David tiene ideas locas en la cabeza, su madre se lo decía y su padre triplicaba la advertencia. El pequeño de nueve años no encontraba tregua en ambos casos.

Decidió adelantar la adolescencia. Tomó las pastillas hormonales de su hermano para detener el acné, al mes y medio constataba orgulloso y un poco melodramático la piocha del mentón. La madre lo vio asustada, el padre lo vio como un legítimo heredero.

Sus ansias juveniles comenzaron cuando escuchó que a las mujeres les da la regla. Preocupado, instó a su hermana Milagros que le explicará qué diablos tiene que ver una regla en todo esto; una vez explicado con santo y seña, reconvirtió esas dudas menstruales en tratados filosóficos.

Con la piocha y la voz gruesa, ya no fue visto como antes, era un fenómeno delicado, un ejemplar evolutivo que demostraba que los hombres sólo a través de medios artificiales pueden lograr desarrollarse primero que las mujeres.

La señorita Margaret del Instituto Kennedy, colegio al que asistía Davidsito, chilló de susto cuando encontró por la mañana al pequeño, no le permitió el contacto con sus compañeros, prefirió enjaularlo en su oficina ante una fabulosa bandeja de galletas caseras.

Telefoneó rápidamente a los padres que realizaban los trámites de divorcio. La causa: la acumulativa lista de agravios ocurridos en el cuarto de baño a lo largo de 23 años. Ante la histeria de ambos, la señorita Margaret colgó indignada y resolvió poner a prueba sus 25 años de estudio.

A Margaret no se le podía adivinar la edad, ya no era una jovencita que piensa que tener vello en las piernas es la cosa más horrorosa, ni es una mujer que desea amarrarse a un hombre y tener hijos. Tiene la edad exacta: cuarenta y cinco años.

Ella había liderado a las jóvenes feministas en una revolución sexual encausada a la igualdad, consigna que no le pareció a Jeft, un novio de la juventud. Él fue un literato amargado que vociferaba haber conocido a Morrison, que se horrorizaba con los desplantes de la Joplin y que disfrutaba de la cerveza a punto de congelación.

Apenas sus nalgas tocaron el borde de la silla, encogió los brazos, revolvió dos veces la saliva e inhaló los residuos tóxicos de un cigarro recién apagado. ¿Qué te pasó?, tienes tan sólo nueve años, no puedes tener barba, ¿te tomaste algo?, ¿algo te dieron tus padres?, dime algo. David puso cara de velorio y con un puchero a medio interpretar lo soltó todo.

Pensó que lo mejor no era contárselo a sus colegas, eran unos buitres que eran capaces de llamar a la prensa sensacionalista. Lo meditó un instante. Se llevaría David a un lugar lejano.

Para tal delito, -justificado- tendría que actuar con naturalidad, así que después de hablar con David, valoró recluirlo en el taller de manualidades o la clase de gimnasia. Estaba vencida, en las dos actividades el niño sería presa de burla, asombro, miedo y admiración. No existía terreno fértil.

Le dijo a la directora que se sentía mal y que tenía que irse. La directora aceptó. Margaret nunca se enfermaba. Nadie notó la ausencia de David y él no distinguió la ausencia de la escuela.

Embrujada por la adrenalina, pisó el acelerador y llegó a su casa. Con más decisión que nunca, hizo la maleta, liberó el dinero de la destartalada caja fuerte y se miró al espejo.

Pasaron setenta minutos hasta del cierre definitivo de la puerta. No produjo lágrimas por más que pensaba que era un buen momento para llorar.

Atrincherada en su coche -que estaba pagando a plazos-, miró todos los letreros que indicaban un rumbo a seguir, nada le pareció de su agrado. Vio un letrero, vio a David y se vio a sí misma por el retrovisor. Pensó que era una locura, pero es que nunca había hecho locuras. Puso la mente en blanco y manejó esperando que el camino no terminara nunca.

Llegó a un desagradable hotel de paso, no le gustó en absoluto pero era el único lugar para dormir. A David lo vistió como un hombre adulto que sufre de enanismo. Una vez que llegaron a la recepción, Margaret interpretó un genial papel de mujer abnegada que muere de amor por su marido diminuto, el recepcionista se compadeció y les dio la mejor habitación.

A la mañana siguiente David despertó a Margaret. Adormilada pero consciente pudo constatar que los síntomas varoniles habían aumentado. Cómo le iba a explicar al recepcionista que a su falso marido le había crecido la barba a lo ZZ Top, que tenía la manzana de Adán, y lo más perturbador que había crecido veinte centímetros. Margaret estaba horrorizada. David estaba encantado.

Ella estaba ansiosa, encendía la televisión, pensaba que todos los noticiarios hablarían sobre una mujer que había secuestrado a un niño-hombre. Nada. Parece que todos se mostraban aliviados, alguien se había llevado al fenómeno evolutivo.

Dejaron la habitación. David se dejaba guiar, no hacía preguntas. Estuvieron varios días vagando con el coche en marcha. Casi no había diálogos. Parece ser que ambos no entendían lo que estaba pasando.

No quiero seguir así. Todo el tiempo estamos huyendo. ¿De qué o de quiénes huimos? ¿Hemos hecho algo malo? Las preguntas de David no cesaban, las respuestas nunca aparecían.

Un día cualquiera el niño-hombre palideció, sumido en un espiral de emociones depresivas manifestó su deseo de vivir en algún lugar. Margaret estaba ofuscada. Ella se sentía como una especie de ángel de la guarda que lo protegía de seres malignos que deseaban hacer de él un fenómeno de circo. ¿Cómo es posible que no lo entendiera? Ella era la buena de la película y la buena siempre gana por muy engorrosa que sea la trama.

Los rasgos varoniles de David se iban acrecentando, ya tenía la estatura y el pensamiento de un adulto. Estaba listo para unirse al mundo real, sólo había un problema. Margaret.

Rentaba una casa a las afueras de la ciudad. Margaret había ahorrado una considerable suma de dinero. Esa pequeña fortuna fue pensada para crear una ONG, pero a estas alturas, la ONG se llamaba David.

Ella se presentaba ante la comunidad como Margaret y su marido. A David no le dejaba hablar ni tres palabras. No había peligro alguno, el niño-hombre había cambiado tanto que nadie lo reconocería.

Tres años bastaron para que el falso matrimonio se rompiera. David la dejaba. Se había enamorado. Margaret tenía roto el corazón, aunque nunca tuvieron intimidad ni se dieron un beso, trágicamente ella se había enamorado, pero para él era simplemente una madre sobreprotectora.

Por muy raro que parezca David había olvidado a sus padres, a la vez que crecía, sus recuerdos desaparecían.

Margaret se sintió maltratada ¿Por qué te vas? ¿Qué te he hecho? No me has dejado vivir. Murmuró el hombre-niño.

Desolada recorría los parques infantiles en busca de David, ese niño de nueve años que deseaba ser mayor. Un día lo encontró. Un niño risueño que ante la pregunta de ¿Qué quieres ser de grande? Respondía sin titubeos. Simplemente quiero ser grande.

Por Malinali García

Comments

comments