¿Qué es de las señoritas que se quedan solas?

Por César Vallejo

Hoy en París no ha amanecido. En París es frecuente que no amanezca. El reloj marca las siete de la mañana, las ocho, las doce del día y no amanece. El reloj llega a marcar las cuatro de la tarde, las cinco y las seis de la tarde y no amanece. El reloj entra por fin en una nueva zona nocturna, marcando las siete, las ocho, las once de la noche y no amanece. En París es frecuente que una noche salte a la noche siguiente sin que entre ambas haya día. Se trata entonces de tres noches apuntaladas o, lo que es igual, se trata de una sola noche larga, formada de dos noches normales y de un día que no quiso abrir los ojos, es decir, que no quiso amanecer.

Hoy ha ocurrido esto en París. Escribo estas líneas a las tres de la tarde, y hasta este momento no ha amanecido. La urbe sigue, desde ayer, sumida en una sola noche larga, en “una sola sombra larga”. La actividad y la vida de los hombres han amanecido y los negocios y el trabajo han vuelto a reanudarse a las horas normales. Pero la luz del día no ha vuelto, ni volverá más por ahora. Faltan unos cortos minutos para que, según ocurre normalmente en esta estación, torne la noche. Así, pues, toda esperanza de luz del día está por hoy perdida. Hoy en París no hay día…

La urbe, sin embargo, se mueve y vive como si hubiera día y como si nada de extraordinario aconteciera en el curso de la luz y de la sombra naturales. La urbe ha mostrado abiertos sus almacenes, sus restaurantes, sus bancos, sus oficinas públicas y la agitación en las calles no difiere en nada a la de los días efectivos, a la de los días de luz, a la de los días que amanecen. Solamente hay una pequeña diferencia: no hay luz solar sino alumbrado eléctrico.

Oigo que algunas gentes se preguntan ¿por qué precisamente hoy, día de las novias de París, día de Santa Catalina, no ha amanecido ni amanecerá ya más? La fiesta de las vírgenes, la fiesta de las púberes, está transcurriendo, ¡ay!, bajo los arcos voltaicos, en lugar de transcurrir, como conviene a los azahares y a la sangre joven, “bajo el gran Sol de la eterna armonía”. Las vírgenes en flor, las púberes hermanas de Santa Catalina, van y vienen por la urbe, atronando los aires con sus risas, sus cantos, sus pitos y matracas, sus rosas y sus trajes, hoy, precisamente hoy, que no ha amanecido ni amanecerá ya más en París.

Y, bajo una noche larga y trina y repleta de niebla otoñal, la ciudad ha suspendido a mediodía sus labores ordinarias, en honor de las jeunes filies de París, de estas criaturas de Dios, como las llamaba Anatole France, que acaban de entrar a la pubertad y abren por primera vez sus grandes ojos castos al amor y a la esperanza. La fiesta muestra su mejor encanto, su gracia y sugestión más románticas y humanas, en las personas de las novias pobres, de las midinettes, de las pálidas obreritas de la urbe tempestuosa. Las otras, las jeunes filies de los palacios y del lujo, han acabado por renunciar a la celebración de Santa Catalina y miran transcurrir esta fiesta como una cosa extraña a ellas, como algo que únicamente concierne a las clases populares. Pero, por esto mismo, el día de Santa Catalina en París ha llegado a cobrar, sobre todo después de la guerra, un fuerte sabor dramático y humano.

La población masculina de Francia es en una tercera parte inferior a la población femenina. Un considerable número de mujeres viven solas y mueren solas, sin haber logrado formar un hogar. Viven y mueren solas, sin esposo, sin prole, sin eternidad. Apenas han familiarizado con alguna otra amiga sola también, que tampoco pudo formar un hogar. El caso ha sido señalado, desde el primer momento de la escasez de hombres, por Víctor Margueritte. ¿Es un hecho natural o un hecho contranatural? Se puede así afirmar por de pronto que se trata de un hecho lógico y probablemente lamentable.

Esta es la impresión que se tiene cuando vemos las diversas manifestaciones y festejos de las catherinettes de París. Solas o en grupos, las obreritas recorren las avenidas y bulevares, entran a los teatros y restaurantes, suben a los automóviles y tranvías, invaden las estaciones, las plazas y los jardines, con cigarrillos dorados en los labios, tocadas de grandes sombreros de fantasía, en tul o papel de color, los cabellos cortados a la Ninón, saltando y entonando en coro terribles canciones de guerra, que oyeran hace unos ocho años de boca de los héroes triunfales.

¿Por qué estas muchachas de ahora, de faldas a mitad de los muslos, la han dado en cantar, en el florido día de las novias, esas canciones muertas? ¿Por qué, entre un orgiástico black-botton que improvisan y bailan en una esquina, irrumpen de repente aquellas ya viejas canciones que trajeron de las trincheras los esposos, los hermanos, los padres, en fin, los soldados desconocidos?…

Esta fiesta de las novias de París es, en medio de su jolgorio excesivo y epiléptico, una cosa, sin duda, emocionante y dolorosa. Hay entre las niñas que buscan novios de ilusión, príncipes encantadores o siquiera un Rodolfo Valentino, con un poco de gigoló y un mucho de Apolo anacrónico, una que otra cabecita ambigua, extraña e inquietante. Las demás se acercan a esta novia singular y sutilmente varonil y se disputan entre sí por llevarle del brazo o por besarle en la mejilla. Se oyen gritos. Cruzan serpentinas. El público ríe. Se forma un tumulto pintoresco. Luego continúan pasando las comparsas.

Hay otras catherinettes que se han reunido para almorzar juntas. A esta niña rubia, de ojos rasgados, alta, hermosa, la conozco. La he visto mil veces almorzar y comer en el restauran Colbert. Trabaja en los almacenes del Louvre. Siempre sola, a una hora fija, suele llegar y salir del restauran. Tendrá unos 26 años. Hoy está almorzando en una larga mesa llena de flores, acompañada de unas diez amigas. Todas están coronadas de crisantemos y de tules caprichosos.

Al entrar, he reconocido inmediatamente a la rubia del Colbert. Estaba enrojecida y sus rasgados ojos de olivo brillaban extrañamente. Hay en la mesa varias botellas de vino ya vacías. La oigo hablar de “buena posición”, de “sueldo”, de “hotel”, de “trabajo”. De súbito una de las amigas la ha tomado en brazos tierna y fraternalmente. La rubia del Colbert ha inclinado el rostro hermoso. Está llorando. Está llorando su perenne soledad, sin duda, sus días de trabajo inútil, sus estériles esperanzas. Está llorando sus 40 años futuros, sin hogar, sin hijos, sin amor ¡ay!, sin eternidad…

Existen también entre las niñas que hoy recorren las calles buscando novio; muchas que no se hacen cortar el cabello, que viven sin la esperanza de un amor y que, además, carecen del pan del día y de medios honestos de ganarlo por sí mismas. Estas son las bohemias, de una bohemia inquerida, como reza en el poema de Darío. ¿Conocéis la bohemia inquerida? ¡Oh qué dolor! Yo sé de esta bohemia y conozco su hueso amarillento, su martillo sin clavos, su par de dados, su gemebundo gallo negativo.

Estas jeunes filies de París, sin pan y sin techo, a pesar de sus fuerzas y a pesar de sus gracias, suelen destacarse en medio de la turba riente, a causa del quebranto de sus gestos, que parten el corazón. Es dable encontrar a algunas de estas vírgenes bohemias, durante las heladas noches de noviembre, dormidas al pie de un palacio de Rodschilde o de una fábrica de Citröen y dormidas acaso para siempre. Y, como no son las bohemias pasadas, las profesionales bohemias finiseculares que pintó Rousseau, no es posible encontrar junto a sus cadáveres, ni siquiera un violín de Ingres. Solamente las sigue, aun más allá de la muerte, la hiena fosforosa del destino.

*Texto publicado en Mundial (1926).

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