Merecen mencionarse otras dos ayudas, menos efectivas, para la experiencia visionaria: el anhídrido carbónico y la lámpara estroboscópica. Una mezcla —completamente no tóxica— de siete parte de oxígeno y tres de anhídrido carbónico produce en quienes la inhalan ciertos cambios físicos y psicológicos que han sido descritos minuciosamente por Meduna. Entre estos cambios, el más importante, en relación con lo que nos ocupa, es un notable acrecentamiento en nuestra capacidad para «ver cosas» cuando los ojos están cerrados. En algunos casos, sólo se ven remolinos de dibujos en colores. En otros, puede haber vivas evocaciones de experiencias pasadas. (Por eso tiene valor el CO2 como agente terapéutico.) En otros casos, el anhídrido carbónico transporta al individuo al Otro Mundo, a los antípodas de la conciencia cotidiana. Entonces, se disfruta muy brevemente de experiencias visionarias sin relación alguna con la propia historia personal o con los problemas de la raza humana en general.

A la luz de esos hechos, resulta fácil comprender la razón de los ejercicios de respiración yoga. Practicados sistemáticamente, esos ejercicios llevan, al cabo de un tiempo, a prolongadas suspensiones de la respiración. A su vez, estas largas suspensiones de la respiración llevan a una alta concentración de anhídrido carbónico en los pulmones y la sangre y en este aumento en la concentración de CO2 disminuye la eficiencia del cerebro como válvula reductora y permite la entrada a la conciencia de experiencias, visionarias o místicas, del “más allá”.

Gritar o cantar prolongada y continuamente puede producir resultados análogos, aunque menos marcados. A menos que estén ya muy bien adiestrados, los cantores tienden a expeler más aire del que inhalan. Consiguientemente, aumenta la concentración de anhídrido carbónico en el aire alveolar y en la sangre y, al disminuir así la eficiencia de la válvula reducidora cerebral, se hace posible la experiencia visionaria. Tal es la razón de las interminables «vanas repeticiones» de la magia y la religión. En el canto del curandero, del exorcista, del hechicero, en la interminable entonación de salmos o sutras por los monjes cristianos y budistas, en los gritos y alaridos, hora tras hora, de los protestantes revalistas, en todas las diversidades de creencias teológicas y convenciones estéticas, la intención psico-química-fisiológica permanece constante. Aumentar la concentración de CO2 en los pulmones y la sangre y disminuir así la eficiencia de la válvula reductora del cerebro, hasta que dé paso a material biológicamente inútil de la Inteligencia Libre, ha sido, en todos los tiempos, aunque los gritadores, cantadores y farfulladores no lo supieron, el propósito real, la meta, de los hechizos, encantamientos, letanías, salmos y sutras. “El corazón tiene sus razones”, dice Pascal. Todavía más convincentes y difíciles de desentrañar son las razones de los pulmones, de la sangre y las enzimas, de las neuronas y las sinapsis. El camino a lo superconsciente pasa por lo subconsciente y el camino a lo subconsciente —por lo menos uno de los caminos— pasa por la química de las células individuales.

Con la lámpara estroboscópica descendemos de la química a la esfera todavía más elemental de la física. Su luz rítmicamente centelleante actúa directamente, por intermedio de los nervios ópticos, en las manifestaciones eléctricas de la actividad del cerebro. (Esto hace que haya siempre un leve peligro en el uso de la lámpara estroboscópica. Algunas personas padecen el petit mal sin que se lo advierta ningún síntoma claro e inconfundible. Expuestas a una lámpara estroboscópica, estas personas pueden tener un serio ataque epiléptico. El riesgo no es muy grande, pero conviene siempre tenerlo en cuenta. Un caso entre ochenta puede tener desagradables consecuencias.)

Sentarse, con los ojos cerrados, delante de una lámpara estroboscópica es una experiencia muy curiosa e interesante. Apenas la lámpara entra en acción, se hacen visibles dibujos con los más brillantes colores. Estos dibujos no son estáticos sino que cambian constantemente. Su color dominante es una función del ritmo de descarga del estroboscopio. Cuando la lámpara centellea a una razón entre diez y catorce o quince veces por segundo, los dibujos son predominantemente anaranjados y rojos. El verde y el azul hacen su aparición cuando el ritmo excede de los quince centelleos por segundo. Después de los dieciocho o diecinueve, los dibujos se hacen blancos y grises. La explicación más clara está en la interferencia mutua de dos o más ritmos: el de la lámpara y los diversos de la actividad eléctrica del cerebro. Estas interferencias pueden ser traducidas por el centro visual y los nervios ópticos en algo de lo que la mente adquiere conciencia como un dibujo en colores y en movimiento. Mucho más difícil es explicar el hecho, independientemente observado por varios experimentadores, de que el estroboscopio tiende a enriquecer e intensificar las visiones inducidas por la mescalina o el ácido lisérgico. He aquí, por ejemplo, el caso que me ha comunicado un médico amigo. Había tomado ácido lisérgico y estaba viendo, con los ojos cerrados, sólo dibujos móviles en colores. En este estado, se sentó delante de un estroboscopio. Puso la lámpara en acción e inmediatamente la geometría abstractas se transformó en lo que mi amigo llamó “paisajes japoneses” de belleza insuperable. Pero ¿cómo diablos la interferencia de dos ritmos podía producir una combinación de impulsos eléctricos que se traducía en un paisaje japonés vivo, con modulación propia, que no se parecía a nada de lo que el sujeto había visto, que estaba bañado de luz y color preternaturales y lleno de un significado preternatural?

Este misterio es meramente un caso particular de un misterio mayor y más vasto: la naturaleza de las relaciones entre la experiencia visionaria y lo que acontece en los órdenes celulares, químicos y eléctricos. Al tocar ciertas zonas del cerebro con un electrodo muy fino, Penfield ha conseguido inducir a la evocación de una larga serie de cosas relacionadas con alguna experiencia pasada. Esta evocación no es meramente precisa en todos los detalles perceptuales; está además acompañada por todas las emociones que provocaron los acontecimientos cuando originalmente se produjeron. El paciente, que está bajo anestesia local, se encuentra simultáneamente en dos tiempos y lugares: en la sala de operaciones, ahora, y en el hogar de su infancia, a cientos de kilómetros de distancia y a miles de días en lo pasado. Y cabe preguntarse, ¿hay alguna zona del cerebro en la que el electro-sonda podría evocar al querubín de Blake, la torre gótica con incrustaciones de piedras preciosas y en transformación de Weir Mitchell o los paisajes japoneses de belleza indescriptible de mi amigo? Y si, como yo personalmente creo, las experiencias visionarias entran en nuestra conciencia desde algún remoto punto del “más allá”, en la infinitud de la Inteligencia Libre, ¿qué clase de composición neurológica ad hoc crea para ellas el cerebro receptor y transmisor? Y, ¿qué sucede a esta composición ad hoc cuando la visión termina? ¿Por qué todos los visionarios insisten en la imposibilidad de recordar nada que tenga siquiera el más remoto parecido con la forma y la intensidad originales de sus experiencias transfigurantes? ¡Cuántas preguntas y todavía qué pocas respuestas!

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Las puertas de la percepción (1954)

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