¿Por qué un revolucionario espera con paciencia a que los dientes de un preso se desportillen contra el fino níquel de su arma?

Por Martín Luis Guzmán

Cuando se escriba la historia de la presente etapa política mexicana —la que ha de llamarse “etapa Obregón-Calles”—, pocos personajes lograrán mayor relieve que el general de brigada Roberto Cruz Grande. En efecto, como ya nos parece por sus hechos este ilustre sostenedor del callismo, es inconcluso que sus calidades de ciudadano y de hombre alcanzarán, en la acumulación de sucesos que hace la perspectiva del tiempo, esos límites del horizonte moral en cuyo radio nadie escapa a la caricia de la fama Puede la Historia —y aun quizás deba— olvidar el nombre de todos o casi todos los colaboradores del general Calles, dejándole a él, poco menos que íntegro, el mérito de la obra gubernativa de que tanto ventura espera en estos días el pueblo mexicano.

Pero es seguro que el nombre del general Roberto Cruz—lo contrario sería injusto— la Historia no lo olvidará: a la inversa, lo recordará más ahincadamente y más apasionadamente que el nombre del jefe.

El general Cruz —como la mayoría de los generales revolucionarios de México— es un joven general. Desprovisto totalmente de cultura, ha debido seguir para encumbrarse al azaroso camino de las proezas personales. Es, en cierto modo, un héroe de la acción —de la acción pura, de la acción ajena por entero al concurso de la inteligencia o el sentimiento cultivados por el contacto de las formas superiores de la civilización humana—. Sus semejantes en género heroico, ya que no en especie, hay que buscarlos entre otros grandes tipos revolucionarios, tales como Francisco Villa (descontado el genio guerrero) o Rodolfo Fierro (descontada la grandeza épica). Sólo que, a diferencia de estos, la peculiar capacidad heroica del general Cruz no es de evidencia inmediata. Villa y Fierro estaban esencialmente en sus obras, mas también en el aura de su personalidad física: bastaba verlos para identificarlos.

No así Roberto Cruz, de cuya trayectoria en la vida nada cierto se diría sin el catálogo pormenorizado de sus actos. ¿Creería nadie que este mancebo de fino trazo muscular, de rostro casi imberbe, de voz afeminada, es capaz de una siquiera de las hazañas que ya ilustran su nombre?

Porque así como el callismo es inconcebible sin un gobernante de índole tan extraordinaria como la del general Calles, así también sería imposible imaginar tal sistema político sin el concurso de un auxiliar de idiosincrasia tan poco común como la del general Roberto Cruz. Este es para el general Calles lo que Rodolfo Fierro era para el general Villa: dócil intérprete y rápido y eficaz ejecutor de la íntima voluntad de su jefe, de su voluntad suprema.

Lo que basta para comprender que el general Cruz, como Rodolfo Fierro, pertenece al linaje de los héroes resueltos y valerosos, los únicos de suficiente estatura para responder a voluntades como la de Calles y Villa. Sin su valor temerario, sin su desprecio de toda responsabilidad ante Dios y ante los hombres, ¿cómo hubiera podido Fierro cumplir siempre las órdenes de Villa? Si su valor a toda prueba, sin su noción de que el bien y el mal terminan en los ámbitos del callismo, ¿cómo podría el general Cruz realizar la parte que a él le toca en la empresa política del general Calles?

Bien ganada tenía su fama de héroe y de valiente cuando el actual presidente de México resolvió hacer de él el más apto instrumento de su régimen “reconstructivo y democrático”. Nada menos en esos días acababa de vérsele —durante alguna de las magníficas batallas contra los partidarios de Adolfo de la Huerta— derribando con su propia mano a más de cuarenta oficiales y soldados del ejército enemigo en derrota.

Deshechas por el empuje de las tropas de Obregón, las huestes delahuertistas huían a todo correr por la llanura —ya sin coraje, ya sin armas, ya sin aliento—, y tras ellas, al galope nervioso de su caballo de gran jinete a la mexicana, el general Cruz, infatigables el brazo y el índice iba dejando la huella —reguero de cuerpos humanos— de su revólver certero e invencible. Eso no obstante, no cabe dudar que desde entonces la obra y la fama del general Cruz, aunque ya hechas, se han acentuado, han crecido en intensidad y en calidad.

Su primer gran acto de colaborador de la política del general Calles —casi al día siguiente de que se le nombrase Inspector General de Policía— consistió en librar a la capital de la República de la turba de rateros y delincuentes menores que la infestaban. Los pequeños robos y demás delitos de poca monta —perpetrados por criminales modestos, por criminales libres no afiliados a la Crom ni al partido gobernante— molestaban a Calles hasta sacarlo de quicio: eran una mancha injustificable dentro del marco moralizador de su programa gubernativo.

Pero ¿cómo acabar con eso, si en el acto se tropezaba con las lentitudes y garantías de la ley, hecha por hombres cultos y para un pueblo libre? El general Cruz encontró la fórmula —fórmula breve, rápida, providencial: a las pocas horas de estar presos, los delincuentes dieron en suicidarse en los sótanos de la Inspección, y todos ellos, cosa extraña, en suicidarse con pistola automática calibre 45.

Y fue de allí de donde la gran obra del general Cruz tomó pie. De los pequeños criminales del orden común, la eficacia de sus métodos pasó a ser utilísima aplicada a los trastornadores de la paz y de la buena marcha política. Los sótanos de la Inspección empezaron a cobrar fama por sus virtudes pacificadoras y tranquilizadoras. Palideció el remoto prestigio de la Cheka, el de Dzerjinski. Si bien para los criminales políticos de sistema hubo de sufrir leves variaciones según los casos. Algunos de los hombres que comprometen la presente paz de México y su inalterable felicidad hacían recientemente en los Estados Unidos la pintura de ese sistema infalible. Pintaban al joven Inspector de Policía bajando a los sótanos de la Inspección —allí donde los políticos presos permanecen tres y cuatro días justicieramente colgados por las manos a las argollas empotradas a la pared. Llega —decían— el general Cruz armando de su pistola heroica, y hasta ahora no ha habido malhechor que no le confiese la verdad de su crimen, por lo menos la verdad necesaria para que primero Cruz y luego Calles adquieran el convencimiento de la culpa y sentencien al reo y lo ejecuten.

¡Cuántos criminales políticos no han desaparecido ya así para bien de México y de su actual gobierno! No cientos, sino miles, aseguraba José Elguero en sus declaraciones al New York Times. En todo caso, es un hecho —quienes lo han visto lo aseguran— que la pistola del general Cruz tiene la extremidad del cañón roída por el uso, pues los criminales políticos, atados por las manos a la pared, tienden a defenderse de la pistola, que les castiga el rostro, mordiéndola desesperadamente, tal es su perversidad. Alarde, por lo demás, vano siempre: el general Cruz espera con paciencia a que los dientes del preso se desportillen contra el fino níquel de su arma y sigue después su misión de justicia.

Días pasados se presentó al general Cruz la ocasión de consumar el acto más notable de su carrera de ciudadano, de militar y de político. Se trataba de los presuntos autores del atentado dinamitero contra Obregón, es decir —considerando que México no le debe a Obregón más que beneficios— del mayor crimen hasta hoy cometido en tierra mexicana, donde nadie se ha hecho nunca justicia por sí mismo, ni a nadie se fusila —ejemplo típico el del general Serrano y sus trece acompañantes— sin estricto apego a los imperativos morales, ya que a veces o a la ley. Esto los sótanos de su oficina en general Cruz trabajó activamente, y en unas cuantas horas obtuvo —cuatro criminales más mordieron con furia el cañón de su pistola— las confesiones de los presuntos dinamiteros. Confesiones concluyentes, tan concluyentes que habría sido infantil perder el tiempo en fiscales, en defensores, en testigos, en jueces, en jurados y en otras zarandajas que estorban la pronta acción de la justicia.

El general Cruz informó al general Calles del resultado de sus investigación y éste dio la orden de rigor. A las diez de la mañana del otro día fueron pasados por las armas, en el jardín del palacio que ocupa la Inspección General de Policía, los cuatro presuntos criminales: el sacerdote católico Miguel Agustín Pro Juárez, a quien se suponía instigador del delito D Humberto Pro Juárez, hermano de quien se suponía que instigó, el ingeniero Luis Segura Vilchis, a quien se atribuía haber fabricado la bomba, y Antonio Tirado Arias, a quien no se sabe exactamente lo que se atribuía.

Ahora el pueblo mexicano —por una de esas aberraciones tan frecuentes en los pueblos que no comprenden a sus gobernantes egregios— vive en la duda de si serían esos, en efecto, los autores del crimen contra Obregón, crimen de lesa patria, y ha dado en llamarlos, no “criminales”, como los que ordenaron el fusilamiento tras breve conciliábulo en la sombra, sino “mártires”. “¡Vivan los mártires!”, gritaba la multitud que seguía por las calles el desfile de los cuatro ataúdes. Pero esto, de cualquier manera, no rebaja la grandeza del general Cruz ni la amplitud de su hazaña. Con eso o sin eso hace tiempo que tiene ganado, como los bravos, su sitio en la Historia y en la leyenda, y como él, el general Calles.

*Texto publicado en La Antorcha (1931)

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