En 10 años de guerra pasé de tener 15 a 25 años,

mi adolescencia floreció entre plantones de López Obrador y rebeliones de la APPO;

y si bien no asimilaba lo que se venía, 

en mi ingenuidad y desinterés juvenil concebía a Felipe como un harapo.

 

En 10 años de guerra he entendido que a los que defienden privilegios no les importan los camposantos 

y que a todos los deudos nos hace un chingo de falta organizarnos.

 

 

Como si las balas y la muerte fuesen un aliciente bravo,

en 10 años de guerra puedo decir que amé y he sido amado;

que he pasado por el tiempo y éste ha pasado a través de mí.

Como si por vivir tanto, llenara la ausencia de los que la guerra se ha tragado.

 

Aunque quisiera decir que la esperanza va ganando,

en 10 años de guerra he aprendido que une más el dolor porque los sueños salen caros.

¿Dónde estaremos cuando la herida deje de sangrar? ¿Seremos testigos o ceniza el día que México la guerra vaya a capitular?

 

En 10 años de guerra pesa afirmarlo, pero no veo por dónde esto va a parar.

O tal vez sí, aunque la respuesta pueda no gustar:

Al cuartel. En 10 años de guerra, hemos perdido un país y ganado un cuartel.

 

Por Rodolfo Castellanos

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