¿Vale la pena escalar tan alto?

Por Jon Krakauer

6 de mayo de 1996: 5 mil 400 metros

Partimos del campamento base el 6 de mayo a las 4:30. La cima del Everest, 3 mil metros más arriba, me parecía tan remota que procuré limitar mis pensamientos al campamento II, que era el destino previsto para aquel día. Cuando el sol empezó a encender el glaciar, me encontraba ya a 6 mil 100 metros de altitud, en la boca del Valle Occidental, contento de haber dejado atrás la Cascada de Hielo y de que sólo tuviera que atravesarla una vez más, en el descenso final.

El calor me había afectado mucho cada vez que había cruzado el valle, y en esta ocasión las cosas no fueron distintas. Escalando a la cabeza del grupo junto a Andy Harris, tuve que ponerme nieve constantemente debajo de la gorra y moverme tan rápido como me lo permitieran las piernas y los pulmones, ansioso por alcanzar la sombra de las tiendas antes de que la radiación solar acabara conmigo. A medida que transcurría la mañana y el sol pegaba más fuerte, empezó a dolerme mucho la cabeza. Tenía la lengua tan hinchada que me resultaba difícil respirar por la boca, y advertí que cada vez me costaba más pensar con claridad.

Andy y yo llegamos al campo II a las 10:30. Después de beber dos litros de Gatorade, conseguí reanimarme un poco. “Al menos es un consuelo ir hacia la cima, ¿no?”, me dijo Andy. Harris había tenido problemas intestinales durante casi toda la expedición y justo ahora empezaba a recuperar las fuerzas. Dotado de una gran paciencia, su misión solía consistir en acompañar a los clientes más lentos en la retaguardia, y le entusiasmaba que aquella mañana Rob hubiera decidido ponerlo a la cabeza. Como guía más joven del equipo, y el único que no había escalado nunca el Everest, Andy estaba ansioso por mostrar su valía al resto de sus avezados colegas. “Yo creo que vamos a vencer a este cabrón”, me confió con una gran sonrisa, mirando hacia la cima.

Más tarde, Göran Kropp, el sueco de 29 años que escalaba en solitario, pasó por el campamento II camino del base. Parecía absolutamente agotado. El 16 de octubre de 1995, había partido de Estocolmo en una bicicleta hecha a la medida y cargado con 100 kilos de equipo, con la intención de hacer un viaje de ida y vuelta desde Estocolmo hasta el Everest sin ayuda de sherpas ni oxígeno adicional. Era un proyecto muy ambicioso, pero Kropp poseía la reputación necesaria para salir airoso: había estado en otras seis expediciones al Himalaya y había escalado en solitario el Broad Peak, el Cho Oyu y el K2.

Durante el trayecto de 13 mil kilómetros hasta Katmandú, Kropp fue asaltado por unos colegiales rumanos, y en Pakistán fue agredido por una turba. En Irán, un airado motorista le había golpeado en la cabeza con un bate de béisbol (por suerte llevaba el casco puesto). Sin embargo, el sueco había llegado intacto a las estribaciones del Everest a primeros de abril, seguido de un equipo de filmación, y de inmediato había iniciado su período de aclimatación. Posteriormente, el miércoles 1 de mayo, había partido del campamento base en dirección a la cima.

La tarde del jueves, Kropp había establecido un campamento en el collado Sur, a 7 mil 930 metros, para reemprender el camino en las primeras horas del día siguiente. En el campamento base todo el mundo estaba atento a sus radios en espera de tener noticias de su ascensión. Helen Wilton colgó un cartel en nuestra tienda comedor que rezaba: “¡Vamos, Göran, ya es tuyo!”.

Por primera vez desde hacía meses la cumbre no estaba azotada por el viento, pero la nieve era allí muy espesa y avanzar resultaba lento y agotador. Kropp, sin embargo, fue ganando terreno por la nieve, y a eso de las dos de la tarde ya estaba a 8 mil 750 metros, a un paso de la Antecima. Pero aunque la cumbre quedaba a unos 60 minutos de camino, Kropp decidió dar marcha atrás, pues pensaba que si seguía subiendo estaría demasiado cansado para hacer un descenso sin problemas.

—Volverse estando tan cerca de la cima… —comentó Hall el 6 de mayo, meneando la cabeza, cuando Kropp pasó por el campamento II—. Eso demuestra lo sensato que es Göran. Estoy impresionado. De hecho, lo estoy más que si hubiera seguido adelante y coronado la cima.

Rob nos había estado aleccionando acerca de la importancia de fijar una hora de regreso cuando intentáramos conquistar la cumbre —para nosotros, sería alrededor de la una de la tarde o, a más tardar, las dos—, y de atenerse a ella por más cerca que estuviéramos de hacer cima.

—Con un poco de ganas, cualquier idiota puede subir esta montañita —decía Hall—. La gracia está en volver con vida.

Esa fachada de Hall escondía un intenso deseo de éxito, que él definía en términos muy simples, como conseguir llevar hasta la cima al máximo número de clientes. Para asegurarse la victoria, Hall prestaba una gran atención a los detalles: la salud de los sherpas, la eficacia del sistema eléctrico por energía solar, el buen estado de los crampones de todo el equipo. Hall adoraba ser guía, y le dolía mucho que algunos escaladores famosos —incluido sir Edmund Hillary, pero no sólo él— no apreciaran las dificultades de este oficio, ni lo valoraran como se merecía.

Rob decretó que el martes 7 de mayo sería día de descanso, de modo que nos levantamos tarde y pasamos el tiempo sentados en el campamento, pensando con nerviosismo en el inminente ataque a la cima. Yo me entretuve con los crampones y luego intenté leer una novela de Carl Hiaasen, pero estaba tan obsesionado con la escalada que leía varias veces la misma frase sin conseguir que mi cerebro registrara las palabras.

Finalmente dejé el libro, saqué unas fotos de Doug posando con una bandera que los colegiales de Kent le habían pedido que subiera hasta el pico, y le sonsaqué para que me detallara las dificultades del último tramo, que él recordaba bien de su última ascensión.

—Cuando llegues arriba —dijo, frunciendo el entrecejo—, te garantizo que te va a doler todo.

Doug estaba entusiasmado con la idea de unirse a la ascensión, pese a que seguía teniendo molestias en la garganta y sus fuerzas parecían estar en huelga. Como él mismo dijo: “He invertido demasiado de mí mismo en esta montaña para abandonar ahora, sin dar todo lo que tengo”.

Aquella tarde, Fischer pasó por nuestro campamento con los dientes apretados y caminando hacia sus tiendas a un paso insólitamente lento para él. Por lo general su actitud era tremendamente optimista; una de sus frases favoritas era: “Si te quedas sin fuelle, no vas a llegar a la cima, así que mientras estemos aquí lo mejor es que nos esforcemos en estar de buen rollo”. Sin embargo, Scott no parecía estar “de buen rollo” en absoluto, sino nervioso y muy cansado.

Como había animado a sus clientes a subir y bajar de la montaña cada cual por su cuenta durante el período de aclimatación, Fischer acabó teniendo que hacer un buen número de excursiones imprevistas entre el campamento base y los campos de altura cada vez que algún cliente tenía problemas y necesitaba ayuda para descender. Ya había hecho viajes extra para asistir a Tim Madsen, Pete Schoening y Dale Kruse. Ahora, en vez de un día y medio de imprescindible descanso, Fischer había tenido que ir y volver apresuradamente del campo II al base para ayudar a su buen amigo Kruse, que por lo visto había recaído de su edema cerebral.

Fischer había llegado al campamento el día anterior a eso del mediodía, después de salir del base muy por delante de sus clientes. Había dado instrucciones a Anatoli Boukreev para que cerrase la marcha, no se alejara del grupo y vigilara un poco a todo el mundo, pero Boukreev hizo caso omiso: en vez de subir con el resto del equipo, se había levantado tarde, se había duchado y se había puesto en camino casi cinco horas después de que lo hiciera el último cliente. Así, cuando Kruse se vino abajo con una cefalea espantosa, Boukreev no estaba allí para ayudarlo, lo cual obligó a Fischer y Beidleman a bajar corriendo desde el campamento II para atender la urgencia tan pronto tuvieron noticia de ella por los escaladores que subían del Cwm Occidental.

Poco después de que Fischer alcanzara a Kruse e iniciara el complicado descenso hasta el campamento base, encontraron a Boukreev en lo alto de la Cascada de Hielo, ascendiendo en solitario, y el primero le reprendió por eludir sus responsabilidades de guía.

Ni te imaginas el rapapolvo que Scott le soltó a Toli”, recuerda Kruse. “Quiso saber por qué iba tan rezagado, por qué no estaba escalando con el resto del equipo”.

Según Kruse y otros clientes de su expedición, la tensión entre Fischer y Boukreev había ido en aumento a lo largo de las semanas. Fischer pagaba a Boukreev 25 mil dólares, una cantidad más que generosa para un guía en el Everest (la mayoría cobraba entre 10 y 15 mil dólares; los mejores sherpas sólo percibían de mil 400 a 2 mil 500 dólares), y Boukreev no había estado a la altura de su sueldo.

—Toli era un escalador muy fuerte y técnicamente muy bueno —explica Kruse—, pero poco sociable. Nunca pensaba en los demás. Sencillamente no sabía trabajar en equipo. Yo le había dicho a Scott que no quería subir los últimos tramos con Toli, porque dudaba de poder contar con él si la cosa se torcía”.

El problema era que Boukreev tenía una idea de sus responsabilidades que difería sustancialmente de la de Fischer. Como ruso que era, Boukreev venía de una orgullosa y tenaz cultura montañera que no creía en eso de mimar a los más débiles. En la Europa del Este los guías estaban más adiestrados para actuar como sherpas —acarrear pesos, fijar cuerdas, establecer rutas— que como celadores. Alto, rubio y de bellas facciones eslavas, Boukreev era uno de los más dotados escaladores del mundo, con 20 años de experiencia en el Himalaya y dos ascensiones al Everest sin oxígeno adicional. En el curso de tan distinguida carrera había formulado unas cuantas opiniones, poco ortodoxas pero recalcitrantes, acerca de cómo había que escalar. Afirmaba sin contemplaciones que era un error que los guías protegieran a sus clientes en exceso.

—Si el cliente no puede escalar el Everest sin la ayuda del guía en todo momento —me dijo Boukreev—, es que no debería estar en la montaña. Luego vienen los problemas en el último tramo.

Pero la negativa o la incapacidad de Boukreev para desempeñar el papel de un guía según la tradición occidental exasperaba a Fischer. Eso obligó a él y a Beidleman a asumir una parte desproporcionada del trabajo de vigilancia, y a primeros de mayo semejante esfuerzo extra había infligido un daño irreparable a la salud de Fischer.

La tarde del 6 de mayo, a su llegada al campamento base con Kruse enfermo, Fischer hizo dos llamadas vía satélite a Seattle para quejarse de la intransigencia de Boukreev a su socia, Karen Dickinson, y a su publicista, Jane Bromet. Ninguna de las dos imaginaba que aquéllas serían las últimas conversaciones que mantendrían con Scott.

El 8 de mayo los equipos de Hall y Fischer partieron del campamento II e iniciaron el duro ascenso por las cuerdas fijas de la cara del Lhotse. 600 metros más arriba del valle, a punto de llegar al campo III, un canto rodado del tamaño de un televisor portátil rodó y dio de lleno en el pecho de Andy Harris.

El golpe le hizo perder el equilibrio, le cortó la respiración y lo dejó colgando de la cuerda, en estado de shock, durante unos minutos. Si no hubiera estado sujeto al jumar, habría caído sin remisión.

Al llegar a las tiendas, Andy aseguró que no estaba herido. “Puede que por la mañana vaya un poquito envarado”, insistía, “pero me parece que ese pedrusco no me ha hecho más que unos cardenales”. Justo antes del golpe estaba inclinado hacia delante, con la cabeza gacha; justo antes del golpe había mirado casualmente hacia arriba, así que la piedra le rozó apenas la barbilla y luego le dio en el pecho, pero por muy poco no le había aplastado el cráneo. “Si esa piedra me llega a caer en la cabeza…”, especulaba Andy con una mueca mientras se descolgaba la mochila.

Como el campamento III era el único en toda la montaña que no compartíamos con los sherpas (el saliente era demasiado pequeño para dar cabida a tiendas para todos), teníamos que ocuparnos de cocinar, lo que consistía básicamente en derretir prodigiosas cantidades de hielo para obtener agua potable. Debido a la fuerte deshidratación, inevitable efecto secundario de respirar mal en un aire tan enrarecido, cada uno de nosotros consumía más de cuatro litros diarios. Necesitábamos, por consiguiente, producir unos 50 litros de agua para satisfacer las necesidades de ocho clientes y tres guías.

Como el 8 de mayo fui el primero en llegar a las tiendas, me tocó cortar el hielo. Durante tres horas, mientras mis compañeros iban llegando y se acomodaban en sus sacos de dormir, yo me quedé fuera picando hielo con mi pala y mi piolet, llenando bolsa tras bolsa de basura y distribuyendo los trozos de hielo para que los fundieran en las tiendas. A 7 mil 300 metros de altitud, es un trabajo agotador. Cada vez que un compañero me gritaba: “¡Eh, Jon!, ¿sigues ahí fuera?; ¡nos vendría bien un poco más de hielo!”, me hacía cargo de lo que debía de ser para los sherpas trabajar para nosotros y de lo poco que apreciábamos su colaboración.

A media tarde, cuando el sol fue colándose tras el ondulado horizonte y la temperatura empezó a caer en picada, todos estábamos en el campamento, salvo Lou Kasischke, Frank Fischbeck y Rob, que se había ofrecido a hacer de coche escoba y subía en último lugar. A eso de las 16:30, el guía Mike Groom recibió una llamada de Rob por el walkie-talkie: Lou y Frank estaban 60 metros por debajo de las tiendas y moviéndose muy despacio; le pedía a Mike que bajara a ayudar. Groom se puso de inmediato los crampones y desapareció por la cuerda fija sin chistar.

Tardó casi una hora en reaparecer, a la cabeza de los otros. Lou, tan cansado que había dejado que Rob le llevara la mochila, llegó al campamento tambaleante, pálido y muy turbado, murmurando:”«Estoy acabado. Ya no tengo gas”. Frank apareció minutos después con peor aspecto todavía que Lou, aunque no quiso darle su mochila a Mike. Fue un duro golpe verlos así; ambos habían escalado bien últimamente. El aparente deterioro de Frank me impresionó de manera especial: yo había supuesto desde un principio que Frank —que ya había visitado tres veces la montaña y parecía fuerte y experto— era uno de los primeros candidatos de nuestra expedición a conquistar la cima.

Al caer la noche sobre el campamento, los guías nos pasaron botellas de oxígeno, reguladores y mascarillas: durante el resto del ascenso respiraríamos aire comprimido.

Depender del oxígeno embotellado para realizar la ascensión es una práctica que ha levantado la más acalorada polémica desde que en 1921 los británicos llevaron aparatos experimentales de oxígeno al Everest. (Los escépticos sherpas bautizaron rápidamente aquellas bombonas pesadísimas con el nombre de “aire inglés”). El primer y más acerado crítico de las botellas de oxígeno fue George Leigh Mallory, quien decía que su uso era “antideportivo y, por tanto, antibritánico”. Pero pronto quedó claro que por encima de los 7 mil 600 metros, en la llamada Zona de la Muerte, sin oxígeno adicional, el cuerpo es muchísimo más vulnerable a los edemas pulmonares y cerebrales, la hipotermia, las congelaciones y toda una serie de peligros mortales. En 1924, a su regreso de la tercera expedición al Everest, Mallory ya se había convencido de que nadie podría alcanzar la cima sin oxígeno adicional, y se resignó a utilizarlo él también.

Experimentos realizados en cámaras de descompresión habían demostrado que un ser humano sacado bruscamente del nivel del mar y puesto en la cima del Everest, donde el aire sólo contiene un tercio del oxígeno, perdería el conocimiento en cuestión de minutos y moriría poco después. Pero algunos alpinistas idealistas continuaban insistiendo en que un atleta fuera de serie y con especiales atributos fisiológicos podría, tras un extenso período de aclimatación, escalar el pico sin recurrir a la botella de oxígeno. Llevando este razonamiento a sus últimas consecuencias, los puristas aducían que utilizar mascarilla era una estafa.

En los años setenta, el prestigioso alpinista tirolés Reinhold Messner se erigió en principal defensor de la escalada sin oxígeno, declarando que o subía el Everest “sin trucos” o no subía. Poco después, él y su compañero de muchos años, el austríaco Peter Habeler, asombraron al alpinismo mundial haciendo buena su bravata: a la una de la tarde del 8 de mayo de 1978, ascendieron por la ruta del collado Sur y la arista Suroeste sin emplear oxígeno adicional. En muchos círculos de escaladores se consideró ésta la primera ascensión real al Everest.

La proeza de Messner y Habeler no fue, sin embargo, recibida con elogios en todas partes, especialmente entre los sherpas. La mayoría de ellos se negaba a creer que unos occidentales fueran capaces de lograr algo que ni siquiera los sherpas más fuertes habían conseguido. Se especulaba con que Messner y Habeler habrían inhalado oxígeno de unas pequeñas bombonas escondidas entre la ropa. Tenzing Norgay y otros sherpas eminentes firmaron una instancia exigiendo que el gobierno de Nepal pusiera en marcha una investigación sobre la presunta ascensión.

Pero las pruebas que confirmaban aquella escalada fueron irrefutables. Es más, dos años después, Messner silenció a todos los incrédulos viajando a la cara tibetana del Everest y realizando otra ascensión sin oxígeno, esta vez en solitario y sin ayuda de sherpas ni de nadie. Cuando llegó a la cima a las 15:00 del 20 de agosto de 1980, en medio de espesas nubes y una intensa nevada, Messner dice que “tenía dolores horribles que no me dejaban en paz; en mi vida había estado tan cansado”. En Everest, en solitario, su libro sobre esta ascensión, describe cómo luchó para subir los metros finales hasta la cumbre: “Cuando descanso me siento totalmente exánime, salvo que la garganta me arde cuando respiro […] Casi no puedo continuar. No hay desesperación ni alegría ni ansiedad. No es que haya perdido el dominio de mis sensaciones, es que ya no son tales. Cuento únicamente con la fuerza de voluntad. Cada pocos metros también ésta se desinfla en el cansancio infinito. Luego ya no pienso. Me dejo caer, permanezco tumbado. Durante no sé cuánto tiempo mi indecisión es extrema. Después avanzo unos pasos más”.

A su regreso a la civilización, Messner fue saludado como el más grande alpinista de todos los tiempos.

Visto que la ascensión al Everest era posible sin oxígeno adicional, un elenco de escaladores ambiciosos convino en que por fuerza había que hacerlo así. De allí que si uno aspiraba a entrar en la élite del Himalaya estuviese obligado a prescindir de las botellas de oxigeno. En 1996 habían ascendido sin oxígeno una sesentena de alpinistas —hombres y mujeres—, de los cuales cinco no vivieron para contarlo.

Por más excelsas que pudieran ser nuestras ambiciones individuales, en el equipo de Hall nadie había pensado siquiera en intentar la conquista del Everest sin oxígeno. Incluso Mike Groom, que lo había conseguido hacía tres años, me explicó que esta vez pensaba utilizarlo porque trabajaba como guía, y sabía por experiencia que sin oxígeno adicional tendría las fuerzas —y la mente— demasiado mermadas para atender las necesidades de su oficio. Como tantos veteranos del Everest, Groom creía que aunque era aceptable —y, desde luego, estéticamente preferible— prescindir del oxígeno adicional cuando uno escalaba en solitario, hacer de guía sin utilizarlo suponía una gran irresponsabilidad.

El sofisticado sistema de oxígeno que empleaba Hall era de fabricación rusa y consistía en una careta de plástico rígido, parecida a la que llevaban los pilotos de los Mig en la guerra de Vietnam, conectada por medio de una manguera y un regulador corriente a un envase naranja de acero y kevlar que contenía el gas. (Más pequeña y mucho más ligera que una bombona de submarinista, la botella llena pesaba tres kilos). Aunque habíamos dormido sin oxígeno en nuestra anterior estancia en el campamento III, ahora que íbamos camino de la cima, Rob nos instó a respirar oxígeno embotellado toda la noche.

—Cada minuto que pasa uno a esta altitud —nos advirtió—, la mente y el cuerpo se van deteriorando.

Morían células del cerebro; la sangre se espesaba peligrosamente adquiriendo una consistencia de lodo; los capilares de las retinas sufrían hemorragias espontáneas. Incluso descansando, el corazón latía a un ritmo furioso. Rob nos prometió que “el oxígeno embotellado retardaría esos efectos y nos ayudaría a dormir”.

Procuré seguir su consejo, pero al final se impuso mi claustrofobia latente. Cuando me cubrí la boca y la nariz con la mascarilla tuve la sensación de que me asfixiaba, así que tras una hora de sufrimiento decidí prescindir de la careta y pasé el resto de la noche sin oxígeno adicional, moviéndome sin parar, resoplando, mirando el reloj cada diez minutos para ver si ya era hora de levantarse.

Acaballadas en la pendiente unos 30 metros más abajo de nuestro campamento, en un sitio igual de precario, estaban las tiendas de los demás equipos (incluidos el de Scott Fischer, los surafricanos y los taiwaneses). A la mañana del día siguiente —jueves 9 de mayo—, mientras me ponía las botas para la ascensión al campo IV Chen Yu-Nan, un obrero siderúrgico de Taipei que tenía 36 años se arrastró fuera de su tienda para evacuar, calzado únicamente con sus botas de suela lisa, lo que constituía un grave descuido.

Al agacharse, resbaló en el hielo y comenzó a descender por la cara del Lhotse. Después de caer 20 metros, se precipitó de cabeza en una grieta, lo cual detuvo su fatal despeñamiento. Unos sherpas que habían visto lo ocurrido descolgaron una cuerda, lo sacaron rápidamente del hoyo y lo ayudaron a volver a su tienda. Aunque estaba maltrecho y muy asustado, Chen no parecía haber sufrido lesiones de importancia. Ningún integrante del equipo de Hall, incluido yo, sabía entonces que se había producido aquel contratiempo.

Poco después, Makalu Gau y el resto de los taiwaneses dejaron a Chen en una tienda para que se recobrara y partieron hacia el collado Sur. Pese a que Gau había dicho a Rob y Scott que no iba a intentarlo el 10 de mayo, por lo visto había cambiado de parecer y trataba de atacar la cumbre el mismo día que nosotros.

Aquella tarde un sherpa llamado Jangbu, de bajada al campamento II tras haber dejado una carga en el collado Sur, se detuvo en el campamento III para ver cómo se encontraba Chen. Descubrió que había empeorado sensiblemente: estaba como desorientado y sufría grandes dolores. Comprendiendo que era preciso evacuarlo, Jangbu reclutó a otros dos sherpas e inició con Chen el descenso. A menos de 100 metros del pie de la pendiente, Chen cayó al suelo y perdió el conocimiento. Momentos después, en el campo II, la radio de David Breashears cobró vida: era Jangbu, quien, presa del pánico, decía que Chen había dejado de respirar.

Breashears y su compañero de la expedición IMAX, Ed Viesturs, se dieron prisa en llegar para intentar reanimarlo, pero cuando alcanzaron a Chen 40 minutos después, lo encontraron sin vida. Al anochecer, cuando Gau se encontraba ya en el collado Sur; Breashears le llamó por radio.

—Makalu —le dijo al jefe de la expedición taiwanesa—, Chen ha muerto.

—Entendido —respondió Gau—. Gracias por la información.

Luego garantizó a los de su equipo que la muerte de Chen no influiría en sus planes de ponerse en camino a medianoche.

Breashears estaba anonadado.

—Acababa de cerrarle los ojos a su amigo —dice, no sin un deje de rabia—. Acababa de llevar el cuerpo de Chen montaña abajo. Y a ese Makalu sólo se le ocurría decir “Entendido”. No sé, quizá fuera una cosa de tipo cultural. Tal vez pensase que el mejor modo de honrar la memoria de Chen era continuar hasta la cima.

En las seis semanas precedentes se habían producido varios accidentes graves: la caída de Tenzing en la grieta antes de nuestra llegada al campamento base; el edema pulmonar de Ngawang Topche y el posterior deterioro físico de éste; un joven escalador inglés del equipo de Mal Duff, Ginge Fullen, había sufrido un ataque al corazón en la Cascada de Hielo; un danés del mismo equipo, Kim Sejberg, había sido alcanzado por un serac en la cascada y tenía varias costillas rotas. No obstante, hasta entonces no había muerto nadie.

La muerte de Chen fue como un paño mortuorio arrojado sobre la montaña a medida que los rumores corrían de tienda en tienda, pero al cabo de unas horas, 33 escaladores iban a partir para la cima, y enseguida prevaleció el nerviosismo lógico ante el inminente asalto. Estábamos todos tan poseídos por la fiebre de la cima que no éramos capaces de reflexionar sobre la muerte de alguien tan cercano a nosotros. Ya habría tiempo después para meditar, nos decíamos, en cuanto hubiéramos coronado y estuviésemos de nuevo abajo.

*Fragmento de Mal de altura (1996).

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