvenes contemporáneos se les sube el bronce a los pies”, dijo el Poeta mientras yo buscaba un lugar donde sentarme. “Novia que me agobia… Fuensanta no mueras; amiga que te vas… vivo con treinta y dos gatos… tengo una leonera con disfraces…”, decía el Poeta mientras yo lamentaba que mi café se había enfriado y el Demiurgo no me complacía con transformar mi bebida con uno de sus pases alquímicos.

Pon escenografías a tus poemas, metáforas… esto es la metáfora:

Es el arte de apoyarse en un codo y convertirse en bandera

Es el arte de volverse jóvenes junto con la niña de tus ojos

Es el asunto interesante, inteligente

“Chispa, ángel, inspiración… de todo le han dicho a esa chingadera”, le aconsejaba el Poeta al Demiurgo, “usa todos los sentidos. El mundo está amueblado por tus ojos. La vagancia es el proyecto de estar drogado todo el tiempo”.

“La gracia está en la transgresión”, increpó el Demiurgo.

“Les faltan metáforas”, respondió el Poeta. “Tu generación se caracteriza por tener buenas conexiones pero se leen entre sí”.

“Tu generación se caracteriza por tener buenas conexiones pero se leen entre sí”: perros, animales de la vagancia por excelencia, oliéndose sus partes traseras, reconociéndose unos a otros, lamiéndose las heridas de las patadas que le propinaba algún pie justiciero. La animalidad de la poesía propone más vida, más carne, pero, al igual que la vida, se conecta con la muerte: atributo de la carne, el fin de la putrefacción. Empezaba a oler a muerte.

“Deberían leer a los poetas muertos”, dijo el Poeta refiriéndose a esta generación de vagos, de perros. “Les falta sonido, peso y libros publicados. Les falta metáforas; yo soy un poeta de metáforas”.

“Más que la búsqueda de la metáfora en la palabra, nuestra generación busca la estética de la forma”, dijo el Demiurgo. “Nuestra realidad se transforma en palabras. Un poema debe mover energías”.

“Por qué no aspiran a Góngora”, respondió el Poeta.

“Los lectores no demandan a Góngora”, replicó el Demiurgo.

Sí, olía a muerte, a poetas muertos, a poetas jóvenes muertos, a palabra muerta, a lengua muerta, a noche muerta, a perro muerto, a vagancia muerta: habría que resucitar a Lope, a Basho, a Góngora, a Quevedo… al endecasílabo, al soneto, a la décima, a la nocturna… “Ya no hay editoriales que quieran publicarnos, yo me voy a autopublicar”, terminó el Demiurgo la discusión mientras sacaba, de una cajita de caoba, un paquetito. Puso el contenido del paquetito sobre la portada de una biografía de Keith Richards: una piedrita blanca en el ojo de Keith Richards.

Yo la preparo”, dijo el Poeta mientras tomaba su credencial que lo autorizaba para votar y pulverizar con ella piedritas blancas sobre el ojo de Keith Richards. El Poeta empezó a aspirar los ojos de Keith Richards, la boca de Keith Richards, la nariz de Keith Richards y el humo del pitillo de Keith Richards. El Demiurgo sólo se conformó con el humo del pitillo de Keith Richards. Yo aspiré rapé para matar el olor a poeta muerto que inundaba la habitación.

“Los que se vuelven grandes escritores son los muertos”, dijo el Poeta. “Dios que me salva de la muerte con fortuna en el amor… Siempre memorizo los poemas, se me quedan”.

“Tengo hambre”, dije.

El Demiurgo decidió que la noche había terminado.

Por Raúl Fierro

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